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Divinización



De las dos mitades o componentes en que puede dividirse nuestra vida, la primera, por su visible importancia y por el valor que le conferimos, es el campo de la actividad, del esfuerzo, del desarrollo. Naturalmente, no hay acción sin reacción. Y naturalmente tampoco hay nada en nosotros que, en su origen primero y en sus capas profundas, no sea "in nobis sine nobis" como decía San Agustín. Cuando, al aparecer, obramos con máxima espontaneidad y fuerza, en parte estamos conducidos por las cosas que creemos dominar. Además, la misma expansión de nuestra energía (por donde se traduce el núcleo de nuestra persona autónoma) en el fondo no es más que la obediiencia a una voluntad de ser y de crecer que varía de intensidad y adquiere modalidades infinitas de las que no so somos nosotros los dueños. De momento, tomemos nuestra vida con sus categorías y sus denominaciones más inmediatas y más comunes. Todo hombre distingue perfectamente los momentos en que actúa de aquellos en que es objeto de acción. Considerémonos en una de estas fases de actividad dominante y tratemos de ver cómo a favor y por la extensión total de nuestra acción, lo divino nos presiona, intenta entrar en nuestra vida. 
Dogmáticamente nada hay más seguro que la posibilidad de santificación de la acción humana: "Cualquier cosa que hagáis, hacedla en nombre de Nuestro Señor Jesucristo" dice San Pablo. Y la más entrañable tradición cristiana ha entendido siempre esta expresión, "en nombre de Nuestro Señor Jesucristo" en el sentido de: en unión íntima con Nuestro Señor Jesucristo. ¿No ha sido el propio San Pablo el que tras haber invitado a "revestirse de Cristo", forjó, además, en plenitud de sentido, y aún incluso en su letra, la serie famosa de los términos: "Collaborare, compati, commori, con-resuscitare..., en los que se expresa la convicción de que toda vida humana, en cierto modo, ha de hacerse común con la vida de Cristo? Las acciones de la vida de que aquí se trata ya se sabe que no deben comprender tan sólo obras de religión o de piedad (oraciones, ayunos, limosnas) Lo que la Iglesia declara santificable es la vida humana entera, considerada hasta en esas zonas suyas llamadas las más "naturales". Toda la Historia de la Iglesia está presente para probarlo. En conjunto, desde las directrices solemnes proferidas por la palabra o el ejemplo de los Pontífices y Doctores, hasta los consejos dados humildemente por cada sacerdote en el secreto de la confesión, la influencia general y práctica de la Iglesia se ha ejercido siempre para la dignificación, exaltación y transfiguración en Dios del deber de estado, la búsqueda de la verdad natural, el desarrollo de la acción humana. 
El hecho es indiscutible. Pero su legitimidad, es decir, su coherencia lógica con el fondo mismo del espíritu cristiano, no aparece de inmediato. ¿Cómo es posible que las perspectivas del reino de Dios no conmocionen, con su aparición, la economía y el equilibrio de nuestras actividades? ¿Cómo puede el que cree en el Cielo en la Cruz continuar creyendo sinceramente a cosa de las ocupaciones terrestres? ¿Cómo, en virtud de lo que hay en él de más cristiano, puede le creyente entregarse a la  totalidad de su deber humano con el mismo ímpetu que si se entregase a Dios? He aquí algo que no está claro a primera vista; y he aquí lo que, en realidad, perturba a muchos más espíritus de lo que imaginamos. 
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