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Lucha con Dios contra el Mal



Dice el cristiano cuando sufre "Es que Dios me ha tocado" y se podría pensar que este decir es plenamente verdadero. Pero resume en su simplicidad toda una serie compleja de operaciones, sólo al término de las cuales puede ser pronunciado. Si en la historia de nuestros encuentros con el Mal intentamos separar lo que llaman los escolásticos "instantes de naturaleza", habremos de decir para comenzar todo lo contrario: "Dios desea liberarme de este aminoramiento, Dios quiere que yo le ayude a alejar de mi este cáliz". Luchar contra el Mal, reducir al mínimo el Mal (incluso el simplemente físico) que nos amenaza, tal es sin duda el primer gesto de nuestro Padre que está en los cielos; de otro modo no es posible concebir ni menos amar a nuestro Padre.
Sí, es una visión exacta -y además estrictamente evangélica- de las cosas, la de pensar que la Providencia se halla en el curso de las edades atenta a evitar las heridas del Mundo y dispuesta a curarle de sus heridas. A lo largo de los siglos es en verdad Dios, de acuerdo con el ritmo general del progreso, quien suscita a los grandes bienhechores y a los grandes médicos. es Dios quien anima, aun entre los más incrédulos, la búsquedas de todo lo que alivia y de todo lo que sana. ¿No reconocen los hombres instintivamente esta divina Presencia, ellos, cuyos odios se aplacan y sus objeciones ceden a los pies de cualquier libertador de su cuerpo o espíritu? No lo dudemos. En el primer contacto con la disminución no podríamos hallar a Dios de otro modo que detestando lo que nos cae encima y haciendo cuando esté en nuestra mano para esquivarlo. Cuanto más rechacemos el sufrimiento, en ese momento, con todo nuestro corazón y toda la fuerza de nuestros brazos, más nos adheriremos entonces al corazón y al corazón y a la acción de Dios. 
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