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Cándido o el optimismo



Naïf y crédulo, el joven Cándido vive "en el mejor de los mundos posibles" en la casa de su tío el baron Thunder-ten-Troncklh hasta el día donde -al seducir a la hija del Baron-se adentra a partir de ahí en "el vasto mundo de la realidad". A lo largo de las peripecias del joven Cándido  logra conocer la realidad de la vida en esa contraposición a la actitud optimista que había desarrollado en su momento Leibniz.  la obra sigue las peripecias del protagonista Cándido en su primer encuentro con el precepto del optimismo leibniziano de que «todo sucede para bien en este, el mejor de los mundos posibles» y en una serie de aventuras subsecuentes que refutan de forma dramática el famoso precepto a pesar del obstinamiento con el que el personaje se aferra a éste.

La novela satiriza la filosofía de Leibniz, y es un muestrario de los horrores del mundo del siglo XVIII. En Cándido, Leibniz está representado por el filósofo Pangloss, tutor del protagonista. A pesar de observar y experimentar una serie de infortunios, Pangloss afirma repetidamente que «tout est au mieux» («todo sucede para bien») y que vive en «le meilleur des mondes possibles» («el mejor de los mundos posibles»).

La lectura del Cándido nos recuerda la propia naturaleza del hombre en su estado puro, de cómo éste nace confiado, casi optimista pensando que "Todo está Bien" hasta que después comprende cómo funciona todo y recuerda su inocencia, esa con la que probablemente si logra no sucumbir a la corrupción del Hombre, encontrará la salvación.

El agnosticismo racionalista de Voltaire y su espíritu independiente le llevaron a atacar cuestiones fundamentales de su tiempo, como el absolutismo y la superstición, por considerarlas alejadas de la razón y no sometidas al examen de la reflexión y del análisis, en todos sus escritos, Voltaire destacó por la claridad crítica y la demoledora y mordaz franqueza de su pluma, que le ocasionaron numerosos problemas y le granjearon enemistades a lo largo de toda su vida. Pese a compartir muchos de los postulados aceptados por la mayoría de los ilustrados, a Voltaire le separó de ellos la carencia de un optimismo metafísico y la fe en un progreso humano capaz de arrebatarnos de la mezquindaz en la que el hombre está inmerso. Según Voltaire, no eran la sociedad, el Estado o la cultura las que pervertían la inocencia del hombre, sino el propio ser humano el que generaba las condiciones de su miseria. La absoluta confianza en la razón que habían postulado los racionalistas un siglo antes no era aceptada por Voltaire, para el cual la inteligencia humana podía, por sí misma, denunciar, criticar o corregir algunos prejuicios o errores pero, por sí sola, resultaba impotente para erradicar estos males. Voltaire sí que aceptó, en cambio, la tesis de deísmo, es decir, las proposiciones de la religión natural o racional que defendían la libertad ideológica, de culto y la tolerancia religiosa- El anticlericalismo radical que se desprendía de la mayoría de sus obras no debe, sin embargo, hacernos suponer que Voltaire defendiera una postura atea. De hecho, él mismo afirmó que "si Dios no existiera sería necesario inventarlo, pero la naturaleza entera nos grita que existe". 

 

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