lunes, 23 de noviembre de 2015

Felicidad (capítulo del libro Con una palabra tuya)


 
Todo ser humano busca la felicidad de forma intuitiva, como si fuese ésta la única panacea, el único estado de virtud, la única relación que tenemos con la vida misma y con nuestra realidad. No es así. La vida, aún no siendo sagrada, que no lo es, ofrece estados y momentos que nos dan cierta alegría, al menos si se piensa, la vida, con su aliento nos resulta reconfortante, aunque solo sea por el hecho de poder respirar. Nos reconforta porque sabemos que hay vida en nosotros y que podemos compartirla con nosotros mismos, es decir, el yo con el yo, pero además podemos compartirlo con todo lo que nos rodea, con la Naturaleza especialmente. Sobre todo lo que entendemos como “felicidad por amor” nos la da muchas veces el concepto de amor unido a la capacidad de poder saber cuando estamos sobre lo justo o no, cuando los sentimientos que tenemos de amor o de odio son justos, tanto los de amor como los de odio. El amor, puede ser justo o injusto, puede tener justificación, o puede existir en si mismo porque sí o simplemente puede ser, sobre todo si sabemos que aquello que amamos es justo, tendremos como recompensa un amor justo, tranquilo, un sentimiento fuerte de autoaceptación de esa situación. Cuando amamos algo sin saber por qué u odiamos sin saber por qué, es porque lo hemos aprehendido, probablemente así, algo es bueno o malo, pero no por nuestra propia deducción que en el fondo es la que deberíamos de buscar. Los hay que justifican su sentir solo por el placer de sentir, es bueno o malo por el placer de sentir su maldad o su bondad, amor u odio por su propio placer, insisto, y no como el desarrollo de una actitud subsconsciente e interior que nos lleva a decidir, bueno o malo, justamente. Por ejemplo los hedonistas o los eudemonistas, cuyo principal representante fue HAristótelesH, proliferan hoy en nuestra sociedad impulsando juicios de una frivolidad suprema, sin reparar, sin tener en cuenta lo que esos conceptos filosóficos tuvieron en su momento. Placer por placer. Tiene como característica común ser una justificación de todo aquello que sirve para alcanzar la HfelicidadH. Se ha considerado eudemonismo, al HhedonismoH, la Hdoctrina estoicaH, así como también al HutilitarismoH. Todas estas doctrinas basan sus normas morales en la realización plena de la HfelicidadH, entendida como estado de plenitud y armonía del HalmaH, diferente del HplacerH y pudiéndose presentar ésta de forma personal, como en HDemócritoH, HSócratesH, HAristótelesH, HArístipoH y la Hescuela cirenaicaH, el HestoicismoH o el HneoplatonismoH, o bien de forma colectiva, como se estableció a partir de HDavid HumeH.  Pero esta búsqueda de la felicidad plena como un estado no es útil en nuestra sociedad, es un concepto ocioso. La felicidad dada por el placer de lo fácil no es una sólida felicidad, aunque sustituye bastante la idea o imagen que de ella tenemos. Entre los eudemonistas cabe destacar a HAristótelesH que fue uno de los primeros en plantear esta idea y el más importante de entre los eudemonistas que afirmaban que para llegar a la HfelicidadH hay que actuar de manera natural. Es decir, con una parte animal (bienes físicos y materiales), una parte racional (cultivando nuestra HmenteH) y una parte social, que se concretaría en practicar la HvirtudH, que según Aristóteles se situaba en el punto medio entre dos pasiones opuestas. Los seguidores de esta teoría ética afirmaban que no se puede ser siempre plenamente feliz y en esto estamos completamente de acuerdo porque el hombre necesita los contrarios para poder respetar el estado de felicidad o de armonía plena, preparándose de esa manera para poder comprender todos los sentimientos característicos de la humanidad, de nuestro paso por la tierra como seres de carne y hueso. Equilibrio. El creyente por contrapunto, sabe, conoce probablemente por experiencia, una experiencia insólita o aislada que la felicidad en su plenitud estará probablemente en otra vida, tal y como siglos más tarde que Aristóteles, Tomás de AquinoH afirmaría que se puede llegar a esa felicidad plena y total, pero después de vivir esta vida, ya que en este mundo sólo existe felicidad relativa. Para los  eudemonistas el placer es un complemento de la felicidad, siendo esta manera de deducir carente por completo del concepto por ejemplo ético y moral que nos da el saber cuando nuestros sentimientos obedecen a amar u odiar lo justo. Dicho de otra manera seríamos felices en la manera en que lo que hacemos es justo y honesto y no con sustitutivos de la felicidad, con fuentes de placer liberadas de ética o de moral. Si el bien es aquello que nos hace felices y la felicidad es el aumento de nuestras fuerzas para obrar, cabría señalar que la felicidad será justa en la medida que seamos justos y verdaderos. La felicidad, la mayoría de las veces se relaciona con nuestro estado de consciencia y este a su vez con la verdad, con la justicia, pero sobre todo con la capacidad de poder sentir lo que es justo y verdad. ¿Quién y por qué tiene esa capacidad? Es aquí donde entra en juego el espíritu de la persona o su nivel ético que procura el discernimiento espiritual según sus categorías de honestidad. La limpieza del alma, la elevación o pureza del alma de cada persona, deducimos que se dará según la capacidad que esa persona tenga de pureza o autoexigencia de las cosas, de la autojusticia  o de la autoverdad. De tal manera que si nuestra alma, su estado provocado por el espíritu, no exige nada, no exige ninguna búsqueda, su felicidad vendrá dada por otro camino más materialista, dicho esto en el auténtico sentido que la palabra tiene, negando la existencia de un Ser Superior. La felicidad en este caso posiblemente vendrá dada por la búsqueda de otros anhelos “materiales” “terrenales” o “humanos”. En otras ocasiones –es obligado poderlo decir- la felicidad viene dada por el desarrollo de hacer o ejercitar lo que verdaderamente nos gusta con independencia total de si hacerlo nos dará o no nos dará  beneficios. Es la acción de hacer, lo que da la alegría, no la de recibir aunque sería poco sincero decir que no queremos recibir amor o no queremos recibir caricias. ¿Con qué cosas somos felices? ¿Con mi butaca? En realidad puedo ser “feliz” con muy poco y de ese poco con bastante menos, solo depende del contexto en que nos encontremos. En la medida que nuestras fuerzas aumenten para poder hacer, mayor será nuestra felicidad. Y así se puede explicar el sentido de nuestra vida, del por qué estamos aquí y cada ser humano debe buscar el suyo propio y los demás deberían de respetarlo.La felicidad puede consistir –y para algunas personas vemos que así es- en el simple hecho activo de hacer, de dar a los otros, de crear para los demás sin tener que entrar en el juego del intercambio obligatorio de tener que recibir algo a cambio. Se tiene armonía cuando se hace algo en la vida importante, no por la gloria del mundo, sino por la gloria personal de tener algo que dar a los otros. Cuando en ocasiones la persona sufre la decepción por parte de su entorno, es un hecho completamente lógico si bien se mira ¿por qué? Porque cuando actuamos raramente recibiremos de los demás lo que pensamos que tenemos que recibir, no hay que pensar en recibir nada y si hay traición tampoco debe de importar. La traición es solo para el traidor, nunca para el traicionado que vive para siempre en armonía con su ética y su moral, acorde a sus principios de honorabilidad. Nunca he mirado hacia aquellos que me han traicionado y siempre he sabido que su suerte sería mucho peor que la mía. Cuando rara vez con el tiempo me he reencontrado con alguno de los que me traicionaron en su momento y me he parado en mirarlos, siempre he estado por encima, en un lugar mucho más alto que ni siquiera me he impuesto yo, lo impone la circunstancia: un traidor no puede ir a ninguna parte ni mirar de frente. Hacer y dar por tanto se debe de hacer para satisfacción personal y sin que nuestra mano derecha sepa lo que hace la izquierda. Al final de nuestra vida tendremos una cosecha de acciones verdaderamente importante, no tanto de objetos materiales y no tanto de la efímera fama y prestigio social que tan voluble puede llegar a ser, tendremos una cosecha de obras imperecederas que sí nos darán felicidad.




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