jueves, 18 de febrero de 2016

Espíritu o alma



Hemos recurrido  a la filosofía clásica en numerables ocasiones para intentar definir el alma humana. Aristóteles en su libro De Anima, que es un libro de física intentó definir este concepto y sus teorías sirvieron de base para explicaciones posteriores. El alma –para el filósofo griego- es el principio de la vida; los entes vivos son animados, frente a los que no lo son, los inanimados como las piedras. Vida es para Aristóteles, el nutrirse, crecer y consumirse en si mismo. La vida es crecer sin duda alguna y aprovechar ese crecimiento sobre todo, que surge del lento paso del tiempo hasta que un día nos damos cuenta de que el tiempo, ya no es tan lento. El alma, en este sentido sería la forma o actualidad del cuerpo vivo, el alma informa la materia del viviente y le da su ser corporal, lo hace cuerpo vivo; es decir, no se trata de que el alma se superponga o agregue al cuerpo, sino que el cuerpo –como tal cuerpo viviente- lo es porque tiene alma. Según la definición aristotélica, el alma es la actualidad o entelequia primera de un cuerpo natural orgánico. Si el ojo fuese un viviente –dice Aristóteles- su alma sería la vista; el ojo es la materia de la vista, y si ésta falta, no hay ojo; y así como el ojo es, en rigor, la pupila unida a la vista, el alma y el cuerpo constituyen el viviente. Lo que define al ente animado es el vivir; pero el vivir se dice en muchos sentidos, y por esto hay diversas clases de almas; Aristóteles distingue tres: la vegetativa, única que poseen las plantas y que se da también en los animales y en los hombres; la sensitiva, de que carecen las plantas y la racional, privativa del hombre. Pero entiéndase que cada viviente solo posee un alma; el hombre, concretamente tiene un alma racional, que es forma de su cuerpo, y ese alma implica las otras funciones elementales. Frente a la concepción aristotélica del alma San Agustín recoge de la tradición platónica su concepción del hombre, donde el alma es una sustancia completa unida accidentalmente al cuerpo. La visión accidental del asunto carece de interés para mi, por que con ello contraviene las propias leyes del Universo y sobre todo las leyes divinas. Dios quiso que los hombres bajásemos a la Tierra para que tuviéramos un cuerpo, el Hijo también, es la forma de hacerse hombre: tener un cuerpo físico. Este accidente de San Agustín, puede ennoblecer la parte humana del alma del ser, sin lugar a dudas y es en ese lugar, en esa cabida, donde el ser engrandece como en ningún otro estadio por los que ha de pasar.

Una de las cosas más curiosas de comprender en unas y otras religiones por lo extraño que resulta, es el hecho de que tantas personas crean que en el hombre hay un espíritu y un cuerpo físico y que cuando el hombre muere, ese espíritu continúa viviendo como ente inmortal, y sin embargo no haya tenido existencia hasta el nacimiento del hombre en esta vida. Es posible aceptar que  el hecho de que antes de venir a este mundo, nuestros espíritus estaban ya creados, y es posible aceptar que en esta tierra los espíritus de los hombres ya existían antes de venir aquí y  que simplemente conservábamos otro estado diferente. Aceptamos en su momento venir aquí por medio de una serie de convenios o de tratos con Dios para poder progresar de una manera mucho más rápida, en ese sentido, la tierra, nuestro paso en la tierra, sería un estado de probación y no solo de probación sino de progreso. A pesar del hecho de que nuestro recuerdo de las cosas anteriores fue quitado, anulado, la índole de nuestra vida en el mundo espiritual (antes de venir me refiero) tiene mucho que ver con nuestra disposición, deseos y forma de pensar que tendremos en este mundo terrenal. El espíritu influye en sumo grado sobre el cuerpo, así como el cuerpo, con sus deseos y anhelos, tiene influencia sobre el espíritu.  ¿Pero el espíritu es lo mismo que el alma?

miércoles, 10 de febrero de 2016

Propósitos de la vida



La teoría de la evolución sobre el orígen del hombre ha sido a lo largo de estos últimos años un punto de controversia en el pensamiento de las sociedades. Si la ciencia y sus fenómenos se relacionan con Dios, igualmente se relacionará en qué momento el ser nace y cómo o cuando debe partir. ¿No es acaso la medicina, la ciencia, el encierro del ser humano que se ha vuelto contra el hombre? En la medida en la que médicos y científicos trabajan para mejorar la salud, el estado o las enfermedades de los hombres, en mayor medida se llega al momento en que a base de alargar y de perpetuar la vida, logramos con ello el fracaso de la actuación de la naturaleza. Si no hubiese intervención médica el hombre moriría en su momento, en el que le concierne, en el que está previsto, pero con la existente actuación médica para impedirlo, se alarga y a partir de ahí es cuando ese mismo hombre que en un principio deseaba e imploraba ser salvado ahora demanda ser ayudado a morir. Una contradicción. También para el ejecutor es complicado decidir cambiar una situación que en un principio había sido una lucha contra una enfermedad, por mucho tiempo, había trabajado para poder eliminar una dolencia y ahora descubre –con perplejidad- que deberá eliminar de una vez y de forma instantánea no solo la enfermedad sino también el hombre. Gracias a la medicina preventiva, no obstante, hemos conseguido vivir más tiempo, con nuestras enfermedades diagnosticadas a tiempo, puesto el remedio en acción, nos haremos muy longevos.
La ortotanasia, sería lo que más se acomoda a lo que queremos reflexionar. De lo que no cabe ninguna duda es de que el Hombre recurre al ropaje de la religión para poder explicar la inmensa Nada que hay a priori detrás de este vida y las perspectivas –para el tema que nos ocupa- también serán diferentes. El ser humano, egoísta por excelencia desea vivir bien por encima de todo, gozar en proporción, y para ello, es evidente que los viejos, los incurables, los deformes, los distintos, molestan y estorban en la sociedad actual. Aquí, no hay quien viva.
Solamente si se tiene una perspectiva eterna de la vida terrenal, podrá aceptarse la muerte. Son interesantes para mí, aquellos que creen que venimos al mundo y que tenemos una vida a la cual debemos exprimir todo lo posible y después nos moriremos sin más. Aquí se ha acabado todo. Lógicamente para el creyente en algo superior y que además tiene fe, piensa, sabe, que lo de después será mucho mejor que la triste vida que aquí acontece, de modo que en realidad el hombre no tiene por qué tener miedo, ni tristeza, ni desesperanza, porque  aquellos que creen que después será mejor, el ser humano podrá descansar de sus obras y pasará a otra etapa, que siempre será mejor que esta. Si no hay miedo, hay valentía, hay coraza protectora con la religión: Dios manda las cosas, dicen unos. Pero sufrimos ¿por qué? Unas veces somos nosotros los que buscamos el problema, otras veces nos afectan las decisiones de otros, otras veces es una causalidad y una casualidad que se da para que las cosas sean de esa manera y no de otra, sin que nadie pueda explicarlo. Así es. ¿Dios manda las pruebas? ¿Envía los sufrimientos del Hombre? Sistemáticamente hacemos la misma pregunta ¿Por qué Dios permite todo esto? ¿Un padre es responsable si su hijo se tropieza y se cae porque está aprendiendo a andar? Pues por supuesto que no. Pero el Hombre –cargado de su poder superior a todo- cree que va conquistando el poder de Dios hasta que llega un punto en el que se ve desbordado: ese poder se vuelve contra si mismo. La enfermedad es un gran ejemplo de ello.
Para el Hombre agnóstico debería de ser mucho más dificil asumir la muerte programada, por la sencilla razón de que después no habrá nada, solo la Nada. En este sentido, al quedar la existencia colgada en el vacío, la posibilidad de asirse a la vida parece que es en todo caso lo más razonable, ¿quién quiere acabar con algo que vive, con algo que existe, sobre todo cuando ahí mismo en ese instante se termina y literalmente desapareces? Sin embargo, parece que los comportamientos son contrarios, el creyente, se niega a partir aun sabiendo que hay algo mejor, esperando hasta el último momento porque es solo Dios quien tiene potestad para quitar o dar la vida, y el agnóstico, quiere terminar cuanto antes con este trance.
Como sea, lo cierto es que si efectivamente Dios es el único que tiene la potestad para quitar o dar la vida, ¿qué hace cuando entre su hijo, en este caso el Hombre y él, osea la divinidad, se interpone la ciencia? En ese caso, no es Dios quien decide el momento de morir o el momento de vivir, no, al menos en las sociedades civilizadas. Dios ya no puede decidir porque tendrá en medio, la actuación médica con sus consecuencias.  
La profesión médica en su origen ha sido por así decirlo un ejercicio de orden “sacerdotal”, lo que quiere decir que el médico ejercía dicha profesión sin pensar en recibir asignación alguna de forma intensiva tal y como lo podemos ver hoy. El médico era el “guru” de la sociedad y su forma íntegra de ejercer su profesión lo convertía en un semidios, respetado por la mayoría. Después se ha querido hacer de la profesión médica una ciencia en la que todo debe ser exacto, calculado, brillante. Ha pasado el tiempo y los médicos han comenzado a “cobrar” por sus servicios, a poner un precio por sus intervenciones y a dejar de lado la parte altruista. Para muchos esto es lo normal y tienen derecho. Es lo que sucede cuando los honorarios están de por medio, cuando un paciente va a buscar a su médico y éste como ejerce una profesión que es aleatoria en cuanto a los resultados médicos porque están en manos de la providencia unas veces, del efecto de las medicinas otra, de los efectos de la intervención médica o quirúrgica sin poder preveer los resultados, como digo porque no es una ciencia exacta, sucede que ante el error médico el paciente le reclama a su médico los mismos honorarios que éste le cobró cuando le atendió. Es decir, una indemnización económica por una mala actuación médica. Y cada cuál se pregunta ¿por qué los resultados de una determinada actuación médica no son los que se habían previsto? Sencillo, como venimos explicando porque la parte activa de la medicina es completamente imprevisible aunque se pueda pensar a priori en unos resultados. Cuando la intervención de un médico no es la acertada porque el paciente por ejemplo fallece ¿qué es lo que se puede hacer? La función del médico es la de preservar la vida, eliminar el dolor, dar al mundo y a la sociedad los métodos adecuados para salvar a los demás, curar a sus enfermos y solo esa es la función del médico. ¿Qué hace este cuando se encuentra ante la imposibilidad de sanar a su paciente porque la enfermedad ha superado las expectativas pensadas como curación? Para el médico no es ni mucho menos fácil poder decidir aunque sea éste el único que pueda tener la potestad, él sabe cuando hay que reanimar a un enfermo que ha sufrido una parada cardíaca, él sabe cuando hay que actuar y cuando no, ante la vida de un ser humano. Muchas veces, éstos seres humanos sufren una dolencia de por vida grave, precisamente por la actuación médica que de no haber existido se podría haber evitado el incidente de perpetuar la vida, cuando momentos más tarde, apenas segundos,  y después de la intervención médica, la persona doliente no lo querrá admitir porque posiblemente no querría, no querrá que le perpetuen su vida. Querrá morir. La persona quiere vivir, pero la persona quiere vivir bien, sin miedos, sin dolor, sin desesperanza, atendiendo a que un día llegue la muerte, inevitable por otro lado, pero sin que los demás tengan que decidir sobre qué hacer con nuestro designio y futuro. La persona, hoy, no quiere sufrir más de lo “correcto”, es decir, más de lo normal o más de lo que se pueda soportar. Hoy, el ser humano en la sociedad tiene que ser perfecto porque dicha sociedad no admite los errores y por mucho que se quiera nadie podrá escapar de ello.

jueves, 4 de febrero de 2016

Madurez y juventud

La etapa de la madurez es sin duda el momento donde el hombre toma conciencia del implacable paso del tiempo. En general hasta ese momento no queremos –porque no podemos seguramente- ver en realidad la velocidad del tiempo y como éste se escapa de nuestras manos. Durante la niñez y aún en la juventud, el tiempo se nos antoja eterno, lento, de una elasticidad que llega a minarnos la moral, desperdiciamos una cantidad de tiempo impresionante, tiempo que después nos hace mucha falta. En la juventud pensar en el tiempo es cosa de viejos, es algo de lo que nunca hay que preocuparse pues para ello tenemos toda la vida por delante, y en ese ratio de medición vemos la vida sin ninguna prisa, pues dentro del aburrimiento que nos proporciona la lentitud del cronos del tiempo nos hacemos fuertes ante él, pensando que lo dominamos y que en ese emporio siempre es el hombre el que gana. Nada de esto es verdad. Desde la infancia son pocos los que nos insisten en el devenir del tiempo y en su aniquilante paso por nosotros. Es algo de lo que debemos preocuparnos ¿para qué? Se diría. Pero lo cierto es que hay una cronología que comienza en el momento en que nacemos, a partir de ahí nuestro reloj comienza a caminar y lo curioso es que no sabemos cuando se va a parar. Cada ser tiene un tiempo de parada en esta etapa de probación y de conocimiento y no sabemos cuándo es el nuestro. De jóvenes reímos en ese sentido porque somos los poderosos y lo dominamos completamente. Solo algunos que han experimentado alguna desgracia personal se fijan en la rapidez de los acontecimientos pues en realidad el tiempo se mide de manera muy concreta, pero esa medida es aquí porque de seguro que en otro estado infinito, el tiempo tiene una dimensión diferente. Como en los sueños, que se suceden  en ocasiones lentos, ociosos, absurdos. Otras veces en un sueño corto hemos recorrido muchas estancias y situaciones, fatigándonos. Curioso tema sin duda. La cuestión empeora y produce crisis cuando el hombre o mujer comienza a llegar a una edad en la que ya no hay retorno de poder por ejemplo hacer las mismas cosas que hacíamos cuando eramos adolescentes. Ni nuestro aspecto lo es, mal que nos pese, ni nuestra piel, ni nuestras neuronas son las de un joven. Tampoco importa, claro, aunque la publicidad se empeñe en hacernos pensar que sí, que lo importante es ser joven.       A partir de los treinta años las cosas empiezan a cambiar, y en la medida en que los años continúan y nuestra vida también, todo se vuelve más difícil de controlar. La crisis generalmente llega cuando nuestra vida no nos satisface, el tiempo continúa a bapulearnos y además podemos atisbar que el momento se acerca o que puede acercarse. Nos enteramos de fallecimientos de amigos o conocidos de nuestra edad o de un poco más o incluso menos, pensamos en el azote a la humanidad que es por ejemplo el cáncer, pensamos en esas enfermedades raras que se presentan un buen día sin avisar, contraemos un virus, accidentes de coche o nos contagiamos de algo que nos es difícil de salir libremente: la vida se complica y ya no dominamos el tiempo, no somos los reyes. A partir de ahí el hombre conoce sus primeras crisis de identidad, de debilidad, de afirmamiento en si mismo y en el tiempo de su vida. El hombre debe reflexionar en torno a su poder de dios, a la soberbia, al orgullo. 
Comienza a pensar en “si he enterrado a mi padre pronto me tocará a mí porque soy el siguiente de la serie”. Hemos asistido al entierro de algún amigo que todavía es más joven que nosotros, pero claro, ya ha pasado los 30 y siempre pensamos lo misma estúpida premisa: eso a mi no me va a pasar. Es decir, creemos que nosotros, que a mi, que a ti, eso no nos va a pasar, que no nos vamos a morir tan pronto, que vamos a ser casi eternos por lo que se ve, osea inmortales. Y no digo que no crea en la inmortalidad, pero de la persona, del alma, del ser, del espíritu, no del cuerpo, este está destinado a morir desde que nace, porque nacer y morir son dos cosas inseparablemente unidas y para las que hay que estar convenientemente preparado. Entonces comienzan los miedos terribles, esos vienen paulatinamente introduciéndose en nuestra vida, vemos nuestro alrededor vulnerable, un accidente en la carretera al volver a casa, una pasada por urgencias porque han llevado a tu tío, una pasada por la consulta del médico porque es necesario que nos hagamos un chequeo o simplemente porque tenemos dolores, cansancio, una hernia, dos, dolor de cabeza, algún mareo, tendinitis...vemos con horror que tenemos enfermedades, que nuestro cuerpo físico no es tan perfecto como nos han hecho creer, o al menos no va a ser tan perfecto tanto tiempo. ¿Eso es falso?, la edad, no obstante marcará su paso por el tiempo y sus consecuencias o efectos secundarios que no queremos ver nos hará vulnerables, nos volvemos poco tolerantes a ciertos alimentos, el alcohol nos cae fatal, no podemos trasnochar como lo hacíamos antes, no nos recuperamos igual de un esfuerzo físico...osea, la edad se manifiesta y con ella el deterioro del cuerpo. Sin embargo, podemos observar cómo si hemos dado importancia a lo que verdaderamente lo tiene, a medida que morimos en cuerpo, crecemos en sabiduría, en personalidad, en tener las ideas asimiladas, en un poder de decisión que asombra, en la comprensión de muchas cosas, en superar muchas pruebas de la vida, en paciencia, en comprender los sucesos de nuestra propia vida que en su momento no lográbamos entender, en amar aquello que merece la pena, en disfrutar de momentos pequeños de la vida. ¿Por qué me sucede esto ahora? Y vemos que con el tiempo aquello que sucedió y que no entendíamos porque nos hacía daño, ahora se comprende perfectamente, le restamos importancia, mucha importancia y vemos que aquel paso terrible era necesario para crecer y comprender, para tomar otras decisiones, ganamos en templanza, en equilibrio,  en armonía, abrimos otras puertas. Ahora, que comenzamos a entender nuestra vida, todo lo que nos ha sucedido y nuestro alrededor, ahora que empezamos a entendernos a nosotros en nuestra esencia y complejidad más profunda, pues vemos que ha pasado el tiempo y que la hora está más cerca que antes. Su proximidad es palpable y cualquier cosa puede sucedernos en cualquier momento para lo que debemos estar preparados. La vida está ahí para procurarnos su acompañamiento hasta el fin de nuestra persona en la tierra, y lo descubrimos en un instante, un día que nos sentimos mal u otro día que nos diagnostican una enfermedad grave. ¿teníamos previsto llevar algo de importancia a la otra vida o es mejor seguir luchando en tener una casa, un sillón, muchos objetos y más cosas materiales? Dará igual, estas cosas se quedarán aquí en la tierra y no nos las vamos a llevar a ningún lugar. Es obvio. Lo que nos llevaremos a otro lugar, casi por definición de nuestra estructura mental, es nuestra mente, la esencia de nosotros mismos y el amor de los otros. 

Pero lo que da al hombre la vejez es sobre todo humildad. Porque el hombre, la mujer con su belleza y su potencia física llega un momento en que siente que puede estar por encima de Dios, al no poderle ver, al saber o intuir que somos a imagen y semejanza nos sentimos poderosos, nada nos duele, dominamos con el ejercicio físico y el deporte las metas que nos proponemos...somos dueños de todo. Pero no reconocemos justamente que Dios está ahí, que está en esos dedos que tocan un violín, en esas piernas que corren y saltan vallas o en esa cabeza que piensa ideas insólitas. La juventud no quiere reconocer nada, es orgullosa. No lo reconocemos, no estamos agradecidos. Creemos que todo eso es nuestro, es mio, y solo yo lo he desarrollado y un enorme golpe de vanidad comienza a invadir a la persona. Ese hombre fuerte que dominaba bestias y cazaba animales casi con solo mirarlos, aquel que en el frente era capaz de eliminar un batallón con sus estrategias, esa mujer cuya voz puede hacer llorar a miles de personas, o dar la vida a tres niños a la vez...tanto y tanto que puede llegar a realizar el hombre...puede quedarse en nada en cuestión de segundos. La madurez, la vejez debería de restar osadía a la persona, sabiendo que todo lo que hacemos, que todo lo que tenemos y lo que somos quizás no es solo fruto de nuestro esfuerzo sino de la unión de una fuerza divina y de una fuerza humana. Nuestro aprendizaje estará en saber admitir también el deterioro físico, admitir el dolor, el envejecimiento y cambios de nuestro cuerpo físico y hacerlo con naturalidad al margen de lo que la sociedad impone constantemente. Nuestro aprendizaje estará en saber adaptarnos a esos momentos en los que no somos dioses dominadores del mundo, momentos en los que quizás necesitaremos ayuda, deberíamos prepararnos para obtener el mejor partido de ese final que debería de ser una espera de tranquilidad y armonía, esa que proporciona las tareas bien hechas.


lunes, 1 de febrero de 2016

El mundo, la muerte y Heidegger

Con toda probabilidad  las personas que integran el mundo se han preguntado alguna vez por la razón de estar aquí, se han preguntado por el propósito de la vida, el propósito de la existencia en este mundo.
Martin Heidegger (1889-1976) cuando analizó la esencia del existir se dirigió expresamente al concepto unívoco de estar en el mundo argüyendo en este sentido que las determinaciones del ser, del existir, tienen que verse y comprenderse sobre la base de lo que se llama el estar en el mundo que es un fenómeno unitario y, por tanto, no ha de tomarse como una composición de los conceptos mentados por su expresión. Uno de los modos posibles –decía- de tratar con las cosas es conocerlas; pero todos suponen esa previa y radical situación del existir, constitutiva de él, que es el estar desde luego en algo que se llama primariamente mundo. Para el filósofo alemán “estar en el mundo” (In-der-Welt-sein) solo puede hacerse de forma plena y comprensiva desde un punto de vista fenomenológico del concepto del mundo. De momento, mundo, no son las cosas (árboles, hombres, montañas...) que hay dentro del mundo y que son intramundanas (innerweltlich). Desde ese punto de vista, la naturaleza, tampoco sería el mundo, sino un ente que encontramos dentro del mundo, como son también las emociones, los sentimientos, son entes en diversos grados y formas que pertenecen al mundo. Ni siquiera la interpretación ontológica del ser de estos entes se refiere al fenómeno mundo, que está ya supuesto en estas vías de acceso al ser objetivo. Mundo por tanto para Heidegger representa ontológicamente un carácter del existir mismo. No podemos a penas resumir aqui todas las ideas del filósofo alemán, es obvio, pero sí al menos recordar algún concepto como este de la existencia en su relación con el mundo. La “esencia” del existir consistiría en su existencia, porque el existir implica siempre el pronombre personal, yo soy, tu eres, y de ahí desglosamos que el existir es esencialmente su posibilidad; por esto puede elegirse, ganarse o perderse y por esto le pertenecen dos modos claros y definitivos de ser: autenticidad o inautenticidad.
En las distintas etapas por las que atraviesa el ser, muchas veces nos planteamos esta dicotomía y con ello a medida que pasa el tiempo y que alcanzamos una edad, con mayor motivo nos planteamos estas preguntas yo quiero ¿ser del mundo, estar en el mundo o vivir en el mundo? No es fácil dilucidar estas proposiciones, pues si bien la función verbal que las diferencias y que en otras lenguas sería intraducible, en español impone a estas frases un fuerte concepto filosófico y religioso. Probablemente la mayoría de los seres lo que queremos es vivir en el mundo, entendiendo este como un lugar de existir, es solo existencia porque relacionamos vivir y mundo, existir y mundo aunque por desgracia sabemos que esto no siempre es verdad. Hay muchos seres que están en el mundo pero no viven en él, hay muchos seres que son del mundo pero no viven en el mundo, por ello el concepto activo de vida, de vivir intrínsecamente relacionado con el de existir y mundo deberían de estar siempre unidos para que nadie se sienta en los otros dos rincones (ser y estar en el mundo) que tanta angustia y desolación producen en el ser humano.

Pero y volviendo a la filosofía de Heidegger la muerte aparece como el otro vértice del estar en el mundo, el otro lado, es el otro punto importante del que evidentemente ya no hay retorno. El existir es siempre algo inacabado, por eso nos produce angustia, la angustia nos la produce la nada,  pero también nos produce horror y angustia precisamente el dejar de ser. Cabe, en cierto sentido, una experiencia de la muerte del prójimo. En este caso, la totalidad que el prójimo alcanza en la muerte es un ya no existo, en el sentido más absoluto de ya no estoy en el mundo. La muerte hace aparecer el cadáver; el fin del ente propio de cada cual. Los seres vivimos unos en otros, cuando un ser muy querido fallece y si ha sido muy amado, no muere, solo desaparece su cuerpo, su persona, su alma se queda con nosotros en multitud de acciones, de movimientos, de actos, de expresiones. El ser no se va, intuyo, sé, que los espíritus desde el otro lado trabajan para que no suframos los que nos quedamos aquí, trabajan para ayudar, y si hacemos lo correcto podemos sentir su influjo. Sabemos que siguen existiendo en nuestra alma, lo sabemos y lo sentimos si dejamos que esta corriente actue y cada día podemos dejar actuar su acción absoluta sobre nuestra vida hasta que llegue el momento de volver a reencontrarse. La muerte es solo una separación temporal de un tiempo que tenemos, que corresponde aquí a la tierra y en la que debemos hacer el esfuerzo de entender la temporalidad global  de los diversos ciclos que tenemos que cumplir. La muerte deja que sigamos siendo para los demás aunque ya no estemos en el mundo.

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...