martes, 29 de marzo de 2016

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de las figuras más emblemáticas de estos textos que debemos procurar leer lo mejor traducido posible. Me confieso bastante cura. Yo utilizo para las Escrituras las versiones de Casiodoro de Reina de 1569 revisada por Cipriano de Valera 1602, la que manejo hoy es una edición suya más reciente, de 1960. Ésta edición es la que ha ganado para mí, después de haber sido cotejadas con otras —al menos— diez versiones, mis bendiciones mas grandes. Digo, que la figura de Jesús me atrae y por más que estudio y lo reflexiono, no me canso, siempre tiene algo que decirme, algo para cavilar.
La historia pasa en el tiempo pero no en los acontecimientos ni en las personas. Seguimos siendo iguales que entonces. Fariseos y otros estamentos de la categoría de «seres elegidos» vivían continuamente al acecho con la sola idea de hostigar y probablemente desconcertar a Jesús sobre cuestiones de ley y doctrina, y provocarlo para que obrara o hablara contra el orden establecido. Era una cuestión, si se quiere, más política que otra cosa. Jesús era judío.

 

No se puede fijar con autoridad indisputable el origen de los fariseos, ni en lo que respecta a tiempo ni circunstancias; aunque es probable que el origen de la secta o partido estuviese relacionado con el regreso de los judíos de su cautividad en Babilonia. Los que habían asimilado el espíritu babilónico promulgaron ideas nuevas y conceptos adicionales del significado de la ley; y las innovaciones resultantes fueron aceptadas por unos y rechazadas por otros. Con el nombre fariseo podríamos hoy catalogar a más de uno… porque ha pasado al habla popular como "alguien a quien consideramos un hipócrita". Esta voz no aparece en el Antiguo Testamento ni en los libros apócrifos, aunque es probable que los asideos, de quienes se hace mención en los libros de los Macabeos, fueran los fariseos originales. Por derivación, el nombre expresa el nombre de separatismo, pues el fariseo, según la estimación de los de su clase, gozaba de un puesto diferente al de la gente común —como las clases eclesiásticas de ahora— y se consideraba a sí mismo tan realmente superior al vulgo, como los judíos en comparación con otras naciones. Fariseos y escribas eran uno en todos los detalles esenciales de su profesión, y el rabinismo era su doctrina particular.
En el Nuevo Testamento suele mencionarse a los fariseos como contrarios de los saduceos; pero eran tales las relaciones entre los dos partidos—como hoy— que puede llegar a resultar más fácil contrastar el uno y el
otro, que considerarlos separadamente. Los saduceos surgieron durante el segundo siglo antes de Cristo en forma de una organización reaccionaria relacionada con un movimiento insurgente contra el partido de los Macabeos. Su programa por tanto consistía en oponerse a la masa cada vez mayor de doctrina tradicional, la cual en vez de cercar la ley para protegerla, la estaba sepultando. Los saduceos sostenían la santidad de la ley, según se había escrito y preservado, y al mismo tiempo rechazaban todo el conjunto de preceptos rabínicos, así los que eran transmitidos oralmente, como los que habían sido cotejados y codificados en los anales de los escribas. Los fariseos constituían el partido más popular a diferencia de los saduceos, quienes descollaban como minoría aristocrática.

 En la época del nacimiento de Cristo —época a todas luces de controversia religiosa— los fariseos integraban un cuerpo organizado de más de seis mil hombres, y generalmente contaban con el apoyo y esfuerzos de las mujeres judías; por otra parte, los saduceos eran una facción tan pequeña y de poder tan limitado, que cuando se les colocaba en posiciones oficiales, generalmente seguían la política de los fariseos por cuestión de conveniencia. Los fariseos eran los puritanos de la época, inflexibles en su exigencia de que se cumpliesen las reglas tradicionales -que eran muchísimas y dificilísimas de cumplir- así como la ley original de Moisés. Los saduceos se jactaban de cumplir estrictamente con la ley, conforme ellos la interpretaban, a despecho de todos los escribas o rabinos. (No es de extrañar que aquellos que cumplian la ley tan juiciosamente en tanto que seres humanos se volviesen orgullosos.) Los saduceos defendían el templo y sus ordenanzas prescriptas. Los saduceos por ejemplo, aplicaban el «ojo por ojo, diente por diente» de la ley mosaica (Exodo 21:23-35, Lev 24:20; Deum 19:21) mientras que los fariseos se apoyaban en la autoridad del fallo rabínico, de esta manera se podría imponer como forma de castigo el pago mediante dinero o bienes. Fariseos y saduceos diferían en muchos asuntos de creencias y prácticas importantes, aun cuando no fundamentales entre otros, la preexistencia de los espíritus, la realidad de un estado futuro con premios y castigos, la necesidad de la abnegación individual, la inmortalidad del alma, y la resurrección de los muertos, cada una de las cuales los fariseos aceptaban y los saduceos rechazaban, negando la existencia de la resurrección.
La filosofía de Jesús o sus ideas cambiaban por completo la utilización de la religión, de la ley mosaica, de la variabilidad de la práctica. Entre otras de las muchas sectas y partidos en aquellos días fundados sobre una base de diferencias religiosas o políticas, o ambas cosas, quedarían incluidos los esenios, nazareos, herodianos y galileos. Aun distinguiéndose los esenios por su profesión de piedad exagerada, eran sin duda los fariseos los que gozaban de mayor popularidad e influencia. Jesús los definió como hipócritas. (De ahí la transmisión oral del término fariseo como de alguien hipócrita.)

 


Posiblemente la narración que San Lucas coloca en seguida de su relato acerca del gozoso regreso de los Setenta sea uno de tantos esfuerzos, porque nos dice que «un intérprete de la ley» hizo una pregunta a Jesús para probarlo. Considerando con toda la benevolencia posible el motivo del interrogante —y tomando en cuenta que la Biblia emplea la frase «para probarle», que aun cuando no significa necesaria o principalmente incitar al mal, sí sobrentiende el elemento de entrampar o tender un lazo—, podemos suponer que deseaba poner a prueba el conocimiento y prudencia del famoso maestro, probablemente con el objeto de ridiculizarlo. Ciertamente no tenía por objeto buscar sinceramente la verdad. Formaba parte de la guerra, como hoy.
Este abogado, poniéndose de pie entre los que se habían reunido para escuchar a Jesús, preguntó: ¿Maestro, haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Y Jesús le contestó con otra pregunta, en la cual claramente se daba a entender que si este hombre, que se preciaba de estar versado en la ley, hubiese leído y estudiado debidamente, sabría sin preguntar lo que le era requerido. ¿Qué está escrito en la ley? -le dijo, ¿Cómo lees?  y el hombre respondió con una admirable síntesis de los mandamientos: «Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Es decir, resumió gran parte de el Evangelio. Estas últimas palabras me han dado mucho que pensar a lo largo de mi vida, aplicándolas de alguna manera, claro, todavía no les encuentro la salida, ni veo que se la encuentren los que me rodean, aplicándolas, claro, a juzgar por sus acciones…
La respuesta, como digo, mereció la aprobación de Jesús, que le dijo: «Bien has respondido; haz esto y vivirás». Estas sencillas palabras contenían un reproche que el intérprete de la ley debió haber advertido, pues ponían de relieve la diferencia entre saber y hacer. Malogrado su plan de confundir al maestro, y probablemente comprendiendo que él, en calidad de intérprete de la ley, no había hecho descollar su erudición con tan sencilla pregunta que él mismo contestó en seguida, mansamente quiso justificarse haciendo otra interrogación: ¿Y quién es mi prójimo? Bien podemos estar agradecidos por la pregunta del abogado, porque hizo brotar de la inagotable fuente de sabiduría del maestro una de sus parábolas más estimadas, la historia conocida como Parábola del buen samaritano.
«Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré».
Entonces Jesús le preguntó: «¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?». Él dijo: «El que usó de misericordia con él». Entonces Jesús le dijo: «Ve, y haz tu lo mismo».
Samaria era el pueblo más aborrecido para los judíos, hacía siglos que el rencor entre judíos y samaritanos se había estado desarrollando, y en la época del ministerio terrenal de Jesús se había convertido en un odio incontrolable.  Los habitantes de Samaria eran una raza mixta en quienes cursaba la sangre de Israel con la de los asirios y otras naciones; y una de las causas de la animosidad que existía entre ellos y sus vecinos, tanto hacia el norte como hacia el sur, era que los samaritanos pretendían ser reconocidos como israelitas. Hacia el año 721 a de C. las ciudades de Samaria no estaban parcialmente sino totalmente despobladas, permaneciendo así hasta que según las palabras que se encuentran en 2 Reyes 17:24: «Trajo el rey de Asiria gente de Babilonia, de Cuta, de Ava, de Hamat y de Sefarvaim, y los puso en ciudades de Samaria, en lugar de los hijos de Israel; y poseyeron a Samaria, y habitaron en sus ciudades». De modo que los nuevos samaritanos eran asirios de nacimiento o por dominio. Los extranjeros asirios eran idólatras y no tenían deseos de servir a Jehová ni de adorar adecuadamente en el templo. Posteriormente, cuando estos samaritanos extranjeros se casaron con algunos de Judá, se comenzó a desarrollar una raza mezclada de samaritanos y, al mismo tiempo, una variante de la religión judía. Tales eran las circunstancias en la época del Nuevo Testamento. Esta religión adulterada estaba fuertemente entremezclada con prácticas religiosas paganas y otras prácticas no autorizadas, las que los judíos veían como sumamente ofensivas. Se jactaban de que Jacob era su padre, pero los judíos lo negaban. Tenían una versión del Pentateuco que reverenciaban como ley, pero rechazaban todos los escritores proféticos de lo que hoy es el Antiguo Testamento, porque consideraban que en ese tomo no se les trataba con suficiente respeto. Para el judío ortodoxo de aquellos tiempos, un samaritano era más impuro o inmundo que un gentil o cualquiera otra nacionalidad.
Es interesante notar las restricciones extremas y aun absurdas que entonces se hallaban en vigor, a fin de reglamentar las relaciones inevitables entre los dos pueblos. El testimonio de un samaritano era inaceptable ante un tribunal judío. Hubo un tiempo en que, de acuerdo con la autoridad rabínica, el judío que comiera alimentos preparados por un samaritano cometía una ofensa tan grave como comer carne de cerdo. Aunque se admitía que el producto de la tierra que crecía en Samaria no era inmundo, en vista de que brotaba directamente del suelo, podía tornarse impuro si era tocado por manos samaritanas. De manera que era permitido comprar uvas y granos de los samaritanos, pero no el vino o harina fabricados de estos artículos por obreros samaritanos. Curiosamente hoy en día algunos cultos y prácticas religiosas conservan estas peculiaridades de fe.
 

Era bien sabido que los salteadores de caminos infestaban el tramo entre Jerusalén y Jericó; de hecho, se daba el nombre de Vía Sangrienta a una sección de la calzada por motivo de las frecuentes atrocidades cometidas allí. Jericó descollaba prominentemente como residencia de muchos sacerdotes y levitas. El sacerdote, que por respeto a su oficio, cuando no por ninguna otra causa, debía haber estado dispuesto y presto para hacer un acto de misericordia, vio al caminante herido y se pasó del otro lado. Siguió un levita; se detuvo brevemente para mirar, y también se pasó de largo. Estos deberían haberse acordado de los requerimientos categóricos de la ley, que si una persona veía un asno o buey caído en el camino, no debía apartarse sin ayudar al dueño a levantarlo otra vez. Si tal era su obligación hacia el animal de un prójimo, cuanto más grave su responsabilidad cuando el hermano mismo se hallaba en una situación tan crítica. Indudablemente el sacerdote y el levita tranquilizaron su conciencia con una amplia disculpa por su conducta inhumana; tal vez iban de prisa, o quizá tenían miedo de que los salteadores volviesen y ellos mismos fueran víctimas de su violencia, ¡qué fácil es hallar disculpas!, brotan tan espontánea y abundantemente como las hierbas al lado del camino. Cuando el samaritano pasó por allí y vio el lamentable estado del herido, no halló ninguna excusa, porque no la necesitaba, no entraba en su código ético la justificación porque ni siquiera iba a intentar esquivar la cuestión. Habiendo hecho lo que pudo en materia de primeros auxilios, de acuerdo con las atenciones médicas de la época, colocó a la víctima sobre su propia bestia, probablemente una mula o un
asno, y lo llevó al mesón más próximo donde lo atendió personalmente e hizo arreglos para que le dieran el cuidado adicional que requiriese. La diferencia esencial entre el samaritano y los otros consistió en que aquél tenía un corazón compasivo, mientras que éstos eran desamorosos y egoístas.
Aunque no lo dice en forma definitiva, es casi seguro que la víctima de los ladrones fuera un judío; así lo requiere la parábola. El hecho de que el misericordioso era samaritano indica que aquellos a quienes los judíos despreciaban y llamaban herejes, podían sobrepujarlos en buenas obras. Hay más ejemplos de samaritanos considerados por Jesús. Para un judío, sólo otro judío era su prójimo. No hay justificación para juzgar al sacerdote, el levita y el samaritano de ser representantes típicos de su clase; indudablemente había muchos judíos bondadosos y caritativos, y también muchos samaritanos despiadados. No obstante, los personajes de la parábola ilustraron admirablemente la lección del maestro, y las palabras de la aplicación que él hizo fueron penetrantes por su sencillez y pertinencia. De ahí me pregunto: ¿quién es hoy samaritano quién es fariseo y quién judío?




jueves, 17 de marzo de 2016

La alegría de vivir (un poco largo pero siempre lo argumento todo)


Todavía recuerdo como si fuera ayer y lo recuerdo con cierta angustia, el batacazo enorme que sentí al enterarme de lo que pasaba con los Reyes Magos, fue -puede decirse- el primer encontronazo con la realidad donde perdí la ilusión por las cosas que yo creía que podían suceder y la vida misma, se empeñaba en decirme que no, que hay cosas que no existen nada más que en mi cabeza. Con el tiempo, esa misma actitud mía, infantil, la he visto repetirse en muchas personas que conozco y no me abandona. Yo creo que a partir de ese momento decidí que tenía que trabajar mucho si quería tener algo que mereciera la pena en mi vida. Me costó comprenderlo y sobretodo me costó "ponerme a ello", pero lo logré. Cuando una niña se entera de "lo de los Reyes" se queda en un vacío inexplicable, donde cada persona comienza a tener otro papel en la vida, las preguntas se suceden (¿y entonces...y dónde guardan mis padres las cosas? ¿de dónde sacan el dinero?) Poco a poco comprendí que aún a pesar del batacazo también podría tener ilusión por los regalos familiares si cabe todavía más que con los de Sus Majestades. Cuando hablo de regalos -y esto es un inciso- no me refiero a gastar mucho dinero en un objeto, me refiero al significado que puede tener ese mismo regalo que bien puede ser hecho a la mano, o fruto de la persona que te lo da o a quien se da, puede ser un libro, un verso, un dibujo o una pequeña flor azul que se encuentra en la Naturaleza y no en las tiendas y que se llama "Nomeolvides" y que para mi son las mejores, las más bonitas, las más significativas. Alguien de pequeña me dijo que según una leyenda alemana, cuando Dios había terminado de nombrar a todas las plantas, una se quedó ni nombre. Una vocecita dijo: "No me olvides, ¡Oh, Señor!” Y Dios dijo que ése sería su nombre. Este era el cuento bastante cursi –todo hay que decirlo- que más me gustaba escuchar de mi padre cuando era yo pequeña. Esto viene a colación (lo de la pequeña flor) con la relación que tenemos con las cosas pequeñas de la vida y con las grandes, y cómo no aprendemos nunca a controlar todo ello.


Lo que para mí se traduce en que en la vida muchas veces nos vemos en ese dilema de querer, admirar o desear lo que tienen otros, sus talentos y no nos preocupamos ni dejamos lugar a desarrollar lo que nosotros y solo nosotros podemos hacer. Queremos lo del otro, una familia como la de aquel, unos niños que sean ejemplo, ser admirados profesionalmente, una casa de las de revista, la cartera siempre llena...¿Quién no ha admirado a ese niño de la clase que sacaba matrículas de honor? Estábamos más preocupados de ver lo que eran capaces los otros al tiempo que la vida pasaba impidiéndonos a nosotros mismos nuestro progreso. No, uno no debe querer ser o tener lo que el otro, eso no nos dará la felicidad (entendido esto como entelequia total). A menudo nos dedicamos a cosas en nuestra profesión que nunca hubiéramos pensado porque lo hacíamos mal y sin embargo aprendemos a dominarlo, aprendemos a mejorar. Tenemos en ocasiones muchos "regalos" de los Reyes y no nos enteramos de ello, deseando todo el tiempo que vengan por que sí -y a veces sin merecerlo- a traernos cosas y cosas.
En este sentido me acuerdo de un cuento infantil donde aquel niño que encontrara el huevo de oro en la época de Pascua en casa del anciano carpintero ganaba riqueza para toda la vida. Esta historia es muy parecida a la de la Lotería, el juego, las quinielas...que hacen a menudo que todo el mundo ansíe desesperadamente encontrar un huevo de Pascua dorado para poder tener asegurado el futuro o simplemente pensar que con eso está todo listo para encontrar la felicidad absoluta. Creo que no hay nada de malo en poner nuestras fuerzas en metas elevadas, enormes...más al contrario debemos tener siempre, y digo siempre, metas y objetivos de progreso en nuestra vida personal.  El problema viene, y esto lo he visto muchas veces, cuando ponemos nuestra felicidad o nuestra satisfacción en espera, mientras aguardamos a que llegue algún hecho futuro, el huevo dorado, la lotería...que son elementos que no dependen de nosotros, no dependen de nuestro esfuerzo y lucha que es exactamente lo que nos da la felicidad y hace que veamos a una persona en armonía consigo misma. El problema como digo se agranda cuando nos pasamos la vida esperando unas fantásticas rosas, unas flores enormes, obviando o pasando de largo por la belleza y la maravilla de las pequeñas "Nomeolvides" que están siempre y siempre estarán (solo hay que saber verlas) a nuestro alrededor. Esto no quiere decir que debamos abandonar la esperanza o rebajar nuestras metas (siempre las he tenido como montañas), no quiere decir que se deba dejar de luchar por lo mejor que uno tiene dentro. Quiere decir que no debemos cerrar los ojos y el corazón (ese que nadie reconoce tener) a la sencilla belleza que hay en los momentos cotidianos de la vida, que conforman con el tiempo esa vida plena y bien vivida.                                                   
Las personas más felices que conozco no son las que encuentran un huevo dorado en casa del anciano carpintero, ni mucho menos, son las que, en la búsqueda de sus objetivos, descubren y valoran la belleza y la dulzura de los momentos cotidanos; son las que todos los días, hilo a hilo, tejen un tapiz de gratitud y admiración a lo largo de su vida. No entiendo de felicidad ni de frustración absoluta, ambos extremos no me gustan nada. Creo en la fuerza de la persona para poder cambiar su vida y la de los demás, olvidándose de una entelequia para buscar lo mejor en lo que uno y solo uno en la realidad en la que vive, subsiste, crece y progresa alcanzando una armonía y un conocimiento de si mismo, enorme.
Hoy día la mayoría de los seres nos preguntamos en momentos de crisis por lo que verdaderamente nos importa de la vida. Cuando la crisis la imponen ineptos mediocres que gobiernan el problema es bastante peliagudo porque son pocos los que se animarían a una revolución total que es lo que se merecen. La otra crisis, la de la persona es más o menos manejable si no fuera porque muchas veces ésta última viene provocada por la primera. Yo no puedo decir nada, porque siempre estoy en crisis, de modo que continuamente ando cuestionándome asuntos que no me llevan a ninguna parte, bueno, me llevan a pensar y reflexionar sobre todo lo que me rodea lo que para mi se traduce en "vivir". El vivir hace daño muchas veces con su análisis, con el cuestionamiento de todo, los sentimientos, las ansiedades, el puñetero estrés que nos mata la vida, el tener hambre o el no tenerla, tener sed...sentirse vivo. A menudo lo que más nos cuesta es controlar y unificar dos cosas que son la mente (el cerebro lugar de análisis) y el corazón (entendido este como un lugar donde residen los sentimientos y donde se genera la alegría, la tristeza...incluso el motor del alma humana). Es obvio que nuestra cabeza o mente funciona en ocasiones muy bien porque intelectualiza los asuntos de maravilla, porque somos inteligentes, cultos y verbaliza las cosas que nos suceden queriendo entender algo de la vida. Y se consigue, ¿por qué? porque podemos desmenuzar los problemas, nuestra mente entiende -por poner un ejemplo- la muerte de un ser querido pero después sentimos con el tiempo que esto no es tan fácil y que nuestro interior (el mundo del alma me gusta más que el mundo del corazón) sufre y hace su duelo que no tiene nada que ver con la rapidez de nuestra mente. Cuando perdemos a un ser querido nos damos cuenta con el tiempo, en un día cualquiera, de que no tenemos ganas de reír, de que hemos perdido la ilusión por las cosas, que no hay interés, no hay fuerzas, tenemos un cansancio que no podemos dominar, nos duele el estómago. La mente continúa su costumbre de intelectualizarlo todo sin dar lugar a que salga también en forma de intelecto "todo lo que tenemos guardado" y por consiguiente se haya la persona en una situación de conflicto interno, de lucha interior entre ideas y sentimientos, en suma, en un inexplicable combate interno. Es ese momento en que no tenemos tiempo para la caridad con los demás, porque nuestro "corazón" (alma) no puede ocuparse de los problemas de otros, es un tiempo de egoísmo irrefrenable pero lógico donde los demás nos parecen un horror y un error que no nos interesa lo más mínimo. Nos concentramos en nosotros mismos, aborreciendo nuestro entorno que no sufre como lo hacemos nosotros, ese entorno sufre por cosas que para nosotros -en nuestro duelo- nos resultan ociosas, ridículas, colaborando todas estas circunstancias al aislamiento absoluto. (Los médicos en general acuden a recetar pastillas porque lo que tienes según su opinión es una depresión...todo el mundo vive en depresión.)
Lo de la pérdida de alguien no tiene por qué ser siempre con la muerte de por medio, también se pierden personas que simplemente se marchan de nuestro lado y el duelo es el mismo cuando esa persona -por ejemplo- nos ha abandonado. ¡Qué situación más terrorífica para el ser humano! El abandono. La muerte es irremediable y como tal se impone en nuestra infantil lógica haciendo que nos digamos: no se puede hacer nada. Cuando no es la muerte sino el libre albedrío el que actúa esto ya no lo podemos aceptar tan fácilmente porque a nadie le gusta que le abandonen, por ejemplo y temblamos con las decisiones de otro. Cuando uno es abandonado sufre como un maldito en una condena a vida, aunque su mente y su cerebro se empeñen en decir: era mejor así, esa persona no era para ti...o mejor ahora que no después. Estas frases son absurdas porque cuando alguien nos interesa, nos interesa y punto. La amamos y la queremos para siempre. Grave error. Cuando una persona abandona a otra comienza un autocuestionario enorme para el que ha sido abandonado, claro está, porque se lo cuestiona todo, pregunta tras pregunta llegando a la desesperación...diecinueve días y quinientas noches, que diría uno que yo me se.
Y es que lo peor de todo -en mi humilde modo de ver las cosas- llega cuando no sabemos porqué amamos a una persona. ¿Por qué quiero a mi madre o a mi hijo? ¿por qué no soporto no tener a mi padre ya fallecido? Cuando nos enamoramos de alguien por su dinero, tiene su explicación, cuando es el sexo lo que nos interesa, es algo superable, si es su inteligencia, con el tiempo también se puede llegar a olvidar aunque nos cueste trabajo...pero cuando no podemos explicarlo, es decir, cuando no podemos explicarnos por qué queremos a esa persona, entonces probablemente y digo probablemente (ya he dicho que no creo en esto) podemos quizás decir sin miedo que estamos enamorados. ¡Qué situación horrible! y ¡Qué hacer!
Lo que la persona quiere por encima de todo es que la quieran, pero generalmente queremos que nos ame la persona equivocada. Cuántas veces no habré visto esto y cuántas veces no lo habré sufrido. Qué difícil  coincidencia.
                                
Perdemos nuestros padres, y en el amor que sentimos -que no siempre es recíproco- no hallamos explicación alguna: es tu madre, es tu padre o es tu hijo y los amas sin saber por qué, los amas, tienes con ellos una completa y absoluta relación de amor enormemente potente. Es esa relación que no puedes explicarte con la absurda frase de "es que es tu padre o es que es tu madre", no señor, les amamos porque hay un enamoramiento hacia unos progenitores que han estado junto a nosotros y no podemos intelectualizar nada, solo hay Amor y cosa inexplicable que nos lleva en muchos casos a dar la vida, si hiciera falta. Parece que cuando uno, la persona, viene a la vida mortal y se instala en una familia, la que sea, comprueba cómo las relaciones de amor y odio vienen intrínsecas también. No siempre las relaciones padres e hijos son buenas, pero hay Amor. Los mayores sufrimientos son por la familia y las mayores felicidades también. Bueno, yo añadiría que en las relaciones de familia se da el logro de avanzar en la vida interior de la persona que también ofrece al ser no pocos momentos de alegría y regocijo. Pero claro, esto es muy personal y las cosas tan personales no tienen nada que hacer en la vida de hoy, en esta sociedad quiero decir. En general, preocuparse por tener vida individual, vida interior, lejos de los otros, y dominar a la soledad, (esa que te pega unos mordiscos toreros) es algo que no se contempla en absoluto y es por ello que el ocio, el entretenimiento, el pasatiempo cobra un primer lugar quitando la plaza a la reflexión y al recogimiento. Osea, se intenta que nadie piense y punto.
La soledad es una gran amiga o una gran enemiga, según para quien y puede convertir en horror los mejores momentos de la vida del mundo. Puede llevarnos a equivocación la mayoría de las veces porque por evitar la soledad, por evitar encontrarnos con nosotros mismos somos capaces de cometer graves errores, muchas, pero que muchas veces, nos tropezamos, nos equivocamos, nos negamos a nosotros mismos...Muy mal, la soledad si no está aceptada y controlada nos lleva a error. Al mismo tiempo si está controlada es muy gratificante.
No podemos explicarnos todo en la vida, por qué nos llama la atención una persona y no otra...por qué sufrimos...por qué estamos tristes o alegres, por qué estamos muy bien con alguien y no con otro...por qué eludimos nuestra personalidad que cambiamos para poder estar, ser o hacer algo que en realidad no lo deseamos pero que lo hacemos por no estar solos. ¿Necesitar a alguien? ¿amar a alguien? Mirar, escuchar...¿hacer algo por alguien o que lo hagan por nosotros? Nosotros podemos hacerlo todo pero hay que saber aceptar los virages que nos pega nuestro coche en esta ruta de la vida, no esperarlo todo, escuchar nuestra voz y no la de los demás...crecer y remontar el dolor que pueda uno sentir con la separación de un ser querido. La muerte, como dicen es lo único que no tiene solución y por ello debemos esforzarnos en vivir cada día como si fuese el último, sin más esperanza que una eternidad y sin forzar a nadie al amor: lo que tenemos hoy es lo que vale, el mañana no existe.

Cada año que pasa, recordamos nuestra infancia y la alegría que tuvimos algunos por aquellos años, cuando llegan las Navidades, eso es lo que les dicen los padres a sus hijos. En esos días como todos sabemos pasan los Reyes Magos por las casas españolas, en otros países es Père Noël, los holandeses tienen su Nicolás, los ortodoxos lo celebran unos días más tarde, pero como sea es una tradición que no deberiamos perder por nada del mundo, aunque los europeos impongan sus costumbres distintas a las nuestras. He hablado con Marina, mi sobrina de 8 años que feliz y emocionada como nadie me ha evocado como ella sola sabe hacer la numerosa lista de regalos. -¡Es que me gustan mucho los regalos!, dice con su vocecilla temblorosa. Se queda siempre después de la cabalgata prácticamente sin dormir por los nervios, -¡es que se me pone una cosa muy rara en la tripa! Ella no sabe lógicamente verbalizar lo que le sucede pero yo sí, puedo darme cuenta de lo que le pasa por su cuerpito y por sus emociones de niña pequeña y me acuerdo de mi misma. La tradición nos explica que durante el nacimiento de Jesús en un lugar muy humilde y después de haber pasado sus consiguientes tribulaciones como corresponde a un Dios que se hace Hombre, llena de controversia a la Humanidad entera. Dentro de ese espíritu extraño y convencidos algunos de que aquel suceso era importante, más que eso, extraordinario, también acudieron otros personajes importantes. Había unos Magos, que hacían Magía, es decir que manejaban poderes especiales. Esos personajes, sabios, que eran los más importantes del momento eran los Reyes Magos de Oriente que demostraron su humildad y sometimiento, postrándose al que acababa de nacer, éste niño sería el Salvador del mundo. Pero esta relación de humildad y de amor con el nacimiento de Jesús, de amor entre los hombres, de ilusión por la esperanza en una vida eterna y por el mensaje del Evangelio que vendría. Después se olvida un poquitín, en realidad se olvida completamente pero, en fin, tampoco es grave. Lo cierto es que desde niños (es importante ponerse en los zapatos de un niño) nos volcamos en esas fechas que para nosotros son imprescindibles y esa mentalidad infantil de ilusión sabemos ahora que no volverá nunca más en nuestra vida. En aquellos días de ilusión, de infancia inventada por nosotros mismos y probablemente por nuetros padres y los seres que nos rodean, cualquier cosa podría ser posible: unos Magos de Oriente vienen a tu casa infantil, a tu pequeña habitación, entran, ven si duermes, se toman una copilla, dejan aparcados sus camellos que se comen las zanahorias que has dejado al lado de tus zapatos limpísimos, hablan con los familiares para saber si hemos sido buenos y nos dejan un montón de juguetes. ¡Juguetes! A veces aciertan con lo que hemos pedido y otras veces no tanto pero no importa, lo que importa es que nos traen regalos para todo el año, que se han fijado en nosotros, que somos parte importante de la humanidad, que somos tan importantes como nuestro hermano Jesús al que en su día fueron a homenajear. Esos regalos serán para el resto de los días, es decir que debemos tenerlos, usarlos durante todo el año, un año de felicidad que cada vez se repite y son ellos, los Magos, los responsables. Todavía recuerdo los nervios -que como Marina mi sobrina- invadía toda mi pequeña naturaleza de forma extraordinaria. En aquellos días cualquier cosa era posible, cualquier cosa podía ser posible. La esperanza, la certeza de los milagros estaba a flor de piel y en ese espíritu grande de felicidad absoluta nos volcábamos en ser caritativos con los demás, esto sucedía en la medida y cantidad en que éramos felices, éramos en igual medida, compasivos. Esos días de espera a la llegada de los Magos de Oriente nos sentíamos como el mayor héroe del mundo, éramos observados por unos ojos que no veíamos pero que lo sabían todo de nuestra vida, si habíamos hecho los deberes del año, si habíamos sido buenos, si ayudabamos a mamá, si regañabamos con los hermanos...Sabían si nos gustaba el color rosa o el azul, nuestro plato preferido, la música...lo sabían todo sobre nuestra persona y lo mejor es que todo aquello era posible y cualquier cosa que idearamos, podía suceder. Yo creo que la primera vez que aterrizamos en la realidad de la vida es cuando nos enteramos de la verdad, digo nos enteramos porque comprenderlo y aceptarlo probablemente no lo hagamos nunca en nuestro fuero interno, lo de los complejos infantiles no superados que tanto canturrean psicólogos y psiquiátras...pues eso. No nos da la gana superarlo y me parece bien ¿por qué? porque queremos volver a sentir en algún momento de nuestra vida que todo puede volver a ser, que las cosas llegan, que los milagros existen y que hay alguien que nos quiere mucho y nos da lo mejor (aunque sea invisible). Podíamos intentar que ese expíritu mágico que de adultos encontramos siendo nosotros ahora Magos se funda con la ilusión de aquellos tiempos y la mantengamos por muchos muchos días del año sin dejarnos derruir por la tristeza, la desilusión, el dolor y la soledad. Para todos debería de  existir el espíritu de los Magos y con él su fuerza extraordinariamente positiva de la vida. 

martes, 1 de marzo de 2016

Vivir lo que nos toca


La vida nunca se presenta como la hemos pensado o mejor, nunca se presenta como nos la han hecho pensar y soñar...La infancia para muchas personas ha significado la peor etapa de su vida, si bien, no solemos reconocerlo por el sufrimiento que con frecuencia nos proporciona. Hoy, en los países en los que no sufrimos guerra frivolizamos continuamente con preocupaciones que en realidad no tienen mayor interés. No estamos suficientemente agradecidos por las buenas cosas que tenemos cada día, no pensamos en que tenemos salud, bienestar, naturaleza que contemplar. Vida, vida, en definitiva, aunque yo creo que no tenemos libertad por mucho que nos creamos que sí, yo digo no, no la tenemos, vivimos esclavizados, atados a un mundo material que se desvanece como el humo cuando te diagnostican un cáncer o cuando tienes un accidente, por poner un ejemplo, una imagen. Vivimos esclavos de las decisiones de los políticos que cambian las vidas de las personas, de las sociedades de forma terrible.
Las personas que han sufrido de pobreza, que han tenido pocos medios en su etapa infantil, en su etapa madura se atan enormemente a los bienes materiales y no digo que no sea normal, lo que digo es que sería inteligente no pillarse los dedos y conservar un término medio en el que no nos dejemos llevar demasiado por el capitalismo. No olvidar los sentimientos también es algo noble. No cambiar nuestros principios, también es noble. Muchas cosas lo son, pero dejan de ser nobles cuando preferimos el dinero.
Lo cierto es que a medida que pasa el tiempo y embaucados en esta sociedad de consumo sentimos una inquietud enorme al ver que las cosas no son, no existen, que hay elementos del mundo sensorial o emocional que comienzan a pertenecer a nuestra personal manera de ser y de sentir las cosas. Vemos que estamos la mayoría de las veces fuera del circuito social, que somos raros, que no entramos en las convenciones que sí entran los demás, que no nos interesa. La adolescencia, por ejemplo, es la etapa por excelencia idónea para comenzar a ver que el mundo no es lo que pensamos, a menudo, el ser humano no se acepta como es. Con suerte algunos lo empiezan a descubrir mucho antes, desde temprana edad, esto siempre sucede así aunque haya quien no lo quiera ver, es decir, desde niños percibimos que el mundo no es nada para con nosotros, no tenemos relación con él, pertenecemos en definitiva a otra época,  pero no sabemos explicar lo que nos sucede. Tal vez los especialistas haciéndonos dibujar o forzándonos a realizar absurdos test, dan con la tecla de aquello que no asimilamos y que nos causa inquietud e incluso trauma, de aquello que nos hace en definitiva sentirnos mal. Este papel lo hacen psicólogos y psiquiatras cuyo objeto de trabajo por obligación consiste en encontrar una explicación intelectualizada a todo lo que sucede en la mente y sobre todo en el comportamiento del ser humano. Mala cosa. El alma no se puede formalizar: es como la persona quiere que sea aunque pueda sufrir influencias. Las dificultades en realidad existen desde que nacemos, solo que nos habituamos a ellas sin querer o sin tener que necesariamente explicarlo todo. ¡Esa dichosa manía! La tendencia a construir o a criar seres perfectos se une a esa manía médica de la explicación y por consiguiente de una terapia o curación, sin darse cuenta o sin querer darse cuenta porque sus honorarios se ven maltrechos, que en realidad cada persona lleva en si misma uno o muchos conflictos, configurando de esa manera su particular forma de ser, configurando su personalidad, sin más. Esto no hay que convertirlo en enfermedad, debe convertirse en aceptación. No somos enfermos, somos personas con dificultades, con personalidades, caracteres y nada más. He citado la adolescencia que es el primer atisbo de conciencia de malestar y de odio por lo que nos rodea, de querer seguramente explicar o de tomar conciencia de lo que no nos gusta o de lo que nos hace sentir mal, justamente aquello que de pequeños no sabíamos hacer, porque no lo sabíamos explicar. Ahora tomamos conciencia de nuestra realidad y de nuestro entorno, la mayoría de las veces hostil como el solo. Si de pequeños como digo vivimos conflictos que no podemos, ni sabemos resolver, se presentará de adultos aquella frase de “el conflicto infantil no resuelto” que a mi siempre me suena a que por lo visto nadie tiene que tener vida infantil, ni niñez o que ésta debe ser un horror porque sin duda hay miles de cosas, que ningún ser humano sabe ni debe explicar con respecto a lo que fue su niñez. Es lógico. En la edad infantil hay cosas que no entendemos pero que comprenderemos con el tiempo, pero de ahí a que sean conflictos sin resolver...va un trecho. El mismo problema lo encontramos no solo en la adolescencia, en otras edades será mucho peor, cuando vemos que nuestro entorno no nos gusta y tampoco lo llegamos a comprender, menos explicar, simplemente vivimos el malestar de cosas que nos desagradan, continuamos con ese gran malestar que nos hunde la moral y a algunos les convierte en rebeldes para toda la vida. Esta es también una etapa sin resolver que se descifra con el tiempo, que ya he dicho que es el único en quien podemos confiar, porque es el único que nos ayudará a comprender nuestros problemas, nuestras pruebas, nuestros “conflictos no resueltos”. Resulta que a medida que pasan las etapas, seguimos teniendo amarguras que pasar, de una o de otra manera, sufrimos más injusticias e incomprensión con todo lo que sucede a nuestro alrededor, pero hemos cambiado la perspectiva. A partir de ahí, pensamos de manera más adulta, quizás con más calma y paciencia pero seguimos sufriendo sin comprender los sucesos que se nos presentan, aunque resolviendo otros de la niñez, es un gran paso. Es decir, que crecemos vertiginosamente al saber que cada etapa de probación, será comprendida e incluso asimilada cuando el tiempo imponga su voluntad de acero. Dicho esto, me detengo en la cuestión de la vida cotidiana, del día a día, que nos lleva generalmente al oscurantismo de la persona, ante la no aceptación de nuestra realidad a menudo alejada por completo de lo que un día habíamos ideado o soñado que es peor. Descubrimos que el trabajo no nos gusta, menos los compañeros, no nos gusta lo que hemos descubierto de nuestra pareja, no nos gusta la rutina de tener que comer todos los días, sentimos cansancio, no queremos en absoluto depender de las cosas materiales como hipotecas, bancos...nos parece un asco, la limpieza cotidiana y el quéhacer doméstico comienza a minarnos la moral por completo, haciéndonos apáticos, la crianza de los hijos se come absolutamente todas nuestras libertades, nuestro espacio vital, nuestra persona, sentimos que nos amarga la vida y que puede con nosotros. La consecuencia en general –sea en época de crisis o no- es un malestar tan profundo que nos puede, que no podemos por nada del mundo soportarlo, vienen la apatía, después la depresión. Esta última se puede presentar de muchas maneras no solo con la apariencia de estar hundidos, la depresión se manifiesta de otras muchas maneras como por ejemplo, en un carácter repodrido que los demás no pueden soportar o en enfermedades, a veces no lo soporta ni uno mismo, la persona, no se soporta a ella misma, nadie soporta a nadie. A esto se añaden –hablo del patrón general- las relaciones sociales y familiares que a menudo de sencillas que son, en realidad, se convierten en lo más enrevesado y complicado de la historia, y por consiguiente la atalaya de nuestra desazón más absoluta. En esta disconformidad con todo lo que nos rodea ¿qué podemos hacer?.





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