jueves, 17 de marzo de 2016

La alegría de vivir (un poco largo pero siempre lo argumento todo)


Todavía recuerdo como si fuera ayer y lo recuerdo con cierta angustia, el batacazo enorme que sentí al enterarme de lo que pasaba con los Reyes Magos, fue -puede decirse- el primer encontronazo con la realidad donde perdí la ilusión por las cosas que yo creía que podían suceder y la vida misma, se empeñaba en decirme que no, que hay cosas que no existen nada más que en mi cabeza. Con el tiempo, esa misma actitud mía, infantil, la he visto repetirse en muchas personas que conozco y no me abandona. Yo creo que a partir de ese momento decidí que tenía que trabajar mucho si quería tener algo que mereciera la pena en mi vida. Me costó comprenderlo y sobretodo me costó "ponerme a ello", pero lo logré. Cuando una niña se entera de "lo de los Reyes" se queda en un vacío inexplicable, donde cada persona comienza a tener otro papel en la vida, las preguntas se suceden (¿y entonces...y dónde guardan mis padres las cosas? ¿de dónde sacan el dinero?) Poco a poco comprendí que aún a pesar del batacazo también podría tener ilusión por los regalos familiares si cabe todavía más que con los de Sus Majestades. Cuando hablo de regalos -y esto es un inciso- no me refiero a gastar mucho dinero en un objeto, me refiero al significado que puede tener ese mismo regalo que bien puede ser hecho a la mano, o fruto de la persona que te lo da o a quien se da, puede ser un libro, un verso, un dibujo o una pequeña flor azul que se encuentra en la Naturaleza y no en las tiendas y que se llama "Nomeolvides" y que para mi son las mejores, las más bonitas, las más significativas. Alguien de pequeña me dijo que según una leyenda alemana, cuando Dios había terminado de nombrar a todas las plantas, una se quedó ni nombre. Una vocecita dijo: "No me olvides, ¡Oh, Señor!” Y Dios dijo que ése sería su nombre. Este era el cuento bastante cursi –todo hay que decirlo- que más me gustaba escuchar de mi padre cuando era yo pequeña. Esto viene a colación (lo de la pequeña flor) con la relación que tenemos con las cosas pequeñas de la vida y con las grandes, y cómo no aprendemos nunca a controlar todo ello.


Lo que para mí se traduce en que en la vida muchas veces nos vemos en ese dilema de querer, admirar o desear lo que tienen otros, sus talentos y no nos preocupamos ni dejamos lugar a desarrollar lo que nosotros y solo nosotros podemos hacer. Queremos lo del otro, una familia como la de aquel, unos niños que sean ejemplo, ser admirados profesionalmente, una casa de las de revista, la cartera siempre llena...¿Quién no ha admirado a ese niño de la clase que sacaba matrículas de honor? Estábamos más preocupados de ver lo que eran capaces los otros al tiempo que la vida pasaba impidiéndonos a nosotros mismos nuestro progreso. No, uno no debe querer ser o tener lo que el otro, eso no nos dará la felicidad (entendido esto como entelequia total). A menudo nos dedicamos a cosas en nuestra profesión que nunca hubiéramos pensado porque lo hacíamos mal y sin embargo aprendemos a dominarlo, aprendemos a mejorar. Tenemos en ocasiones muchos "regalos" de los Reyes y no nos enteramos de ello, deseando todo el tiempo que vengan por que sí -y a veces sin merecerlo- a traernos cosas y cosas.
En este sentido me acuerdo de un cuento infantil donde aquel niño que encontrara el huevo de oro en la época de Pascua en casa del anciano carpintero ganaba riqueza para toda la vida. Esta historia es muy parecida a la de la Lotería, el juego, las quinielas...que hacen a menudo que todo el mundo ansíe desesperadamente encontrar un huevo de Pascua dorado para poder tener asegurado el futuro o simplemente pensar que con eso está todo listo para encontrar la felicidad absoluta. Creo que no hay nada de malo en poner nuestras fuerzas en metas elevadas, enormes...más al contrario debemos tener siempre, y digo siempre, metas y objetivos de progreso en nuestra vida personal.  El problema viene, y esto lo he visto muchas veces, cuando ponemos nuestra felicidad o nuestra satisfacción en espera, mientras aguardamos a que llegue algún hecho futuro, el huevo dorado, la lotería...que son elementos que no dependen de nosotros, no dependen de nuestro esfuerzo y lucha que es exactamente lo que nos da la felicidad y hace que veamos a una persona en armonía consigo misma. El problema como digo se agranda cuando nos pasamos la vida esperando unas fantásticas rosas, unas flores enormes, obviando o pasando de largo por la belleza y la maravilla de las pequeñas "Nomeolvides" que están siempre y siempre estarán (solo hay que saber verlas) a nuestro alrededor. Esto no quiere decir que debamos abandonar la esperanza o rebajar nuestras metas (siempre las he tenido como montañas), no quiere decir que se deba dejar de luchar por lo mejor que uno tiene dentro. Quiere decir que no debemos cerrar los ojos y el corazón (ese que nadie reconoce tener) a la sencilla belleza que hay en los momentos cotidianos de la vida, que conforman con el tiempo esa vida plena y bien vivida.                                                   
Las personas más felices que conozco no son las que encuentran un huevo dorado en casa del anciano carpintero, ni mucho menos, son las que, en la búsqueda de sus objetivos, descubren y valoran la belleza y la dulzura de los momentos cotidanos; son las que todos los días, hilo a hilo, tejen un tapiz de gratitud y admiración a lo largo de su vida. No entiendo de felicidad ni de frustración absoluta, ambos extremos no me gustan nada. Creo en la fuerza de la persona para poder cambiar su vida y la de los demás, olvidándose de una entelequia para buscar lo mejor en lo que uno y solo uno en la realidad en la que vive, subsiste, crece y progresa alcanzando una armonía y un conocimiento de si mismo, enorme.
Hoy día la mayoría de los seres nos preguntamos en momentos de crisis por lo que verdaderamente nos importa de la vida. Cuando la crisis la imponen ineptos mediocres que gobiernan el problema es bastante peliagudo porque son pocos los que se animarían a una revolución total que es lo que se merecen. La otra crisis, la de la persona es más o menos manejable si no fuera porque muchas veces ésta última viene provocada por la primera. Yo no puedo decir nada, porque siempre estoy en crisis, de modo que continuamente ando cuestionándome asuntos que no me llevan a ninguna parte, bueno, me llevan a pensar y reflexionar sobre todo lo que me rodea lo que para mi se traduce en "vivir". El vivir hace daño muchas veces con su análisis, con el cuestionamiento de todo, los sentimientos, las ansiedades, el puñetero estrés que nos mata la vida, el tener hambre o el no tenerla, tener sed...sentirse vivo. A menudo lo que más nos cuesta es controlar y unificar dos cosas que son la mente (el cerebro lugar de análisis) y el corazón (entendido este como un lugar donde residen los sentimientos y donde se genera la alegría, la tristeza...incluso el motor del alma humana). Es obvio que nuestra cabeza o mente funciona en ocasiones muy bien porque intelectualiza los asuntos de maravilla, porque somos inteligentes, cultos y verbaliza las cosas que nos suceden queriendo entender algo de la vida. Y se consigue, ¿por qué? porque podemos desmenuzar los problemas, nuestra mente entiende -por poner un ejemplo- la muerte de un ser querido pero después sentimos con el tiempo que esto no es tan fácil y que nuestro interior (el mundo del alma me gusta más que el mundo del corazón) sufre y hace su duelo que no tiene nada que ver con la rapidez de nuestra mente. Cuando perdemos a un ser querido nos damos cuenta con el tiempo, en un día cualquiera, de que no tenemos ganas de reír, de que hemos perdido la ilusión por las cosas, que no hay interés, no hay fuerzas, tenemos un cansancio que no podemos dominar, nos duele el estómago. La mente continúa su costumbre de intelectualizarlo todo sin dar lugar a que salga también en forma de intelecto "todo lo que tenemos guardado" y por consiguiente se haya la persona en una situación de conflicto interno, de lucha interior entre ideas y sentimientos, en suma, en un inexplicable combate interno. Es ese momento en que no tenemos tiempo para la caridad con los demás, porque nuestro "corazón" (alma) no puede ocuparse de los problemas de otros, es un tiempo de egoísmo irrefrenable pero lógico donde los demás nos parecen un horror y un error que no nos interesa lo más mínimo. Nos concentramos en nosotros mismos, aborreciendo nuestro entorno que no sufre como lo hacemos nosotros, ese entorno sufre por cosas que para nosotros -en nuestro duelo- nos resultan ociosas, ridículas, colaborando todas estas circunstancias al aislamiento absoluto. (Los médicos en general acuden a recetar pastillas porque lo que tienes según su opinión es una depresión...todo el mundo vive en depresión.)
Lo de la pérdida de alguien no tiene por qué ser siempre con la muerte de por medio, también se pierden personas que simplemente se marchan de nuestro lado y el duelo es el mismo cuando esa persona -por ejemplo- nos ha abandonado. ¡Qué situación más terrorífica para el ser humano! El abandono. La muerte es irremediable y como tal se impone en nuestra infantil lógica haciendo que nos digamos: no se puede hacer nada. Cuando no es la muerte sino el libre albedrío el que actúa esto ya no lo podemos aceptar tan fácilmente porque a nadie le gusta que le abandonen, por ejemplo y temblamos con las decisiones de otro. Cuando uno es abandonado sufre como un maldito en una condena a vida, aunque su mente y su cerebro se empeñen en decir: era mejor así, esa persona no era para ti...o mejor ahora que no después. Estas frases son absurdas porque cuando alguien nos interesa, nos interesa y punto. La amamos y la queremos para siempre. Grave error. Cuando una persona abandona a otra comienza un autocuestionario enorme para el que ha sido abandonado, claro está, porque se lo cuestiona todo, pregunta tras pregunta llegando a la desesperación...diecinueve días y quinientas noches, que diría uno que yo me se.
Y es que lo peor de todo -en mi humilde modo de ver las cosas- llega cuando no sabemos porqué amamos a una persona. ¿Por qué quiero a mi madre o a mi hijo? ¿por qué no soporto no tener a mi padre ya fallecido? Cuando nos enamoramos de alguien por su dinero, tiene su explicación, cuando es el sexo lo que nos interesa, es algo superable, si es su inteligencia, con el tiempo también se puede llegar a olvidar aunque nos cueste trabajo...pero cuando no podemos explicarlo, es decir, cuando no podemos explicarnos por qué queremos a esa persona, entonces probablemente y digo probablemente (ya he dicho que no creo en esto) podemos quizás decir sin miedo que estamos enamorados. ¡Qué situación horrible! y ¡Qué hacer!
Lo que la persona quiere por encima de todo es que la quieran, pero generalmente queremos que nos ame la persona equivocada. Cuántas veces no habré visto esto y cuántas veces no lo habré sufrido. Qué difícil  coincidencia.
                                
Perdemos nuestros padres, y en el amor que sentimos -que no siempre es recíproco- no hallamos explicación alguna: es tu madre, es tu padre o es tu hijo y los amas sin saber por qué, los amas, tienes con ellos una completa y absoluta relación de amor enormemente potente. Es esa relación que no puedes explicarte con la absurda frase de "es que es tu padre o es que es tu madre", no señor, les amamos porque hay un enamoramiento hacia unos progenitores que han estado junto a nosotros y no podemos intelectualizar nada, solo hay Amor y cosa inexplicable que nos lleva en muchos casos a dar la vida, si hiciera falta. Parece que cuando uno, la persona, viene a la vida mortal y se instala en una familia, la que sea, comprueba cómo las relaciones de amor y odio vienen intrínsecas también. No siempre las relaciones padres e hijos son buenas, pero hay Amor. Los mayores sufrimientos son por la familia y las mayores felicidades también. Bueno, yo añadiría que en las relaciones de familia se da el logro de avanzar en la vida interior de la persona que también ofrece al ser no pocos momentos de alegría y regocijo. Pero claro, esto es muy personal y las cosas tan personales no tienen nada que hacer en la vida de hoy, en esta sociedad quiero decir. En general, preocuparse por tener vida individual, vida interior, lejos de los otros, y dominar a la soledad, (esa que te pega unos mordiscos toreros) es algo que no se contempla en absoluto y es por ello que el ocio, el entretenimiento, el pasatiempo cobra un primer lugar quitando la plaza a la reflexión y al recogimiento. Osea, se intenta que nadie piense y punto.
La soledad es una gran amiga o una gran enemiga, según para quien y puede convertir en horror los mejores momentos de la vida del mundo. Puede llevarnos a equivocación la mayoría de las veces porque por evitar la soledad, por evitar encontrarnos con nosotros mismos somos capaces de cometer graves errores, muchas, pero que muchas veces, nos tropezamos, nos equivocamos, nos negamos a nosotros mismos...Muy mal, la soledad si no está aceptada y controlada nos lleva a error. Al mismo tiempo si está controlada es muy gratificante.
No podemos explicarnos todo en la vida, por qué nos llama la atención una persona y no otra...por qué sufrimos...por qué estamos tristes o alegres, por qué estamos muy bien con alguien y no con otro...por qué eludimos nuestra personalidad que cambiamos para poder estar, ser o hacer algo que en realidad no lo deseamos pero que lo hacemos por no estar solos. ¿Necesitar a alguien? ¿amar a alguien? Mirar, escuchar...¿hacer algo por alguien o que lo hagan por nosotros? Nosotros podemos hacerlo todo pero hay que saber aceptar los virages que nos pega nuestro coche en esta ruta de la vida, no esperarlo todo, escuchar nuestra voz y no la de los demás...crecer y remontar el dolor que pueda uno sentir con la separación de un ser querido. La muerte, como dicen es lo único que no tiene solución y por ello debemos esforzarnos en vivir cada día como si fuese el último, sin más esperanza que una eternidad y sin forzar a nadie al amor: lo que tenemos hoy es lo que vale, el mañana no existe.

Cada año que pasa, recordamos nuestra infancia y la alegría que tuvimos algunos por aquellos años, cuando llegan las Navidades, eso es lo que les dicen los padres a sus hijos. En esos días como todos sabemos pasan los Reyes Magos por las casas españolas, en otros países es Père Noël, los holandeses tienen su Nicolás, los ortodoxos lo celebran unos días más tarde, pero como sea es una tradición que no deberiamos perder por nada del mundo, aunque los europeos impongan sus costumbres distintas a las nuestras. He hablado con Marina, mi sobrina de 8 años que feliz y emocionada como nadie me ha evocado como ella sola sabe hacer la numerosa lista de regalos. -¡Es que me gustan mucho los regalos!, dice con su vocecilla temblorosa. Se queda siempre después de la cabalgata prácticamente sin dormir por los nervios, -¡es que se me pone una cosa muy rara en la tripa! Ella no sabe lógicamente verbalizar lo que le sucede pero yo sí, puedo darme cuenta de lo que le pasa por su cuerpito y por sus emociones de niña pequeña y me acuerdo de mi misma. La tradición nos explica que durante el nacimiento de Jesús en un lugar muy humilde y después de haber pasado sus consiguientes tribulaciones como corresponde a un Dios que se hace Hombre, llena de controversia a la Humanidad entera. Dentro de ese espíritu extraño y convencidos algunos de que aquel suceso era importante, más que eso, extraordinario, también acudieron otros personajes importantes. Había unos Magos, que hacían Magía, es decir que manejaban poderes especiales. Esos personajes, sabios, que eran los más importantes del momento eran los Reyes Magos de Oriente que demostraron su humildad y sometimiento, postrándose al que acababa de nacer, éste niño sería el Salvador del mundo. Pero esta relación de humildad y de amor con el nacimiento de Jesús, de amor entre los hombres, de ilusión por la esperanza en una vida eterna y por el mensaje del Evangelio que vendría. Después se olvida un poquitín, en realidad se olvida completamente pero, en fin, tampoco es grave. Lo cierto es que desde niños (es importante ponerse en los zapatos de un niño) nos volcamos en esas fechas que para nosotros son imprescindibles y esa mentalidad infantil de ilusión sabemos ahora que no volverá nunca más en nuestra vida. En aquellos días de ilusión, de infancia inventada por nosotros mismos y probablemente por nuetros padres y los seres que nos rodean, cualquier cosa podría ser posible: unos Magos de Oriente vienen a tu casa infantil, a tu pequeña habitación, entran, ven si duermes, se toman una copilla, dejan aparcados sus camellos que se comen las zanahorias que has dejado al lado de tus zapatos limpísimos, hablan con los familiares para saber si hemos sido buenos y nos dejan un montón de juguetes. ¡Juguetes! A veces aciertan con lo que hemos pedido y otras veces no tanto pero no importa, lo que importa es que nos traen regalos para todo el año, que se han fijado en nosotros, que somos parte importante de la humanidad, que somos tan importantes como nuestro hermano Jesús al que en su día fueron a homenajear. Esos regalos serán para el resto de los días, es decir que debemos tenerlos, usarlos durante todo el año, un año de felicidad que cada vez se repite y son ellos, los Magos, los responsables. Todavía recuerdo los nervios -que como Marina mi sobrina- invadía toda mi pequeña naturaleza de forma extraordinaria. En aquellos días cualquier cosa era posible, cualquier cosa podía ser posible. La esperanza, la certeza de los milagros estaba a flor de piel y en ese espíritu grande de felicidad absoluta nos volcábamos en ser caritativos con los demás, esto sucedía en la medida y cantidad en que éramos felices, éramos en igual medida, compasivos. Esos días de espera a la llegada de los Magos de Oriente nos sentíamos como el mayor héroe del mundo, éramos observados por unos ojos que no veíamos pero que lo sabían todo de nuestra vida, si habíamos hecho los deberes del año, si habíamos sido buenos, si ayudabamos a mamá, si regañabamos con los hermanos...Sabían si nos gustaba el color rosa o el azul, nuestro plato preferido, la música...lo sabían todo sobre nuestra persona y lo mejor es que todo aquello era posible y cualquier cosa que idearamos, podía suceder. Yo creo que la primera vez que aterrizamos en la realidad de la vida es cuando nos enteramos de la verdad, digo nos enteramos porque comprenderlo y aceptarlo probablemente no lo hagamos nunca en nuestro fuero interno, lo de los complejos infantiles no superados que tanto canturrean psicólogos y psiquiátras...pues eso. No nos da la gana superarlo y me parece bien ¿por qué? porque queremos volver a sentir en algún momento de nuestra vida que todo puede volver a ser, que las cosas llegan, que los milagros existen y que hay alguien que nos quiere mucho y nos da lo mejor (aunque sea invisible). Podíamos intentar que ese expíritu mágico que de adultos encontramos siendo nosotros ahora Magos se funda con la ilusión de aquellos tiempos y la mantengamos por muchos muchos días del año sin dejarnos derruir por la tristeza, la desilusión, el dolor y la soledad. Para todos debería de  existir el espíritu de los Magos y con él su fuerza extraordinariamente positiva de la vida. 
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