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Sin mi perdón



Aparte de Hobbes del que ya hemos hablado en otros apartados de este libro y también lo hago de vez en cuando con mis alumnos, hemos de considerar como hecho ineludible para entendernos que Dios existe, bueno quiero decir que consideraremos la creencia en Dios para explicarnos algunos hechos importantes del propósito de la vida. Este Dios nos ha dado un principio que es el del arrepentimiento que parece que va unido al perdón. Todos los pecados salvo los que Dios ha especificado, el pecado contra el Espíritu Santo y el homicidio, les serán perdonados a aquellos que total, congruente y continuamente se arrepientan mediante una transformación genuina y comprensiva de su vida. Hay perdón aun para el pecador que comete transgresiones graves, porque la Iglesia perdonará y el Señor perdonará tales cosas cuando el arrepentimiento haya dado fruto. El arrepentimiento y el perdón son parte del ascenso a la divinidad, según el plan divino el hombre debe hacer este ascenso voluntariamente porque el elemento del libre albedrío es fundamental. El hombre escoge por si mismo pero él no puede controlar los castigos. Estos son inmutables. No se tiene por responsables a los niños pequeños ni a los que se hayan incapacitados mentalmente, pero todos los demás recibirán, ya sean bendiciones, progreso y recompensas, o castigos y privación, conforme a la manera en que reaccionamos o decidimos vivir según el plan que Dios nos presenta y según la fidelidad que le presentemos. Dios dispuso esta situación e hizo posible que hubiera bien y mal, consuelo y dolor, alegría y tristeza... Las opciones nos permiten escoger y así viene el crecimiento y el desarrollo.
            Parece claro entonces que perdón y arrepentimiento están unidos de alguna manera pero también parece claro que esta evolución de las ideas en la mente o en el espíritu tiene que ver directamente con el progreso personal, con el “enfoque” que demos a nuestro mundo emocional-espiritual y no con las relaciones entre las personas. De modo que tenemos de un lado nuestro perdón –que es el que se nos debe dar, el que nos da Dios directamente- el nuestro que debemos darnos cuando cometemos errores y el que debemos dar a los otros. Sobre el primero ya he dicho algo en este breve artículo, sobre la segunda posibilidad poco dicen las Escrituras, salvo que también debemos ser caritativos con nosotros mismos y cuando nos arrepintamos de algo no ser excesivamente severos o implacables con nuestros errores, no debemos ponernos más cargas de las que seamos capaces de llevar ni más angustia añadida en busca de una perfección que forzosamente será imposible pues somos seres humanos. Parece que aquellos que se recrean excesivamente en sufrir lo que ya debería pasar a olvido porque estamos en otra etapa…es obra del Maligno que influye sobre nosotros para que sigamos sintiéndonos culpables aunque ya nos hayamos arrepentido.
Crearnos, por tanto, más angustia de la que en sí, produce el arrepentimiento sincero no es propio tampoco de un ser humano digno, ni creo que se nos exija ni se nos pida que seamos nosotros mismos quienes ejerzamos sobre nosotros mismos mayor castigo. También es importante tener  piedad con nuestros errores y en cierto modo mimarnos para de esa manera tratar las cosas como son, fallos humanos que nos llevan a mejorar a lo largo de este existencia temporal.  
            Me extenderé no obstante en lo que se refiere al perdón de los otros, así de forma abreviada pero esto será en el siguiente capítulo.

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