jueves, 24 de noviembre de 2016

Un poco de Individuo y sociedad

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En nuestro país el asesinato a cargos públicos -otrora reyes- se ha dado con mucha frecuencia, en otros países también, ahora comienza a desencadenarse en otros lugares con bastante profusión el desbancamiento de dirigentes y gobernantes explotadores. Las personas que gobiernan a los pueblos, o las que siguen la carrera de la política deberían de tener que contar cotidianamente con un elemento intruso, histórico, pavoroso y muchas veces irremediable: el asesino. En todos los tiempos desde que existen gobernantes, hubo atentados a la persona; pero eran aquellos atentados fruto de una confabulación, movimientos colectivos que tenían carácter de conciencia y de responsabilidad. A César no le mató Bruto; le mataron todos los enemigos del cesarismo. Después y ya entrados en el XIX y XX, surgió la figura del hombre individual, que mata espontáneamente, a requerimientos personales. Este hombre de ahora tiene un sabor nuevo, más terrible y desconcertante que los conspiradores antiguos; tiene un sabor de fatalidad y de inconsciencia considerable, y esta inconsciencia y fatalidad le convierte en un ser tan pavoroso como irremediable.
¿Que cómo surgió esa figura del asesino aislado? la sociedad europea, también fue europea nuestra sociedad incluso a principios del XX y hasta el fin de la República, vio que los vínculos internos y asociados se rompían, dando paso a una forma de nihilismo o de independencia personal importante. El individuo que antes se sentía en las tupidas mallas sociales, y que dependía de la colectividad por una serie de jerarquías y sumisiones cesarias, hoy se encuentra aislado, libre de trabas, aéreo y móvil como una cosa al viento. La instrucción fundamentalmente enciclopédica le liberta de la dependencia cultural: tiene nociones de todas las cosas, y los libros baratos, los periódicos fácilmente adquiribles le nutre de numerosos y universales conocimientos, hoy, el uso de internet le proporciona esa ventana a un mundo enorme y mágico que le alimenta de universales conocimientos. Estos mismos periódicos y noticiarios que imagino después son los que elaboran el notición, le aleccionan en los asuntos públicos y poniéndose humildemente a su servicio le hacen a él, anónimo lector, punto central de la vida política. Este hombre de ahora se siente halagado, y convertido, por consiguiente, en sancionador y juez de las cosas públicas. Añádase, además, el espíritu cosmopolita que va adquiriendo la vida civilizada, la dignificación del individuo por las huelgas y concesiones sociales y tendremos un ejemplar de hombre moderno que sigue, instintivamente, las lecciones de Marx Stirner: el uso del arbitrio individual ante todas las contingencias, morales o sensorias. Otro espejismo más de la sociedad en que vivimos (farsa, mentira o verdad). Los que se aventuran hoy en la carrera pública están obligados a contar con este hombre moderno, aislado, individualista, obediente a sus impulsos personales y arrastrado por el arbitrio de sus pasiones. Este hombre fatal es mucho más temible en los pueblos latinos o meridionales, por existir en tales pueblos una mayor propensión al homicidio y al asesinato, según parece. Y entre los pueblos latinos, el que más debería de temer a esa clase de seres es el pueblo español, por haber sufrido una triste condición de raza inexperta, ignorante y poco batida en los azares de la civilización. El pueblo italiano ha pasado lo suyo, todavía más propenso al homicidio que el español, porque ha dado hasta ahora la mayor parte de los asesinos políticos; pero, pasado el tiempo vemos como pasó a ese género de actividad el pueblo español, y de su inexperiencia, de su amorfismo rudo, se deben esperar grandes desdichas. No es el caso ahora de hablar de la Guerra Civil española.
El desprecio por la vida –si se me permite- es ahora mucho mayor que antes. Cohibían el alma de nuestros antepasados múltiples terrores de índole religiosa y material; apartados los elementos airados, como eran los militares, los pícaros y aventureros, el resto de los hombres vivían en un cierto estado de infantilismo. Hoy la vida se la desprecia más, acaso porque vivimos en un régimen sensual; siendo el fin de la vida la consecución del placer, quien no alcance ese placer se sentirá fácilmente dispuesto a dejar una vida que no da lo que se pide. Los que ahora se inmolan y matan que lean la letra gorda, porque probablemente sean ejemplares típicos del hombre que renuncia a todo, porque carece de todo; rodando de taller en taller, disgustado del mundo y de sí mismo, abandonándose por último a la fatalidad de su destino como una alga; las últimas monedas las emplea en adquirir la pistola (un decir de una bomba) y cuando se lanza a la catástrofe está previamente roto, muerto, perdido para toda reacción de la voluntad. Más que un acto consciente, es una cosa que se desploma y que se rinde…
Decía Maquiavelo, al adiestrar a los príncipes en la escuela de la tiranía, que un príncipe debe apretar hasta el último extremo los resortes del poder y de la fuerza. Para esto aconseja que se prevalga el príncipe de un buen ejército y de unos inteligentes capitanes, y escudado en ellos, puede desafiar los agravios del enemigo exterior y del populacho. Y añade después, para sosegar los temores del príncipe, que éste no ha de temer el ataque individual, porque los hombres aman mucho su vida y nadie se expone al riesgo inminente de perderla. Pero esto podía escribirse en el siglo de Maquiavelo. Hoy todos podemos comprobar que no bastan ejércitos y  capitanes, y que toda la fuerza imaginable deja siempre un resquicio por donde se cuela el asesino individual. Maquiavelo no conocía para los príncipes la posibilidad de consolar alienando al populacho, casando a éstos con una de los de aquellos. En tiempos de Maquiavelo le era más fácil a un príncipe resguardarse de los ataques y acechanzas; pero hoy el enemigo -felizmente para algunos dirán- tiene armas de fuego certeras, bombas terribles y asoladoras. Quizás el remedio principal consistiera en proponer a los hombres que dirigen las conciencias una mayor responsabilidad; convencer a los que hablan y escriben de que el atentado personal es una regresión a la barbarie y de que una vez puesta al alcance de los inconscientes el arma ejecutiva y justiciera, los mismos inductores de hoy pueden ser los agredidos de mañana. Que el sistema de tomarse la justicia por la propia mano es un sistema incalificable, estéril, desconcertador, que debe poner miedo en todas las conciencias medianamente responsables, de acuerdo, pero que no se puede abusar de un pueblo al que se le humilla, se le deja en el paro, mientras otros se pasean por exposiciones, por países, asisten a cenas maravillosas con toda su jeta, porque por fin han conseguido alienar a los otros con sus astucias. La Monarquía en España es un claro ejemplo de ello y de  lo que viene haciendo. Eso es provocar al individuo…y luego, pasa lo que siempre ha pasado, que despiertan al asesino individual, ese que por ahora está dormido en nuestro país.

martes, 15 de noviembre de 2016

Escribas


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El escuchar y mirar: ¿y a usted qué le importa? El otro día estuve con un  amigo cuya osadía supera con creces la que uno se puede llegar a imaginar incluso en sus mejores sueños. Pues sí, mi amigo hacía higas del «escuchar pasos», utilizado tanto por los escritores, o el «mirar» por «ver», que también se utiliza bastante en el lenguaje poético. Y claro, digo, yo ¿qué le importará si un escritor en su manera de «crear formas» juega con el lenguaje y le parece más adecuado o lírico desarrollar su lenguaje a veces metafórico diciendo «escuché pasos en el corredor» en lugar de «oí pasos en el corredor»? Ambas acciones como todo el mundo sabe son diferentes y cada una con su connotación y su semántica, claro está. No hay nada malo en ello ni se va a acabar el mundo por dar una intención a la escritura, como intención se pone en el mismo hecho de la creación literaria. Ese es el fallo, el fallo es que hoy día cualquiera puede opinar y de hecho es el deporte nacional de la mayoría de los pueblos civilizados, la opinión, sí, opinión pero con un cierto, solo cierto, criterio, por más que nos pese: «Anda, hazlo tú», se le diría a cualquiera de los que opiniones tan gratuitas, improcedentes, injustificadas vierten sobre los castos oídos de los que nos dedicamos a la creación. En efecto, los que consagramos la vida a la creación formamos parte de esa masa social de ociosos que tanto molesta a los que no llegan a nada en la vida, ni siquiera (que ya lo querría para mí misma) a estar conforme con uno. Es así, la disconformidad o la necesidad de dar o aportar algo que no se sabe aún de dónde sale, supongo que conforma el hecho creativo, el creador, el artista. Y molestos somos, si, y mucho. Cualquiera puede juzgar una obra creativa (film, literatura, pintura, escultura) sin tener ninguna idea, solo por el hecho de que el arte se debe compartir con la sociedad, con  independencia de si ésta es alguien para juzgar o valorar el trabajo del vecino: «Anda, hazlo tú».
Son ya también variadas, las veces que han llegado a mi casa amigos con varias preocupaciones constantes, sin poder resolver, inquietudes difíciles de solventar por sí solos, por ellos mismos, unos han llegado equivocados, otros verdaderamente intranquilos, otros con escepticismo, la mayoría desabridos. La cuestión si bien se mira, o según como se mire, no es tan grave, lo es en su medida, un poco. Me refiero al problema de la utilización del deber de, más infinitivo que hemos estudiado todos en alguna ocasión y que a menudo —yo la primera— utilizamos mal. Cualquiera puede pensar que soy una exagerada, pues no, no soy nada exagerada, las palabras como la sintaxis pueden llegar a crearnos ansiedad, tedio, histeria, alegría, tristeza, cachondeo, risa… miles de sensaciones y sentimientos los cuales no se pueden entender nada más que en el ámbito lingüístico de la palabra. Sí, uno se puede volver tarumba, u odiar a alguien por cómo habla, por cómo utiliza el lenguaje, por cómo se deforma en definitiva nuestro tesoro histórico más rico: la lengua. Ahora con las nuevas reformas que han insertado los académicos de la RAE (cocreta, jins...) estamos que nos salimos. La utilización de la @ como morfema de género es solo un ejemplo de ello, las terminaciones de los participios en -ao en lugar del tradicional y tan musical para el oído -ado. Son los periodistas —desolé—los que por una cuestión estratégica hacen uso multitudinario y público del idioma, errando la mayoría de las veces, creando muchos vicios también.
¡Qué poquitito vocabulario tenemos, pero qué poquitito! Hemos asistido ya varias veces al entierro y funeral de muchas palabras, frases que se han desterrado ya de forma insólita, ya de forma terrible y ahí estamos, ahí están todas las reglas y normas como los porteros de la Casa de los Horrores. Yo digo que una pintura, una pieza de música, una escultura, pues o me gusta o no me gusta, o me hace sentir algo o no, o bien me quedo solo en el que me guste, aparte de si lo entiende o no lo entiendo que imagino yo que como los expertos en la materia no habrá quién. Digo que el arte o me gusta o no, pero lo que no haría de ninguna manera es tergiversarlo, interpretarlo mal, insultar al creador arremetiendo con su vida o su persona...Pues eso, eso mismo es lo que se hace con los escritores, ensayistas, poetas y sus obras literarias. Un poeta o me gusta o no me gusta, pero nunca me meteré –aunque por mi condición de Filóloga pudiera hacerlo- a decir cosas destructivas de su obra. Sé lo que cuesta por ejemplo rellenar tan solo una página en blanco. Hazlo tú. Punto filipino. ¿Por qué? Porque no, respeto mucho el arte como para hacerlo y además cualquiera te puede sorprender en un momento. Una vez conocí a una poetisa desconocida con una obra que nadie conocía ni respaldaba y la tía me pareció magnífica. Me pareció una poeta increíble. No sé qué habrá sido de ella pero lo voy a averiguar.
A menudo, escuchamos la misma monserga. Si escribes para la mayoría, eres simple y cometes errores, si lo haces subido de grado, entonces nadie te entiende y lo que quieres es hacer un alarde de retórica, sólo destinado a los especialistas, esos que también repatean a los paupérrimos e ignorantes lectores medios como mi amigo. El especialista, es el crítico, el opinador y éste en efecto muchas veces castiga o premia el hecho literario, el texto de autor, con gran facilidad. Triste, severo e inhumano, es cierto, pero al menos sabrá lo que dice puesto que se dedica a ello, es un experto. Por lo mismo que una intervención médica solo debería ser juzgada por otro médico a poder ser éste sin prejuicios, igual sucede en el mundo literario. Eso sí, tanto los pacientes de los médicos como los lectores que se incluyen en el grupo de nuestro seguidores, probablemente no tendrán la experiencia ni la preparación de un científico o de un filólogo, pero saben expresar la huella de éstos en su vida. De nuevo la ignorancia tristemente nos crucifica y nos lleva a ensalzar a la categoría de Dios al médico carnicero que nos hace ir a su consulta mil veces para hacer que hacemos y cobrarnos, como al escritor que en verdad no tiene nada que contar, pero lo cuenta muy bien, o al que en verdad tiene cosas que contar, pero no lo sabe hacer. Yo creo, que un buen texto escrito a lo largo de una vida, puede hacerlo cualquier mortal, ¿quién no se ha sentido inspirado o dolido en alguna ocasión?, ¿quién si hubiese escrito las palabras de aquella ocasión…? En efecto, es posible, puede suceder que cualquiera puede escribir algo en su vida realmente bueno, pero eso no quiere decir que sea escritor, que sea un creador y que en el mejor de los casos pueda ganarse la vida con su escritura. Si es tan fácil hágalo usted mismo, o usted, o usteda que mira mi texto con superioridad… Es posible del mismo modo, que todos los ciudadanos en una situación extrema podamos curar alguien, a nuestro hijo, a nuestra abuela, quizás llevados por una mano divina, pero eso no quiere decir que seamos médicos, ni mucho menos. El buen escritor como el buen médico se pasa la vida arriesgándose a aportar cosas nuevas, se pasa la vida en gerundio, trabajando para que los demás juzguen sus intervenciones. Sin embargo, Dios me libre de decir que el fontanero me ha engañado o que el pintor no sabe lo que hace. El profesional de algo, de siempre, de toda la vida puede seguir monótonamente su profesión, aventurada supongo por alguna razón escondida. Razones hay muchas: necesidad fisiológica, ganas de salvar al mundo, crear cosas y olvidarlas, inventar… y qué pena tan grande cuando contemplamos que cualquier caníbal se cree tan listo, pero tan listo se cree como para juzgar de forma tan maldita y radical.
«Anda, hazlo tú» y sabrás de lo que hablo. Lo que se hace, aunque no guste, es lo que queda y lo que no se hace… Voy a tomarme un café con mi amigo Antonio. Hasta luego.


martes, 1 de noviembre de 2016

El escritor y su público o los editores con sus críticos


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¿Escribimos para el lector amigo, para los lectores y el público? El público de un escritor, son evidentemente los lectores. Hasta ahora, un escritor no ha tenido público, en principio, de no ser que hablemos de los autores dramáticos. Ya se discutirán en otra ocasión las denominaciones, pero creo por hoy que el público del escritor es más bien anónimo, desconocido, aunque esto comienza a cambiar con las nuevas tectonologías y los feisbuques. ¿Escribimos para los editores, para que se venda nuestro libro, para esa masa de lectores que pueden estar esperando o simplemente escribimos porque necesitamos desarrollar ese ejercicio de creación? ¿Lo hacemos por obligación, por necesidad, por dinero, por fama, por imposición...por oficio? Cada escritor –no hablo para los intrusos ni para los que por azar escribieron alguna vez un libro- debe preguntarse en algún momento qué quiere hacer exactamente con su trabajo, con sus ideas, debe saber qué posición va a tomar en determinados momentos de su vida profesional, hasta dónde está dispuesto a llegar y qué haría por su obra. Es decir lo que en Historia de la Literatura se estudia como El compromiso del autor con su obra, bueno, es un buen título cuando se estudia a un autor que ya ha fallecido pero al mismo tiempo es un título molesto cuando se trata de un autor que vive y que debe posicionarse consigo mismo. Es decir lo que en Francia se estudia como autocrítica, que en este caso consistiría en preguntarnos a nosotros mismos qué somos, qué queremos hacer, cómo escribimos y hacia dónde va nuestra obra. A mi, en general, y ahora vuelvo con lo de los feisbuques, me parece bien que existan los blog, son interesantes, válidos, modernos y abren ventanas al recluído creador que es el escritor, pero al mismo tiempo abren la ventana también de la confusión, ¿cuál? La ventana de que nadie sabe quien es quién. Sufrimientos de la modernidad que tampoco extrañan tanto, si bien se piensa, cuando a Cervantes ya le salió un competidor en su momento, el tal Avellaneda, que si no llega a ser por aquel bicho malo, don Miguel no escribe la segunda parte de El Quijote, eso está claro. El libro electrónico funciona muy bien igualmente –mucho más en otros países como Holanda especialmente- pero dan pie igualmente a un mercado de desconocimiento y de dudosa profesionalidad. ¿Por qué los lectores no exigen del escritor profesionalidad como se exige de un músico o de un médico? No lo sé. Probablemente por que es muy dificil conseguir tener criterio o simplemente porque una obra gusta porque gusta y en muchas ocasiones no se sabe porqué. Si mi amiga lee historias mal traducidas sobre draculines, (Crepúsculos y demás) verbi gratia, pues yo hago lo mismo y no me cuestiono nada en absoluto, aunque haya pagado 25 euros por el librito. Para esto, para el invisible e imprevisible criterio de los lectores influye –de esto ya he hablado en otros lugares- el marketing jevimetal de las agencias publicitarias que lo hacen sin tener en cuenta el valor de la obra, cuando lo mejor seria que hiciera la publicidad con una obra muy buena, esto seria quizás lo ideal, solo es que algunos autores de obras muy buenas no les da la gana entrar en eso. Punto. Conocemos a algunos muy buenos y ahí quedarán para siempre, otros han quedado ya, en esto estarán todos conmigo, vamos que no digo ninguna tontería. (Lo digo porque últimamente desbarro mogollón y me meto con todo el mundo, estoy como esos abuelos barra abuelas que les da todo igual y arremeten con to Dios, con perdón).
El caso es que hay muchos libros, muchos tipos de escritura y muchas maneras de llegar al público. No se debe publicar todo, claro que no. Hay quien es perfeccionista y solo edita una gran novela en su vida como Alas Clarín, sin embargo, dedicó la literatura todo su ser, su vida literaria como periodista, escritor de cuentos, crítico y ensayista. Poca suerte sin embargo tuvo con el teatro. Yo decidí en su día ser profesional de la escritura e intento “vivir” de ello, así me va, durilla la cosa pero seguimos. En esto se incluyen claro está ensayos, traducciones, obra periodística y ahora ya voy directa a defender lo que escribo en materia novelesca, aunque todavía no es el momento. Escribo cosas de poesía, si se piensa bien, todo escritor con sensibilidad es poeta, pero no considero que sea sorprendente ni bueno lo que hago, he leído a otros que lo hacen divinamente, eso sí lo considero un pasatiempo, no una profesión, sería una intrusa publicando mis poemas. (Sin embargo alguien decidió publicar mis versos y por lo visto soy buena...) En fin, por ejemplo pasé siete años trabajando en el teatro de Pérez Galdós, ya editado en Cátedra-Anaya, un libro que se vende muy bien, por lo visto. Son trabajos de “profesión” donde unos gustan más y otros menos, algunos llevan desde luego muchas pero muchas horas, que no son pagadas como el que hago ahora transcribiendo manuscritos. Luego será una muy buena edición para la RAE. Todo el mundo cree que un escritor vive del éxito que tuvo con no se qué novela que le dio mucho dinero y fama, y no es así. Es verdad -y yo creo firmemente en este principio- que a fuerza de trabajar, trabajo y trabajo, un día suena la campana, quizás el día menos pensado. Borges, como Cortázar y tantos otros, tenían que hacer otros trabajos que a veces gustaban, muchas veces no, pero que te mantienen cerca de las letras, te relacionan con ellas, estás junto a la literatura y te dan pa comé. Cortázar ha hablado alguna vez de los felices ingresos que le dieron las traducciones. Entre esas preposiciones, verbos y conjunciones de otros que alomejor estás traduciendo del alemán, o entre medias de ese manuscrito del XIX que nadie conoce nada más que tú surge la ensoñación, la idea, dejas ese monstruo de lado y te pones con el tuyo (con tu monstruo) a escribir ese cuento que ya estabas intuyendo en tu mente, que de hecho estaba allí  y que tienes que hacer salir como sea. Te pones y del tirón escribes ese cuento fantástico. Entre medias de esos mundos literarios o explicando a tus alumnos una lección sobre la poesía de posguerra surge la continuación de ese capítulo que no sabías muy bien como salir de él. Estás ahí en lo literario, te gusta, lo necesitas. Te fijas en una mirada de una alumna, en la congoja de una clase al leer algo bueno en alto, en un comentario de un niño, en el sufrimiento de esos estudiantes que no se ve a simple vista: eso se hará literatura en algún momento para un verdadero escritor. Después poco importa lo que digan los demás, -aunque cuando eres profesional las críticas son mordaces e influyen mucho- pero creo que una vez que la obra está hecha poco importa lo que opinen los lectores, ¿por qué? Por que de todas formas esa obra una vez que salga de tu territorio y pase al terreno de una editorial dejará de ser tuya y pasará a ser de los demás.

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Con suerte, lograrás que cada lector la haga suya y esboce algo de agradecimiento por haberle conmovido, o haberle hecho reflexionar o gritar, o unirse a una revolución -que nunca se sabe-, con mala suerte, tu colega que además es crítico, publicará una mala reseña o lo peor no escribirá nada de tu libro, ninguneándote como si tu trabajo no hubiera sido nada: quiere que seas invisible. Vilezas que han existido siempre y que ahora tampoco nos van a extrañar. Por tanto, no es grave cuando es por afición, pero cuando es tu profesión molesta y mucho. Tanto como cuando los colegas dejan de hablarte por que has publicado otro libro y cosas así. Claro, a los intrusos esto no les pasa, como a los que caen en la literatura por azar, tampoco, no les va la vida en ello. Yo cuando toco el violín, pues lo hago con mucha pasión, pero claro tocar tocar pues realmente lo hago muy mal, aburro a las ovejas que ya es decir, distinto es de mi amigo José Fraguas que es un profesional del violín y que desde luego pasa muchas horas en ello haciendo que la Humanidad entera toque el tan-tan de felicidad al escucharle. Lo hace muy bien.
Ante el público -se diría- que no hay que hacer nada, ante el público hay que esperar a que lean los trabajos que uno ha elaborado con el gusto de escribirlos y pensando que uno ha hecho lo que tenia que hacer, sin pensar en escribir para complacer a determinado sector o al otro. Y poco a poco tendrán un criterio tuyo. Entelequias me dirán. Probablemente lo sean. Lo mismo que yo soy profesional de los ensayos literarios y alguno filosófico, también hay colegas que son profesionales de los relatos de ficción o de adolescentes o de qué sé yo. Vale. Sin embargo, todo escritor quiere ser conocido. Si la gente supiera lo mal que lo pasan los escritores conocidos, no lo querrían ser, te lo digo yo. Cuando no eres conocido, eres libre y puedes hacer, opinar y escribir lo que te de la real gana ¿y luego? Me dirán, luego igual. Pues no señor. Luego donde las dan las toman y a rey muerto rey puesto con el aro. Y que no paso por el aro y que sí paso por el aro. ¿Qué hay cuando un escritor "conocido" no vende ni un froncio? Qué horror ¿no? Los editores encima del pobrecillo acomplejado y malo escritor que a esas alturas piensa que  ya no tiene ideas y que no sabe escribir. Le vemos en tontas entrevistas donde es tratado sin respeto o interrogado por ese único libro que parece que gustó y del que lógicamente nadie se acuerda ya. Pues eso, que la creación es otra cosa, cuando uno se imagina un escritor, cree una cosa y a veces es otra. Y a mi me siguen dando ganas de ir a abrazar a aquellos que leen mis cosas y que les gusta, y de momento no pienso nada más que en trabajar y en un posible lector, que con que haya uno, me vale, la anagnórisis ya vendrá sola si  es que ha de venir. Venir, venir no viene tan fácilmente como muchos piensan porque eso es volátil y solo se queda uno para hablar por la radio –cosa a todas luces más fácil que ser escritor y que da mas dinero aunque yo sea incapaz de hacerlo- perdiendo en prestigio y ubicación tu escritura. El tiempo, como digo coloca a cada uno en su lugar y sino, pues al menos hacemos lo que nos gusta y necesitamos hacer para vivir. Seguiré.


Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...