domingo, 2 de abril de 2017

La angustia

El hombre es algo concreto, temporal, con un principio y un fin, en un devenir situado en ese modo de ser que llamamos existencia por un cruce de lo temporal y lo eterno pero sumergido en la angustia que produce el saber que tenemos un fin. Esta existencia es personal, individual e intrasferible donde evidentemente cada ser, cada individuo tiene su vivir y con una existencia que nunca será igual que la del otro aunque se relacionen por circunstancias. Cada realidad vital es de cada quién y no se puede sustituir en modo alguno por la de otro que a su vez tampoco sustituye a la de aquel. La angustia que produce la subsistencia nos acerca a poder conocer el ser de cada hombre que continua siendo original y diferente del ser del otro y de su subsistencia. Kierkegard –a través de su punto de vista de la teología protestante- relaciona la angustia del ser con el pecado original. La soledad del hombre y su propia angustia de vivir vendrían marcados por la herencia directa de lo que en su momento hicieron nuestros “primeros padres”. Lo cual no deja de ser insólito porque eso significaría que el hombre y su ser existencial vienen marcados a pasar una vida provocada de antemano hacia sensaciones negativas y dirigidas, es decir, el hombre no sería libre en nada de lo que tiene que hacer, al hallar en su fondo una clara agonía de vivir, una vida que le destruye su moral y su potencial de vida. Las últimas investigaciones científicas apuntan –grosso modo- sobre la idea de que gran parte de nuestra manera de ser, el sentimiento de angustia, o las tendencias depresivas del hombre, la energía o carencia de energía para vivir se relaciona directamente con la herencia genética, con los genes. Estaría en los genes esa capacidad de venir al mundo con una predisposición familiar distinta de la de otra persona en relación con sus antecedentes familiares. En realidad esta idea no es más que una prolongación hacia la ciencia de lo que fue la revolución literaria del XIX con sus apostolados que defendían la herencia genética y el medio ambiente como los determinantes directos de la formación y sobre todo de la configuración del ser humano en esta tierra, concretamente el individuo en la sociedad. Para los naturalistas –ideólogos de aquel siglo que tanta influencia ha causado sobre nuestros días- el hombre es tal por una serie de circunstancias que le determinan a ser así y no de otra manera, es el determinismo genético y social el que nos configura determinándonos a cada uno de una manera diferente. En este sentido cada ser es el fruto de un resultado concreto e individual, con sus características individuales y personales. En este sentido la literatura ha dado muchísimas creaciones donde sus personajes son individuos determinados tanto por sus circunstancias medioambientales como por la herencia que han recibido en sus distintas tendencias de personalidad y enfermedades. Hoy se está demostrando que son los genes los que influyen en la persona más incluso que la educación la que determina, por ejemplo, los diferentes comportamientos o reacciones de los hermanos de una familia. En la genética está la explicación a gran parte de los problemas del hombre. El espiritualismo o la espiritualidad del hombre no tiene cabida en estas teorías experimentales pues se niega la existencia de un Ser Superior, al menos tendría la misma cabida que tiene los grupos de emociones del hombre, como el estado de amor, el odio, la ira, la felicidad, la tristeza...pero nunca el espiritualismo regirá la vida del hombre, menos la filosofía de vida de la persona y su propia independencia. El experimentalismo no puede llegar a aceptar que sea el hombre el único dueño del destino del hombre. Según estas ideas el hombre vendría al mundo con una predisposición concreta hacia gran parte de las cosas que le sucederán en su vida que no es la vida de otro,  y es trabajo del hombre el ir modelándola en función de todo aquello que ya trae a la vida por genética. Pero entonces ¿dónde quedaría el sentido de la libertad que debe el hombre tener? El hombre es libre y en esa libertad reside –como decía Ortega y Gasset- el proyecto, la elección o choix, el hombre es libre –decía- para todo menos para dejar de serlo, aunque tenía la evidencia de que, si bien el hombre elige siempre, no todo en su vida es objeto de elección, ni la circunstancia ni la vocación o proyecto originario. En realidad todo esto no contesta a la pregunta de porqué la vida produce angustia en el ser humano. Aunque estemos de acuerdo, por ejemplo, en que hay un factor genético que nos produce esas sensaciones, ¿acaso esas sensaciones o sentimientos profundos han sido iguales para todos esos miembros de la familia en su configuración generacional? ¿Mi abuelo sentía la angustia por la vida igual que la sintió mi padre o yo mismo? En ese sentido –dejando a un lado las creencias religiosas posibles- la finalidad de la vida sería el vencer esas predisposiciones cambiando todo lo negativo por voluntad de poder, como decía Nietzsche, para quien el bien máximo era la propia vida que culmina en la voluntad de poder. El hombre para él debe superarse, dominar la vida y terminar en algo mucho más superior que él, en algo que esté por encima de él, como el hombre está por encima del mono o de un perro. El hombre, por muchos condicionantes que “traiga” a este mundo debe vencerlos y dominarlos concretamente en la idea de magnificar el poder que tiene el hombre sobre su persona. Si ese poder está verdaderamente desarrollado podremos dominar cualquier cosa y aunque no seremos todos lideres, en cambio sí que podemos serlo del dominio de nuestra vida, venciendo esa angustia por vivir. Estoy en completo acuerdo con la idea de dominar la voluntad para conseguir la excelencia en el ser humano, sin embargo, discrepo en la idea de poder dominar el componente orgánico de cada ser humano, ¿cómo se puede hacer eso? Todo lo orgánico viene de dentro y como tal, cada persona  debe canalizarlo por medio de la voluntad y de algún modo acostumbrarse a vivir con todo eso, sin querer ser como aquel otro, teniendo respeto por lo que somos, aceptándonos en definitiva. Claro que el problema se plantea cuando no se puede de ninguna manera dominar lo orgánico precisamente porque lo es. Y si los genes, la genética tiene algo que ver de verdad, entonces una posible solución no está precisamente en el control de la persona, sino en lo científico y ahondando más, ¿en la religión? ¿en lo farmacológico? ¿en el poder del medio ambiente? Qué hacer entonces con los impulsos de la naturaleza, y sobre todo cómo vencer la agonía y la angustia que la vida en si misma impone en el ser humano?
 El éxito en la vida –si partimos de que todos los humanos han sentido alguna vez o muchas veces el sentimiengo trágico de la angustia- estriba en cómo y de qué maneras el hombre puede vencer lo trágico, en cómo lo canaliza en su vida, qué formas tiene de afrontar la propia vida no en los momentos de felicidad sino en lo contrario, en los momentos de angustia. Según cómo el hombre vence sus obstáculos habrá cumplido con uno de los propósitos de la vida que es -teniendo en cuenta que “venimos” con una serie de elementos preconcebidos- elevarse por encima de si mismo y crear otra persona que no está dominada por esos inconvenientes, por tanto, dicha persona, disfrutará de la vida en el sentido más amplio que esta tiene porque irá solventando sus dificultades utilizando los mecanismos de esa nueva persona que ha creado, es decir su inteligencia. De esta manera parece que el ser humano se divide en dos, uno es el que vive con “los problemas que por herencia trae y por sus circunstancias en los primeros años de vida, por su entorno y el otro, su desdoblamiento que es el ser humano que creamos nosotros venciendo esa serie de dificultades que traemos a la vida y que logramos perfeccionar hasta el final de nuestras vidas”. Un yo escindido en dos el yo natural y el yo nuevo que elaboramos fruto de nuestro progreso en la tierra. El yo natural es el que está más cerca del hombre que traemos, de sus pasiones, de sus angustias, de la tragedia del vivir del oscurantismo del pensamiento y de las emociones nefastas que produce la imaginación. Vencer ese hombre natural que produce la mayoría de las veces felicidad ficticia a cambio de algo, alegrías momentáneas y cortos placeres es el que a menudo se encarga de destruir, somos nosotros mismos quienes nos autodestruimos, porque ese yo natural y primario es quien se encarga celosamente de envenenar nuestra mente, nuestro cuerpo –la imagen fisica que tenemos de nuestro yo- y se ocupa directamente de impedir que florezca el yo vencedor, ese que se cultiva que es capaz de generar bien, que es capaz de hacer cosas como rectificar, aprender, olvidar, perdonar, retener, memorizar, engrandecer...construir en definitiva. Si nuestro yo natural es destructor y no deja que el yo nuevo salga y crezca, entonces nos encontraremos en una existencia verdaderamente terrible en la que el yo natural puede llegar a hacer que odiemos el nuevo yo provocando su eliminación, es decir, invocándonos al suicidio. Por que ¿quién se suicidaría en el caso de un suicida? Parece obvio que es el yo natural quien ha vencido sobre el nuevo intentando eliminarlo, consiguiéndolo en definitiva. Pero también debería de ser evidente que de todo lo “que traemos” no todo es “negativo”, lo que quiero decir es que para algunos, se puede dar el caso de que en su persona sea más fuerte  el yo nuevo que el natural, solo que no ha puesto en funcionamiento correctamente su albedrío porque no llega a dejar espacio para la felicidad y el gozo. Para muchos su yo natural es excelente y con la vida, con el paso del tiempo y de su aprendizaje este ser, este yo que venía con unas condiciones de éxito asegurado se va retorciendo, volviéndose mezquino, en ocasiones verdaderamente un traidor de si mismo. Aquel que llega a entender esa situación tiene ganas de perder la vida por el no dominio de si mismo y por no aprovechar lo que su yo natural le había ofrecido gentilmente, obteniendo ese devenir de la angustia hasta que la elimina de si mismo dominando de nuevo –el que lo consigue- su yo nuevo, creciendo, en definitiva. El hombre lucha por tanto consigo mismo desde que viene al mundo o quizás desde antes. La victoria de esa lucha será la gloria eterna de haber creado o mejorado a través de su existencia, su persona. Si el hombre es verdad que viene a la tierra con una capacidad de elegir, choix libre o libre albedrío –aunque convengamos que en la vida no todo es elección pero casi todo- dependerá solo de él de las decisiones que elija hacer en su vida las que determinarán su engrandecimiento hacia algo grande o hacia todo lo contrario, hacia la deformación de si mismo. Esto sucede –y seguro que el lector tendrá donde acordarse en forma ejemplificadora de esto que decimos- cuando encontramos al hombre que no ha podido superar las pruebas o las elecciones que la vida le ha brindado, su carácter ha cambiado, su amargura es mayor, su soledad y aislamiento son enormes, su angustia por tanto ha crecido mucho más, quizás porque no ha tenido los medios de poder vencer en su lucha por la vida y por su existencia. La vida, pone zancadillas con frecuencia cuando menos lo esperamos, estos son los agentes externos que tanto influyen sobre la existencia. Existir, no es estar simplemente, existir es ser, siendo alguien activo, productivo con su propia vida y con la de los demás, con el tu. Querer vivir  no es simplemente estar en el mundo.
Pero la mayoría de las veces se siente angustia, no porque la traigamos del otro mundo, como digo eso es una atrocidad, no creo que un Padre envíe a su hijos predestinados a sufrir a ninguna parte. La angustia, la inseguridad, el miedo…y otros sentimientos negativos del ser humano con los que tiene que luchar, vienen la mayoría de las veces producidos por fuerzas externas. Sin ánimo de intentar explicar que son los otros los que producen estas situaciones a todas luces horribles para el ser humano, tiene su parte de verdad.



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