martes, 21 de noviembre de 2017

El personaje cuenta su andadura, Morgana ya se había divorciado

El círculo en ocasiones era como si se cerrara cada vez más, como en la música masónica cuyas constantes más comunes se pueden advertir en las composiciones de Mozart, entre otras. El ritmo de los tres golpes golpeando (ya sé que es redundancia) en la puerta, advirtiendo la presencia del nuevo hermano, notas que se van ligando de dos en dos en referencia a vínculos de amistad o de vinculación, progresiones de terceras paralelas con la idea de añadir una mayor actualización a los sonidos, tonos como símbolos como el heroico y manso mi bemol mayor y sobre todo, la elección de los timbres de las voces masculinas con los instrumentos de viento. Así visualizaba Morgana, con círculos, su relación hacia las personas masculinas en alejamiento de las femeninas, con música masónica de Mozart, en concreto con tres cantatas: Die Maurerfreude K 471, Laut verkünde unsre Freude K 623 y Die ihr des unermesslichen Weltalls Schöpefer ehrt K 619. Siempre lo escuchaba en los ratillos de incomprensión extrema, como en estos de elección de poetas y poesías, de ver que siempre son hombres —pocas mujeres tienen la oportunidad de escribir en la historia—, y además es un hombre también —un editor—, quien me joroba la marrana y que no me siento en nada comprendida: círculos de voces masculinas me encierran y yo los visualizo, -decía nuestra protagonista.
Aquella noche en que Morgana no se podía quitar de su mente al puñetero editor, que le había tirado por la borda su idea decidió quedar con Patrick, a la aventura. Necesitaba darse caña, hacía dos meses o así que no salía a ningún lugar, entre otras cosas porque ¡para qué! Eso es, ¡para qué! Sólo eso había pensado. Ya he dicho que odiaba los bares. Morgana tenía cincuenta y algo, y de apariencia cuarenta y pocos, había pasado lo suyo y lo ajeno como ya se verá. Lo primero que perdió en el camino fue a su marido, pero eso más bien fue un alegrón, como también he dicho, de los que hay que celebrar con los amigotes y “amigotas” —Mozart en el olvido—; total ya lo había perdido en una traición masculina, y Morgana siempre se había sentido viuda porque el tal difunto (así designamos a los ex que no pintan nada en la vida de una) dejó de existir felizmente para ella, cuando sus hijos gemelos tenían dos años.
Una noche Morgana le abrió la puerta de su casa y le invitó a salir después de descubrir más de la podredumbre que un hombre mezquino puede albergar, una felonía de las que no tienen denominación. Su noble carácter —el de Morgana claro—, míticamente de mito, más masculino que femenino en esto, le impidió perseguirle en busca de honorarios mensuales, ni en busca de desahogos de fines de semana para endilgarle a los nenes y así descansar con las amigas. Morgana asumió como siempre, como siempre con una humanidad más que extraordinaria casi divina diría yo, su realidad, y le rogó que no volviera jamás. Para ella la realidad es el mundo de las ideas y esas hay que llevarlas a cabo y hacerlas realidad. Un canalla así no merecía tener hijos -se decía- ni que ella se esforzara en criárselos, ni aunque le diera todo el dinero del mundo para mantenerlos, ni mucho menos ir a un tribunal a exigir ese dinero. En estos asuntos no terminaba de entender a algunas amigas que se despachaban con muy poca dignidad -a su juicio- claro. Morgana, como iba de chula, pues lo iba para todo, así que su gobierno desde ese momento comenzó por duplicar el trabajo, que con suerte, además de sus clases de instituto como interina, contactó con la embajada americana y desde las cinco de la mañana daba clases particulares de español. Esto lo hizo un tiempo, después surgieron oportunidades de dar clases de español en Japón, el clásico lectorado, las interinidades lo permiten, y algún verano ir de viaje en busca de reportajes para el Washinton Post.
De natural serio, reservado y de apariencia extrovertida, se podría decir que Morgana estaba por encima del resto de los seres vivientes que en derredor se hallaban. Esto lo da el tener que apechugar. Por eso siempre se sentía decimonónica, porque para ella estaba claro que en otros tiempos hubiera conseguido mejores logros. Por ejemplo, en cuanto a las relaciones humanas, éstas siempre le parecían desproporcionadas y verdaderamente irreales en su mundo nuevo de realidades, evocando continuamente una forma de trato inexistente para los hombres y mujeres de hoy. Era imposible encontrar sinceridad y dignidad en prácticamente ninguno de los actos de las gentes que habitualmente tenía por amigas, si bien su preferencia por las amistades masculinas era evidente, los círculos se estrechaban de nuevo de forma visual, otra vez Mozart. 
Ella culpaba a la Mujer de grandes catástrofes, de ser poco fiable en la amistad, de envidiosa, de querer destruir a los hombres sin luchar por mejorar la calidad humana del asquerosamente denominado sexo débil. Pero es que era así, por lo general había dado siempre con envidiosas, o con otras que coqueteaban con fines personales, pero sin ninguna dignidad ni capacidad de entendimiento del mundo. Al mismo tiempo tampoco quería que la igualaran a los "hombres" en general. Ella no era igual que esos hombres violentos que se dedican a ejercer su poder por encima de los demás. Las mujeres nunca violan, no abusan de niños...con ese tipo de hombres, necios, odiosos no había diálogo alguno, pero con algunas mujeres tampoco.  Probablemente el mundo del profesorado era deleznable, un mundo de grandes mediocres donde difícilmente se podía encontrar el humanismo en el que ella había sido educada, ¡una feminista de tomo y lomo tener que verse así!

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