lunes, 11 de diciembre de 2017

Buscando al mono gramático: Ahora me doy cuenta de que mi texto no iba a ninguna parte, salvo al encuentro de sí mismo.

   
Era absurdo pensar que todo va a ir bien porque para eso no se viene al mundo, precisamente para que todo vaya bien no, aquí hay que estar siempre jodido y con mucho sueño, pensaba Morgana ¡Qué horror el comentario de hacerse viejo que todos hacen para que les digas que no están mal! Bueno, todos hacemos frases del tipo: “¡Sin gafas ya no soy nadie!” o “!Es que estoy ya muy mayor!”, que era de las preferidas de Morgana. En fin, fines: “No, mujer, pero ¿cómo puedes decir eso? Si estás en lo mejor de la vida”. También ese era de los peores comentarios que se podían, a la sazón, escuchar. Como había escrito Octavio Paz en los versos de la Refutación de los espejos: “Los espejos repiten al mundo pero tus ojos lo cambian: tus ojos son la crítica de los espejos: creo en tus ojos. [...) ese agujero no es el espejo que devuelve tu imagen: es el espejo que te vuelve Imagen”. Por eso, en esa rotación absurda de devenires, de miles de fotos de Henry Cartier-Breson y de miles de espejos con que Morgana tenía decorado su salón, pensaba sin duda que nunca se está en lo mejor de la vida, lo mejor de la vida está cuando se termina. Pero, bueno, en esto Morgana había conseguido paliar los efectos de las desgracias mediante el efecto de la superposición, había tenido suerte en este sentido, y es por encima de lo bueno o de lo malo de su existencia que se iban superponiendo nuevas cosas que le hacían distanciarse o mirar con lejanía aquellos acontecimientos, tanto de un lado como de otro del dolor y de la alegría. Es decir, que hay personas o personajes a los que la vida no les da la oportunidad de poder olvidar o distanciarse de aquello que fue tremendo en su vida, por eso se quedan como anclados a la desgracia sin poder alejarse de ella, o a la alegría sufriendo de nostalgia de aquellas cosas que pasaron buenas para nosotros pero que ahora por alguna razón son tiempos que ya no se pueden vivir igual, de ahí la añoranza, la tristeza absoluta que sentimos sin saber por qué, muchas veces o muchos días o puede que muchos años. Lo pasado, pasado está.
En fin, que Morgana era una triste —le decían— porque ya daba por perdidas determinadas situaciones a las que no dedicaría ya ningún esfuerzo, porque para Ella estaban olvidadas y excluidas del para sí, en eso tenía perdida toda la ilusión puede que tuviera perdida toda la esperanza en cierto modo. Quizás viviera en una fuerte depresión —como dicen ahora— y nunca iba a identificarlo como tal, sobre todo por su potencial de energía, una energía que a todos emocionaba, una energía que la hacía ser diferente a los demás, con una dignidad de otro mundo, quizás era por lo de ser un personaje y venir de allá, que nunca se sabe. También se puede ser un sentimental y ya está, y yasteo, me admito como soy y no por eso voy a tener que ir irremediablemente al psiquiatra, si uno es un sentimental, pues lo es, como el que es alto, guapo, gordo, o flaco. ¡Esa puñetera manía tan contemporánea de pretender que todos seamos iguales me exaspera! Por tanto, el que no lo es, está perdido, ya es un rarito de tomo y lomo. Poca metafísica veo yo en todo esto, ¡insisto!
(En fin, sigo. Como sea, Morgana se pasaba la vida en cuanto a lo cotidiano en perpetuo empute, voz no recogida en el Diccionario de la RAE —que se sepa—, pero que define muy bien el estado de cabreo. Ahora mismo acaban de entrar varias moscas, hecho razonable si se tiene en cuenta que una cosa es ventilar las habitaciones y otra muy distinta tener las ventanas de par en par doscientos minutos para que se llene la casa de bichos inmundos, pero es que Isabel -la asistenta- es así, nadie hace bien su trabajo.)
En el fondo no tiene la culpa la mujer de la limpieza, el culpable de mi empute, además de las moscas es un casposo compañero de departamento, o directorcillo, ese de los que como te ve de aspecto joven y mujer, sobre todo mamá, la has jodido, de esos que se convierte en paternalista y supresor. Los textos puede que se hagan a sí mismos, pero hay cada uno que necesitaría varias vidas y diversas historias de la literatura para que le dieran algún papel de sui géneris, porque lo que se merecen es no salir nunca, ni de malos, bueno se merecen que no salga de ellos ni la caspa, ni de ellos el primer mono precursor de su estampa. ¡Anda ya! Era un día de diario y tanto el empute como el verbo yastar habían crecido sobremanera cuando Morgana había intentado que su amiga Eva Ojeda presentara su libro de poemas en la universidad extranjera de unos amigos. ¡Acabose! Resulta que la señora, porque esta vez topó con una colega, no quería promocionar a la poetisa tal honor, porque no era conocida y ni siquiera había ganado ningún premio, tan solo tenía un libro de poemas autopublicado.
—¿Y qué? —contestó Morgana—, todos los grandes lo han hecho, todos se han autoeditado sus primeros libros, lo importante es que éstos de la Ojeda son buenos.  En cuanto a lo de los concursos no me toques las narices o ¿vas a decirme que los integrantes de los jurados que valoran obras son alguien como para decidir el futuro de un creador? Tranquila doctora —esgrimió Morgana—, ya me encargaré yo de que se conozca a Eva Ojeda. Además, tú te lo pierdes, porque es guapa, da fenomenal en las cámaras de la tele; ha sido puta, con lo que te pierdes conocer a alguien de esta especie; sabe de arte más que tú y que yo, y sabe hablar de todo, bueno sabe más que tú y yo juntas. No te preocupes, guarda tu universidad para los fósiles, que, desde luego, no me extraña que no sembréis las semillas ni de la afición por la literatura, ni de la creatividad, ni de nada... Bueno sí, la supresión de la conciencia... Estas y otras cosas cariñosas habíale esgrimido Morgana a la decana en, sutil al principio y al final encendida conversación colegial y normal, en un día cotidiano de moscas y más moscas que entran a joderte la marrana. Es que la Universidad, y su encorsetamiento, también es así; en general, están los que no tienen que estar. 
Nada como la esgrima, deporte que Morgana practicaba siempre que podía. Un deporte en España elitista y mal mirado, sobre todo si es esgrima artística: “¡Ah!, sí, eso en que te disfrazas de mosquetero!”. Somos unos paletos... Ahora me acuerdo, 1785 es la fecha en la que Carlos III instituyó la bandera roja y gualda, de tres listas para los buques de guerra y la de cinco para las demás embarcaciones; la primera se convertiría paso a paso en la bandera de España. Hecho fundamental para los españoles, sobre todo si se tiene en cuenta que ese mismo año Mozart realizaba tres de sus mejores composiciones: El concierto n.º 20 en do menor, K 466, el concierto n.º 21 en do mayor, K 467 y el concierto n.º 22 en mi bemol mayor, K 482. Los españoles como siempre pensando en gilipolleces, como si no hubiera otra cosa más importante, menos mal que ha habido algunos que nos han llenado de gloria y en aquel mismo año de 1785, Francisco de Goya inicia una serie de retratos de los directores del Banco de San Carlos —embrión del actual Banco de España— con el de José de Toro, un retrato por el que Goya recibió 2.328 reales y en el que asombra la mirada del personaje. El tal, era un rico indiano, diputado de la nobleza del reino de Chile, que llegó a ser director del Banco de San Carlos. En España siempre atentos como José de Toro a sucesos extemporáneos, atentos a otras cosas que no nos conciernen y Goya como espejo de su tiempo así lo refleja. Por eso tengo que ligarme a todo lo español, porque vengo de aquéllos, de todos, ¡pero qué paleta eres hija! Ires de venires de tiempos que a veces no fueron "mehoreh". ¡Claro que toda la vida en las clases de lingüística aplicada a la literatura y en la vida de los autores explicando dónde habían nacido éstos, y lo poco leales que habían sido a su tierra, que con razón! ¡Pues era español y se acabó! Como los franceses. Después de todo podían haber pedido la opinión de don Francisco de Goya para lo de los colores de la bandera, a lo mejor hubiera organizado la debacle.
Lo cierto es que así: tras tanto andar muriendo, tras tanto de uno en otro desatino... Así fue como conoció a Patrick una noche en Shiatshu, un garito de occidentales en Osaka, una de las pocas noches en que Ella salió por puro compromiso, aunque aborrece bares y tabernas por ser lugares indignos, salió a ver qué pasaba como siempre en busca de haikú y de monos gramáticos, salir de forma absurda, como toda Ella. Una de las "mehoreh" conclusiones o vamos a decir actitudes, decisiones en la vida que una mujer puede tomar con respecto a uno o varios o la totalidad de los hombres que todo ser estrogénico se topa en la vida de personaje es la siguiente. Habiendo llegado a la idea clara de que como padre de una jamás habrá ningún otro ni lo habrá en la Tierra, pues una tiene que abandonar y desistir en que más padres ya no va a encontrar, por que no lo son, ni hay que esperar que lo sean. No hay que buscar nunca un padre porque éste será siempre otro ser interesado en otras cosas que un noble padre no lo está. Sobre esto bromeaba bastante con papá antes de que se fuera. No agobiar, no hacer preguntas, no esperar nada y no pretender sorprenderles siendo lo que no se es ni jamás se va a ser. Con estos pequeños cuatro mandamientos, Morgana se sentía más que feliz para ser la mejor compañía de los hombres, siempre le funcionaba a la perfección. Sus amigas, decían que era muy pesimista, negativa y que así no podía ir por la vida. Sin embargo para Morgana estas ideas le hacían estar con los pies en la tierra, y siempre tenía amigos de verdad; y como se verá alguno que el lector podrá reconocer como algo más que amigo en la vida de esta sin par y amable —por qué no decirlo—  starring novelesca.
Era a Japón donde de forma temporal Morgana se trasladó como profesora de español a la Universidad de Osaka, y cualquiera se preguntará si es que los japoneses tienen interés en aprender la lengua de Cervantes, a lo que yo les contesto que sí, sí, tienen mucho interés, otra cosa muy distinta es que lo consigan, pero cuentan —por si les interesa— además con muchos departamentos de español. Y por si alguien no lo sabe, han tenido y tienen continuos negocios con el Perú, por lo que se les hace obligatorio para algunos y curioso para otros aprender nuestra lengua. Pero, vamos, de todas formas, allí hay gente para todo. Podría en este sentido hablar de las relaciones entre Perú y Japón, pero no quiero porque me pongo muy nerviosa y vuelvo una vez más al empute nacional y extranjero cuando recuerdo a Fujimori o a Ciro Alegría, ¿vale?
Para los niños era bueno que aprendieran otra lengua, y papá le ayudaría en todo. Aquel día estaba cansada de japoneses, de que todo lo reverencien, de hacerle a uno sentir que es alguien cuando no es así, de terminar sus clases con "oari mas oskare samadesta" y tener que sonreír. Sobre todo, estaba harta de estar con una gente que todo lo aguanta; sí, los japoneses lo aguantan todo, incapaces de rendirse al desaliento, sufren con una gallardía que asusta, que les da esa condición de seres de hierro, de máquinas. ¡Cómo les han cambiado los tiempos también a estos! Ahora lo tienen que importar todo, se quedaron sin almas, sin artistas y como tampoco tienen posibilidad de acceder a viviendas dignas, pues eso, a comprar flamenco, discos o batidoras nuevas cada mes; la posibilidad de viajar les ha dado a algunos nuevos mundos, pero enseguida tienen que volver para poder comer su comida, si no se hunden... Morgana fue buscando sintoísmo, budismos ancestrales, y le costó, le costó, pero le costó encontrar lo que buscaba en una ciudad como Osaka en aquel entonces con unos 16 millones de habitantes que pululan de un lugar a otro, más bien sin saber a donde van, pero con gran capacidad de movimiento, ¡eso sí! Movilidad, como les gusta denominarlo a los políticos.
Aquellas gentes nunca tienen vacaciones, sólo el día de la primavera y poco más, así que para una española a la que inevitablemente tiene que adorar las tapas —con denominación de origen—  y los baretos pues la cosa se ponía dura, por lo de la tendencia a los encasillamientos. Pero, en fin "en peores garitos hemos hecho guardia", frase clásica de la mili, que todos conocen al pasar por ese trance de su vida, que define muy bien la situación. Por cierto, ya los hombres de hoy no tienen —al igual que las mujeres la etapa de partos y cesáreas— cosas de la mili para contar, así que la historia se pintará de otra manera; que conste que siempre generalizo, ya sé que no todas las mujeres han sido ni tienen por qué ser madres, ni eso es lo más importante, ni todos los hombres han hecho la mili, pero tenía su aquel escuchar a los españolitos al final de la fiesta con alguna que otra copilla, hablar de sus fraternales experiencias en este sentido. Muy importante para la integración del amigacho o colegón preguntarles con fervor e interés acerca de esta etapa de sus vidas, en cierto modo rejuvenecen algo, les da marchilla. Toda evocación del recuerdo nos imprime cierta renovación de la existencia. Esta práctica la había hecho Morgana mucho en Japón, no la de la mili, sino la de la evocación hacia tiempos pasados.
Aquel día desde su apartamento de lujo en Fuminosato quiso ir hasta Namba en taxi, a sabiendas de que pagaría muchísimos yenes, pero al menos se abrirían las puertas automáticas, un chófer perfectamente uniformado le ofrecería bebidas diversas, haría un recorrido feliz hacia una posible aventura. El trabajar como máquinas y no saber solazarse es intrínseco al mundo entero, con la excepción de los españoles, que, en contra de las apariencias, somos los que más trabajamos, pero también sabemos disfrutar como nadie o mejor que nadie, de la vida, con nada. Las dudas vienen si este mélange interesa dentro del país o no, o quizás es mejor que estos talentos de seres escogidos, que así tengo yo a los ibéricos, estén mejor desperdigados por el planeta dando por saco, porque lo que es todos juntos... ¡le fine!
A Morgana la sola acción de ir en busca de aventuras le parecía vomitivo, era el plan de las amigas de los viernes noche o sábados, salir a ver qué pasa, ¡deleznable! Mil veces sola que ir con esas pendejas, a beber y perder la dignidad. La Méndez era la leche, simplemente nunca salía por la noche —quizás porque siempre cambiaba su vida— y aquella iba a salir y quería hacerlo de forma confortable. Iba como una reina. Shiatshu  era uno de los pocos locales adonde acudían lo que en el argot se decía occidentales, y en esa raza, lo mismo entraban franceses, americanos, alemanes, italianos, peruanos, canadienses... que uno de Burgos..., no tengo nada en contra de los burgaleses, pero tiene menos glamour ¿o no? Es como con las palabras ‘chorizo’, ‘cebolla’, o ‘paté’, ‘saumon’, ‘foie’, con las primeras te sientes como las serranas del Arcipreste de Hita, y con las segundas te imaginas ser Emma Bovary de cena con los mismísimos hermanos Goncourt mano a mano; es el debate de lo extranjero y de cómo nos ha llegado en nuestra tradición histórica, del cómo apreciamos todo lo externo. Bueno, a Morgana le habían hablado algunos compañeros que todos los viernes se dejaban caer por allí, que fuera, que ya se verían.
Era lógico, lo mismo que a los occidentales les parecen los orientales todos igual, sin distinguir entre coreanos o chinos o japoneses..., pues, por asimilación, occidente también es así, para los orientales todos los blancos son igual y huelen como a pis. No sé bien qué hacen con los africanos en cuanto a las distribuciones. Surgieron al tiempo ecos infantiles no superados cuando al entrar recordó las palabras que su madre siempre le repetía cuando volaba su adolescencia: “mira Laurita que en esos lugares y a esas horas no hay ningún hombre interesante”. En cierto modo, la experiencia le había demostrado una parte de razón en esto, por ello no había psiquiatra que le arrancara la fijación... En fin. Unos diez tíos y el equivalente en mujeres surcando la barra de la tasca del lugar del que había que entrar cortando el humo a cuchillo, lo que a Morgana ya le horrorizaba por su increíble manía de tener que oler bien, el humo de cigarros olía muy mal, y atascaba sus perfumes franceses, Ella que siempre era protagonista, la starring de su vida oliendo a tabacazo, ¡qué maripuri! En fin, ya no era momento de echarse atrás, ya había visto a Azucena      —otra colega de las de español—, al absurdo de Luis de la Universidad de Takarazuka, Hidefuji Someda, Tetsuo Yosikaua,  y Nama, entre otros más, y ellos ya la habían visto entrar, con lo cual la huida era imposible.
Honorables y orientales saludos varios, golpes de cabeza, hipócritas sonrisas de bienvenida, mucho teleñeco en definitiva, un enorme instrumento, un violonchelo, otro más pequeño, un violín, y dos hombres a los que Morgana no conocía ni de cerca ni de lejos. Uno de ellos llevaba cabellos rubios largos, recogidos en una coleta con lazo negro, un tal Patrick Carrión, francés, y otro italiano, precisamente de Cagliari, Francesco Buonarotti, como casi todos los italianos, impecable; en cualquier caso, ambos entraban en la denominación de "occidentales" y eso en Japón daba mucha alegría. Poder mirar ojos normales, cabellos normales o sin cabellos, honradas calvicies curradas a fuerza  de hormona masculina... En fin, no quiero decir con esto que los japos no sean machotes, ¡no por Dios!, ni que todos tengan los pies muy pequeños, ¡no por Dios!.. es que no sé, no sé, se decía Laurita.
Su rostro, el de la españolaza, cambió, porque además de todo en el Shiatshu, donde siempre se hablaba inglés, resultó que los dos nuevos hablaban mucho y sobre todo querían hablar español, ¡bien! Ya sólo por eso había merecido la pena salir, hablar la lengua madre a veces viene a ser más que una bendición del cielo, más que el maná bíblico, más que el mundo entero, sobre todo para alguien tan tímido como Morgana. Si además son músicos... amarán a Puccini y a todos los demás, ¿tal vez a Schumann? Ah, pues yo podré ser como Clara Schumann, seguro que aman a todos. La noche se prometía tranquila, no les había dado por desbarrar pidiendo sake y emborrachándose en cinco minutos como era la costumbre de los nativos, ¡qué raza tan compleja! ¡Qué seriedad y educación y qué forma tan bochornosa de perderla en cuanto se atizaban una simple cerveza o biru como decían ellos! Los chicos parecían tranquilos y recientemente habían terminado su actuación con la Orquesta de Osaka en el Teatro Kintestshu, un auditorio bárbaro que tienen allí como todo lo de ellos, pura megalomanía. En fin, eran músicos invitados como solistas principales de chelo y violín. Francesco era dulcemente amable, boca de melocotón, de modales casi aristocráticos, enormemente atractivo, varonil, exquisitamente vestido y caballeresco, virtudes que además de llamarse Francesco le definían como "el italiano", ya sé que el seudónimo no es nada original, pero los nombres sí, ¿verdad? No es lo mismo conocer a Francesco y Patrick que a Manolo y a Pepe, por poner un ejemplo, bueno, ellas me entienden, a las starring nos pasan estas cosas, ¡lo siento! Francesco tenía las piernas cruzadas como una mujer, unas piernas muy delgadas que cubría con un pantalón muy clásico de cheviot verde oscuro, chaleco alto, corbata a la antigua de nudo muy ancho y una chaqueta a lo Cary Grant, muy larga, cruzada y con doble botonadura. Olía a Azzaro, que era un perfume completamente seductor según la pigmentación del hombre, lógicamente no a todos les sienta igual. En esto el olfato de Morgana se parecía al del protagonista de la novela El perfume de Patrick Suskind, Jean Baptiste Grenouild, o la protagonista de El amor en los tiempos del cólera, Fermina Daza, también bastante starring, quien descubre la infidelidad de su marido médico olfateando en su ropa; Morgana también era así, un poco chucho. Y había calado el olor del Azzaro un poco sudado en un cuerpo moreno y limpio... aquello era el colmo de la atracción. El tal Francesco no era consciente de su potencial, como casi nadie lo suele ser cuando de verdad lo tiene, ni la misma Morgana lo era, pues siempre se consideraba una mujer del montón de los montones, con arrugas por doquier, y en el fondo, sin llegar a poder controlar la capacidad camaleónica que su cuerpo y su rostro podía llegar a producir. Morgana podía llegar a ser un animal de seducción, pero ella ni lo sabía, ni le interesaba nada en absoluto. La vida, un salto de tropiezos.
El Francesco era como se dice en los madriles un figura, un vivales, y ya le hubiera gustado a ella pasearse con él del brazo y no con el cochon de su ex marido por algún lugar. Francesco era de los que te agarraba del brazo como si hiciera mucho frío, como en las fotos de los antiguos cuando iban por la calle, que parecía que fuera diciendo ¡qué no me quiten a la que es mía! ¡Pero que machistorra y antigua me estoy poniendo! (Cuando me acuerdo del Francesco no lo puedo evitar, así pasen cien años.) Pudo comprobar esto después, más tarde, porque él la cogió así del brazo. En fin, Francesco era aquel hombre con quién soñar, en quién pensar en las noches de tormenta, al leer a Bécquer, o al pensar en un revolcón o en un viaje al Taj Mahal o al mismo Senegal. En efecto, Francesco, con toda probabilidad, lo mejor que tendría que decir lo diría en la cama. Morgana, a quien le gustaban más bien feos, pensaba que ir a la cama sólo, como única y desesperada solución sin más que hablar, es con los extraordinariamente guapos, porque éstos no tienen palabras, sólo culo donde agarrar y cuerpo donde acariciar. Los sin palabras. Era obvio que Morgana estaba llena de tópicos, pero hasta su momento, no había encontrado la excepción, quizás la meta de su vida era encontrar la excepción como en Gramática Generativa, para luego no llegar a ninguna parte. Si Eva Ojeda —la amiga puta— le hubiera conocido hubiera encontrado sin duda el motivo para dejar de serlo, ¡qué hombre, por Dios, más bestial! En fin, ¡cómo no he de acordarme de Francesco y aún emocionarme hoy, es como las erecciones de los hombres a los 90 años que se recuerdan como cosa única! Para una vez que un hombre me sorprende por los ojos y lo cosifico de esta manera, ¿no he de recordarlo...? La verdad que sí, y qué bien tocaba el violonchelo. ¡Estoy mayor!
Me espían mis pensamientos. Pienso que no pienso (...) La realidad está al borde del hoyo siempre. Pienso que no pienso. Como un golpe en la mente de Morgana se repetían los versos de diferentes poemas de Árbol adentro de Octavio Paz, ese compañero infatigable que había sido el poeta mexicano para Ella en Japón. Así machacaban cuando, sin embargo, se fijó en Patrick, éste no sólo era músico, sino que lo parecía, que ambas cosas son fundamentales en un artista. Ser y parecer. Es una sobreactuación de las situaciones y sobre el mundo que nos rodea, primero hay que creer firmemente en la situación, en el papel que nos ha tocado o en la situación que hemos elegido vivir, después hay que trabajarlo bien, interiorizarlo, visualizarlo dentro, desde la introspección de nosotros mismos; es un proceso actoral, es el proceso de Stanislavski; para después poder conseguir que los demás, la comunidad, los seres que nos rodean nos acepten exactamente en aquello que nosotros queremos, y esta aceptación será realizada en la medida en la que hayamos hecho bien nuestro trabajo, nuestra fuerza. El aplauso es secundario. A Patrick había que aceptarle como músico porque era imposible imaginarle de otra cosa, no podría aceptar otro personaje por nada del mundo, era como si hubiera nacido para ello, por eso era tremendamente honesto con la vida y con los humanos. Una transparencia así no se paga con nada. Morgana sintió eso de Patrick nada más verle y sintió una paz indescriptible, ¡por fin estaba con alguien de verdad!, ¡por fin estaba con alguien que estaba en su sitio y que estaba porque quería ser y estar donde quería, había hecho su proceso de aceptación! Quería ser Patrick y no otro, no sería jamás un ser envidioso. ¡Bien, Patrick sí merecía la pena! Morgana extrañada preguntó al franchute, es decir, a Patrick:
—¿Por qué hablas tan bien español?
—De pequeño estudié en un colegio español. Somos de Toulousse, mi abuela era española y mi padre también, ambos adoraban a un escritor: Benito Pérez Galdós. Dejó escrito mi abuela —ella murió cuando yo tenía 8 años— que yo llegase a dominar el español como para llegar a comprender toda la obra del escritor canario. Mi abuela no quería que la lengua de mi madre —el francés— invadiera mi español, siendo mi lengua materna el francés. Recuerdo que me leía los cuentos de Celín y Tropiquillos. Mis padres se separaron pronto, yo me eduqué con mi madre, de ahí el miedo de mi abuela a la pérdida del español. Es que mi padre es un conocido crítico literario, profesor de universidad, en fin un pez gordo de las letras hispánicas, como tú te dedicas a asuntos lingüísticos según me han contado... pues por eso. Y por ahí siguieron hablando.
A Morgana, ya se le habían puesto los ojos a cuadros, un francés que conocía los cuentos, la obra de Benito Pérez Galdós, que era músico, y al que había conocido en un garito en Japón, desde luego que la noche estaba de suerte. Jamás hay que buscar aventuras, sólo con vivir la vida en su fluir normal es suficiente, la vida en sí misma ya es una aventura.
—¿Y realmente has conseguido que te guste la lengua española? — preguntó Morgana.
Patrick  dijo que sí, que no sólo eso, sino que además había vivido, dos años en Madrid y otros dos en Buenos Aires para hablar, sobre todo para sentir por medio de la lengua cómo es la vida.
Morgana, completamente emocionada, preguntó:
—¿No te gustará Borges verdad?
Patrick con la cara iluminada  dijo:
—No sólo me gusta, sino que fui a Buenos Aires a conocer de cerca su mundo, y a vivir en la Calle Maipú que es donde vivía él para poder ver por los mismos ojos del escritor, bueno para intentarlo. Yo era demasiado joven y aprovechaba cualquier ocasión musical para largarme por ahí.
Morgana con la idea de poder compartir a Borges con un hombre, con un músico, feo, de melenas rubias, y pintas extrañas, con un guardapolvo negro y entallado hasta los pies, botas antiguas, camisa blanquísima de cuello alzado y foulard de seda anudado. Sus manos muy blancas y huesudas, cuidadas al máximo, de violinista, en su piel blanca destacaba una sonrisa franca, valiente y lo mejor era su mirada... con ella construía mundos, hacía la realidad, a Morgana le parecía que era Dios que de primera mano le había dado aquella misma noche un gran regalo.
            Se despidieron del despreciable grupo japo, que ya estaban cuasi borrachos y se largó del brazo de Francesco, y Patrick del otro lado cargando con el violonchelo, y decidieron cambiar de lugar. Esa noche Morgana era la reina, probablemente lo bueno de salir tan poco es eso, que cuando sales siempre eres la reina, siempre sucede alguna cosa extraordinaria. Iban a estar en Osaka dos meses, a Morgana le quedaban aún seis meses más, pero todo eso no importaba. Tenían que ir a dejar aquellos instrumentos para poder ir más relajados, aún era pronto... a las 10 de la noche en una noche de viernes de Osaka está todo por empezar. Morgana quería dos cosas, comer pollo frito y saber si a Patrick le enloquecería como a ella Puccini, para que ya fuese redondo. Por aquella época también escribía cosas sobre Narratología y estaba como un cencerro con las dramatizaciones musicales y la búsqueda del mismo origen en los arquetipos comunes para demostrar así que se pueden generar novelas o sinfonías partiendo de esos mismos arquetipos del subconsciente. El batacazo ya viene solo, pensaba ella. Contraviniendo sus propias normas éticas, aquella noche bebió algo de champagne francés, que, por cierto,  nada tiene que ver con el cava español, por más que nos hagan comulgar con ruedas de molino, la burbuja es la burbuja, señor mío y lo mismo que los franchutes no saben hacer jamón —mucho menos ibérico— nosotros no sabemos hacer champagne; nada como la autocrítica para progresar en la vida. La noche al final se desarrolló en un restaurante de músicos clásicos que Patrick conocía y había investigado ya, ¡toda la noche la cena estuvo amenizada con la música de Puccini: Ch'ella mi creda, Un bel di vèdremo, E lucevan le stelle, Nessun dorma, Che gelida manina... Francesco feliz y emocionado, Patrick y Morgana también, una noche de dioses. Los musiciens podrían haberse enamorado perfectamente de Morgana que estaba increíble, Ella al tiempo también quedó deslumbrada, fascinada por aquellos dos querubines sin saber a cuál elegir... Las relaciones humanas son así, magia espiritual o momentos escasos de la vida en la que el tiempo corre.
Ya había amanecido, el techo o cielo estaba gris, metálico con aquella ventaja añadida de poder caminar sin temor a que te roben, o a que te asalten, ¡qué ya es! Rostros ajenos, muy ajenos, japonesas obviando su realidad, extemporáneas del reparto escénico sin querer ser lo que son, tiñéndose el pelo de asquerosa agua oxigenada, o rizándoselo artificialmente, cuando sus cabellos son lo que son, negros y muy lisos como pequeñas lianas de seda natural. ¡Por qué no se estarán quietecitas y dejarán de joder la marrana con los cambios! Lo mejor de las japonesas, es cuando lo son, y aceptan ser lo que tienen que ser o mejor aceptan ser lo que quieren ser, si es que tienen la oportunidad. Lástima de Occidente. Ahora con el tiempo, también vemos con la misma frialdad que ellos Hiroshima, aunque Morgana lloró muchos días aquello, sólo que Occidente cada vez llora menos, como los japos. Se han ocupado muy poco los japos de pasar el cestillo del dolor, en esto —todo hay que decirlo— su dignidad es sobrenatural, aplastante, pero no por ello deja de estar ahí, sólo hay que ir, sólo que nunca vamos a nada, ¡nos importa un bledo! Como Yo a los otros, como mi historia, como las personas, como el todo, por que estamos en la deshumanización de los tiempos y me importo Yo, mi particular starrización del ser sólo recuerdo entierros y entierros. ¿Y por qué? Porque cuando nacemos nos es ajeno el mundo entero, sólo recordamos aquello que nos han contado si es que nos han contado algo, ¡claro! Nacer en los brazos de una soledad absoluta y de un abismo enorme ante el desconocimiento del venir siguiente, eso es lo que siente una madre, además de emoción, desprecio a los demás, y un ¡me cago en la leche! muy grande, harta de tener que dar la talla por que sí, porque para eso eres una mujer y no te puedes echar atrás.
No hablemos del desgraciado padre, condenado de por vida quiera o no, a tener que encargarse por que sí de la manutención de la señora —que hasta entonces era adorable—, ahora convertida en una mala bestia asustada, y de la criatura, a quien siente ajena y gritona, aunque huele bien y tiene un no sé qué... que engaña el estómago y provoca comerse el mundo. Por eso, lo mejor son los entierros, porque pones falta a quien no está y ya lo de la manutención se ha terminado para siempre, haces fotos mentales y pones esquelas en el periódico, ¡Todo un souvenir de lo más completo!
Los tres —el italiano, el francés y la españolaza, como en los chistes— se habían prometido repetir la velada, cosa insólita si se piensa que las situaciones jamás se repiten, podrán ser mejor o peor, pero repetirse, nunca... En fin, que se prometieron los tres amor eterno y nueva cita; así que todo terminó para coger el metro en Namba hasta Fuminosato, para levantar a las criaturas y que papá las llevara al colegio. Morgana se daría una ducha de las enérgicas, cabello incluido para quitar olores y regresar al olorcito de ropa limpio y perfume francés. Francesco era de mentira, pero Patrick desde luego que no. Patrick iba a pertenecer a su vida para siempre. Ese desgarbado va a hacer que me desconcentre de mi mono gramático. ¡Qué piel más blanca, si parece una niña! ¿Tiene perilla? Cómo me gustan las perillas, seguro que es homosexual. Y si lo es, pues no me importa nada, los eternos somos así y nos queremos, con independencia de a quien metamos en la cama, no sé. Bueno, Laurita, no te líes, que no estás en Japón para complicaciones, ahora mismo te olvidas, ¡qué manos, tan delicadas! Y sube las escaleras como yo, de dos en dos. Morgana ¡olvídate, seguro que está pasado de rosca! Lo duradero siempre tiene que ser sublime, espiritual por encima de lo terrenal, alejado de lo cotidiano que es lo que pierde los grandes sentimientos. ¡Qué frasecita más pastelera, hija! Las grandes historias se han echado a perder por la maldita cotidianeidad, por la costumbre, lo de fregar la taza del water, ¡claro que Patrick es un bohemio!, pues eso, lo que necesitas es un bohemio, que viene, que va... Ya, que se va con la primera que ve, que como tienes dos hijos pasa de ti... Mi vida es una batalla, es la guerra, pensaba Morgana, y en esa lucha cotidiana tengo que estar como estoy, sola. Ojalá pueda verle de vez en cuando y ya está (yastá, verbo yastar, raro) mejor gerundias. Quizás una vez al año. Habló con su inseparable Eva Ojeda para contarle que había conocido a Patrick y que cómo le gustaría a ella Francesco Buonarotti, un chelista de campeonato, ¡madre mía, con lo que sabes tú de arte italiano, le dejarías boquiabierto!
Eva Ojeda, de vez en cuando se ilusionaba con las cosas de Morgana, de vez en cuando (repito) formaba parte de la realidad que era el medio donde vivía Morgana, en el fondo Morgana, aun siendo un personaje, vivía el realismo de la vida, los demás, Eva o Patrick formaban parte de una vida extravagante, poco común, poco normal, eran de otro mundo.
Hay que decir a favor de Morgana que Patrick por su parte, ya nunca más pudo dormir como antes, durmió mucho mejor al saber también que había conocido a una persona diferente y que la vida abría sus puertas hacia lo desconocido del caminar, aún a sabiendas de que nunca podrían estar juntos como cualquier pareja. Simplemente quedó fascinado por Morgana, y así fue como la conoció en un garito de Osaka llamado Shiatshu, lleno de humo, cuál museo de cera, rodeado de japoneses. 

Publicar un comentario

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...