lunes, 15 de enero de 2018

Morgana sigue (Dedicado a Mila Bueno)

Manicura de la lengua es el poeta, mas no el mago que apaga y enciende palabras estelares y cerezas de adioses vagabundos muy lejos de las manos de la tierra

A Mila Bueno
No sé si conocerá Altazor, el grito en la noche que pronuncia Huidobro. Así había tenido que salir Patrick del cono sur por haberse metido en líos, pero, bueno... la vida es así, Patrick aunque con graves dificultades había conseguido sobrevivir y recomenzar su vida; siempre hay un tiempo para empezar a vivir, para reanudarse a sí mismo, para empezar de nuevo como dicen por ahí, sólo es querer. Ese editor en apariencia amable, no sabía lo que era bueno, se decía Morgana: nací a los treinta años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor... Morgana siempre había envidiado poder hacer lo que le diera la gana como Vicente Huidobro, poder fugarse con su enamorada, sus niños, la criada y una vaca que les diera leche fresca desde América a bordo del Infanta Isabel de Borbón, o salvar a Europa como corresponsal ¡eso sí que era cumplir tu voluntad! Esa noche Morgana quedó perpleja, había recibido un e-mail del editor, del invisible, en el que decía:

Sí, incluya la poesía de Huidobro, ese loco es el mejor representante del subconsciente, de la locura del ser, de lo humano, en suma de la espontaneidad; es hijo de la libertad, al menos en apariencia, de generaciones castigadas por la ignominia. La nuestra, nuestra ignominia no pasará.
                                                                                                                                 G. G.
¡Anda! Si resulta que el editor este hasta tiene cabeza. En realidad, Morgana daba demasiado espacio al invisible y poco a su criterio de editora, pues al fin al cabo estaba haciendo un trabajo de editora no de peluquera. Por otra parte, si había sobrevivido tantos años sin el trabajo éste maldito, podría hacerlo otros tantos, era obvio que no había que contar tanto con un editor, “¡me falta personalidad!”. Se decía cargada de razón. Éstos invisibles no son nada, en general no entienden gran cosa, sólo cuentan páginas y pagan, que no es poco si bien se mira; poco cerebro y mucho menos corazón, aún más escasez de inteligencia y ausencia generalizada de ilustración... ¡Qué eran esas palabras! ¿Qué había detrás de esa actitud? ¿Pertenecerían a la misma persona?.. Pero si el editor con quien Morgana había concertado la edición era lo de siempre, un asqueroso insensible, ceporro, mamerto. Además ¿desde cuándo una editorial muestra interés particular en algo que no sea vender en masa? Esto sólo se consigue con las novelas “tironazo” y no con las Selecciones poéticas comentadas en cursiva, como añadía Morgana. En serio, ¿su editor de repente querría culturizar a la población? ¿Por qué ese afán, por qué la importancia por una estética en la que pretendidamente el canibalismo editorial cambiaría el rumbo de su vida? No, eso no podría ser, jamás podría suceder una cosa así. Los editores, los fines de semana juegan al golf, y generalmente G. G escribía sus mails en fin de semana, algo completamente impropio, y además contestaba con cierto lirismo y saber hacer a las cuestiones que le preocupaban a Morgana. Ésta estaba perpleja, quizás simplemente G. G era un aficionado a la poesía y ya está, o, a lo  mejor, G.  G. tenía un secretario o secretaria que le resolvía el correo, eso sería ¡Claro! Pero no, tampoco encaja, nadie tiene un secretario los fines de semana. En fin, como fuera, a Morgana lentamente le interesaba la actitud de   G. G,  porque ¡tenía mucho aguante! Decía ella. 
Dejaría pasar el tiempo para ver qué sucedía con lo de Valente. Tendré que preguntarle si incluyo Altazor o si, por el contrario, algo más representativo del Creacionismo. O mejor quizás como colaborador en el nacimiento del Ultraísmo algo más clásico aquello de Basta, señora arpa de las bellas imágenes... “¡Tía estás como una cabra!” “¡Si te han encargado un trabajo así de varios volúmenes es por que confían en tu capacidad como editora de que vas a hacer una buena edición!”, le decía no sin razón su amiga Eva Ojeda, la puta, para aclararnos, sí, sí, a ella no le importa, si lo prefieren lo sustituimos por “pilingui” o “pelandusca”, por si hay alguien a quien molesten las verdades así, a lo bestia, pero vamos, puta es y mucho, ya se ha acostumbrado a ese tren de vida, lo cual no quiere decir que no escriba bien poesía y que no sea una gran mujer de extraordinaria sensibilidad, ¡cuidado! A los hombres les resultará tan rara como ellos mismos, sí, podríamos decir que Eva Ojeda es un poco hombre. Además de ser un bellezón nada despreciable, algo lógico, si se piensa que vive de ello, de tener un cuerpo estupendo, buenos muslos, un buen culo bien duro, un vientre atlético, los senos redondos retocados, contaba con la suerte de ser alta y de natural delgado. Eva era muy, muy mona, a los niños les encantaba cuando iba a casa de Morgana e intentaba hacer de mamá con el delantal azul. Lo hacía en general todo del revés, pero con la ayuda de papá era todo muy divertido durante las etapas de ausencias de Morgana donde había que ayudar todo lo que fuera posible a las criaturas para que ella pudiese realizar aquellos reportajes o entrevistas que les proporcionaban a todos mejores ingresos. Eva era una gran amiga en quien confiar, franca y sin envidias, como Morgana no le aceptaba dinero, aquella mujer despampanante venía siempre con miles de regalos para Morgana, papá y los niños. Tenía, además de un ático precioso en el Paseo de la Castellana, dinero, objetos de arte y a nadie más, por eso Eva amaba también a Morgana, porque era un motivo importante, verdadero, que a su vida artificial de salas de arte, poesías y hombres de dinero. En resumen, se querían por infinidad de motivos, pero por uno que no se debe olvidar jamás, y es que cuando hay amistad entre dos mujeres, bien sea por cuestiones extrañas de origen maternal en su sentido mítico o divino, o quizás por alguna razón que hasta ahora no se ha podido explicar en cuanto al desdoblamiento del alma, pues bien, esa amistad por así decirlo, hermanamiento o unión, es como la tierra cuyas raíces son tan profundas como inalcanzables; si se logra esa amistad, será una unión eterna, para siempre, indestructible. Pocas son (a mi modo de ver) las semblanzas de la amistad entre mujeres, de la unión enorme y del apoyo que ha existido entre ellas a lo largo de la historia, pero en fin, ¡qué le vamos a hacer! Además Eva y Morgana se querían porque sí.
  Huidobro había sido corresponsal de guerra en la Segunda Guerra Mundial, al menos eso decía él. Como corresponsal de guerra precisamente se tuvo que hacer pasar Morgana para poder salir de la antigua URSS en su salida de Japón. Aquellos meses que se sucedieron después de conocer a Patrick y a Francesco, los musiciens, en los meses que restaron de relación en efecto el violinista demostró ser lo que a priori Morgana había pronosticado, es decir, un ser de verdad, alguien maravilloso que ayudó mucho al desarrollo de Morgana en sus últimos meses de estancia en tierras japonesas. Se conoce que las experiencias vividas por Patrick en su vida anterior —en esto se incluye el cono sur— a esta etapa, le habían fortalecido enormemente, haciendo de él todavía un ser más complejo si cabe, pero de mayor veracidad. Ahora sí que venía del otro mundo y esto Morgana lo sentía de una forma muy clara, los dos lo sabían. Como artista, jamás había escuchado nadie que interpretara como él; acudía a escucharle gracias a que papá se quedaba con los gemelos, y la gente, el público se volcaba en aplausos como si aplaudiera a alguien celestial. Sin embargo, Patrick le decía: sólo me importa que tú me escuches. Morgana no estaba enamorada, Patrick tampoco, era algo más grande porque ya sabemos que eso del enamoramiento es pasajero, eso es una fábula, es como las avionetas, siempre terminan por estrellarse, el amor siempre se larga, por eso lo que sentían tenía que ser algo más grande, mucho más.
Las masas tienen con frecuencia estas percepciones ante lo sublime y ante lo demoníaco, por eso se pueden dejar llevar y manejar no sólo hacia el éxtasis que puede producir en ellos un artista tocado por lo divino, sino lo que es peor, cuando están delante de los del otro lado, este es el caso lamentable que todos vemos ante los dirigentes políticos, en esto todos los pueblos son igual. Patrick era aclamado en el mundo entero y a la salida de cada representación, no concedía ni una sola entrevista, ni una sola fotografía, ni un solo minuto, se había vuelto un raro, buscaba la amistad por poner un nombre que todos conocemos a una relación sincera. Una amistad reciente, pero que ya sabía que era eterna, que venía de antes, de antes de venir, así que buscaba ir a casa de Morgana, a jugar un poco con los chiquillos, a tocarles un poco el piano, a tocar un poco con Morgana a dúo, de forma casera como ella decía, con el abuelo, que disfrutaba mucho porque estaba harto de ver las chorradas de la tele japonesa. A cambio Morgana cocinaría tortilla de patatas y leche con bizcochos, pudiera ser que Patrick buscara a Deméter, buscara la tierra, la vida, la energía, puede que la sencillez de lo cotidiano que en cierto modo nos aporta estabilidad en ciertos momentos, sobre todo para la vida que llevaba él, siempre ajetreada de un lugar a otro. Cómo se agradece algo de cotidianeidad en los momentos duros y cómo se detesta en los momentos más sublimes de nuestra vida... En fin.
Patrick en aquellos momentos comenzaba a componer. Se marchó antes que Morgana, que lo haría a los dos meses, pero no dejaba de llamarla desde cualquier lugar, siempre con la naturalidad del saberse hermanos de verdad, sin más. Morgana estaba realmente contenta y muy feliz de haberle conocido y reconocido. ¡A mi edad!, se decía, y sin preguntas, sólo estar, sin pedigüeñeos. Se ayudaron mucho durante aquellos días de Japón y sake.
 La salida del Japón fue truculenta, ¡todavía lo recuerdo con pavor! Tuvo la gran idea eso sí, de mandar a papá vía Líneas Japan, que es más corto, hacia Madrid con los chicos, porque tenía que pasar unos últimos días en Tokio y era mejor que la familia viajara cuanto antes hacia tierras de Quijotes, ansiadas tierras de España, ¡cómo os quiero cuando no os tengo! Después de cumplir con el último seminario de la universidad nipona, Morgana viajaría con las malditas líneas Aeroflot vía Rusia, en plena convulsión política de cambio URSS a lo que es hoy, que todavía no lo sabemos.
Sin saber por qué, la llegada al aeropuerto de Moscú fue a golpe de escopeta, maldita la hora en que Morgana se había vestido con una chaqueta entallada verde caqui con cuello, botones y bolsillos en negro lo que le daba cierto aire de soldadito germánico. En pleno cambio político, los militares estaban en las últimas, sin saber a qué atender, podían hacer cualquier cosa. Morgana llevaba en los bolsillos los yenes de los últimos dos meses, pero eso era lo de menos. Lo peor fue cuando a todos los integrantes del vuelo los metieron en un bus amarillo de los rusos, es decir de los más cochambrosos del régimen (los había visto mejor en Cuba que ya es decir), y fueron llevados sin explicación ninguna camino de no se sabe dónde. Se habían quedado con su pasaporte, y la mayoría de los enseres personales, bolsa de mano, cámara de fotos japonesa... a excepción de la faltriquerilla del dinero. Era verano, por esa razón papá se había llevado a los chicos para veranear con los tíos, gracias a ellos Morgana pudo ser secuestrada sin problemas.
En Rusia, en verano no anochece, así que en lugar de esperar a que se haga la noche que es lo que cualquier españolito espera, pues no, permanece en un atardecer perpetuo. Laurita había perdido la noción del tiempo por completo pues en Japón había un horario, en Rusia otro y ya se habían sucedido bastantes horas en aquel lugar al que habían sido llevados en el siniestro bus amarillo. La sensación de no saber qué hora es, ni cuánto tiempo está pasando porque vienes de un lugar en el que hay una hora y llegas a otro en el que hay otra, es bastante surrealista, ¡vamos, que no es para recomendar a nadie! Laurita siempre decía que prefería mil veces España con las luces apagadas que cualquier país con las luces encendidas. De pronto le entró la vena unamuniana        —debe ser por lo de la procedencia— y pensó que, en efecto, como decía don Miguel, Dios tenía que ser a la fuerza español. ¡Era obvio que necesitaba volver a su casa! Su casa era cualquier lugar del territorio, unos pescaítos en Cádiz, unas alubias en Asturias, unos mejillones con su amiga (Eva) en Vigo, unas cañas en los madriles, con su amigo Pepet el del periódico por las Ramblas, no hace falta decir que estaba agobiada.
El lugar no era un hotel, qué va, bloques de apartamentos grises como de barrio, como todo lo del Este, bastante feo, plagado de militares que controlaban la situación. Les habían mostrado una habitación más bien cutre, de colcha con rombos desteñida, dos camas y cuatro miembros para habitar las dos camas. Plagado de cucas sí estaba todo, pero bueno eso no importaba mucho porque siempre piensas en que cuando hace calor, estas cosas son normales ¡Esto, pues, es normal! Morgana pensó “¡Cómo no nos lo juguemos al mus!”. “Cuatro para dos camas... lo veo mal, ¡mejor lo de piedra, papel o tijera!.. Patrick jugaba a eso con los chicos”. Morgana siempre pensaba chorradas en los momentos más trágicos, también se le ocurrían cancioncillas odiosas de esas que habitualmente dan ganas de matar como ¡Colegiala, colegiala! o cualquiera de Georgie Dann, ciudadano al que medio mundo tararea en situación desesperada y el otro medio le quiere matar. Es así, en situación de pasarla putas o llamas a una puta, Evaaaa, eso el que tiene la suerte de tener una amiga del gremio, pero desde luego no tarareas el primer acto o el final de La Traviata, no, no sé por qué, pero no es así, siempre es una canción machacona y absurda. “¡Joder, joder, joder!” se decía Morgana que salió a sentarse en unos escalones que daban acceso a los bloques de confinamiento donde habían sido llevadas todas las personas.  “¿Pero qué hacemos aquí?” “Estoy nerviosa, quiero comer con papá y los niños...” “Voy a respirar... sí, lo mejor es respirar... No, mejor rezo, bueno, en realidad estoy en paz, así que me puedo morir...” “No, no, que no quiero que me duela nada...” El corazón latía con fuerza.
Lo curioso para Morgana fue ver, sin entenderlo, que en realidad estaban pocos de los de su vuelo, por no decir ninguno, sólo un japo, el resto eran iraníes, kurdos y demás; la mayoría hablaban árabe y dialectos raros, ¡la jodímos!, se había dicho Laurita. Se acercó a intentar hablar con el japo. ¡Albricias!, éste era un japo que hablaba portugués, según se explicó en un portugués casi intraducible se dirigía a Lisboa a una clínica de acupuntura. Los japos para esto eran bárbaros. Como con los masajes dados por ciegos, en Japón todavía existe esta tradición ancestral, amén de otras; es una profesión que siempre ha sido ejercida en este país por estos invidentes, pues su extraordinaria sensibilidad les procura un don especial, una tradición como digo milenaria.
Bien, pues bajo la atenta mirada de los militares rusos que no paraban de apuntar con sus fusiles, el japo, paticorto como casi todos los japos, se dispuso a dar un masaje en el largo cuello de Morgana, un cuello a todas luces de pato mareado más que de cisne. De nuevo una situación surrealista en un momento tremendamente trágico, criminal se diría. El japo parlador, de portugués tampoco entendía nada, pero estaba todavía más nervioso que Morgana, la cuál tarareaba todavía más cancioncillas deleznables e histéricas, esta vez pasodobles, España cañí  y eso.

El bosque enfrente del bloque de pisos, Morgana ni se molestó en entrar a la habitación a acostarse, lo que menos tenía era sueño, y le dolía la cadera pues una soldado la había propinado un buen empellón con un rifle que le había hecho polvo, ¡cómo para dormirse! Además, observaba que el bus amarillo seguía allí. “¡A lo mejor tienen pensado poner un horario de salidas como en las agencias de viajes!”, pensó con cierto infantilismo. Ante las miradas de todos Morgana permanecía sentada en los escalones de los bloques, su larga melena recogida en un moñete, el japo acariciando su cuello de jirafa y dándole esos crujidos horribles que te enderezan la columna y te quedas nuevo... Y el militar que no abandonaba la plaza y que ya se estaba cabreando de tanto sobe de cuello. Como todos los militares, imaginaba una conspiración.
               De pronto, Morgana tuvo lo que ella pensó que sería una buena idea, y es que aún sin saber por qué habían sido llevados allí, sin saber si era una simple escala de un avión que se retrasa y que llevan a unos pocos de cada uno de los diversos pasajes o que los reparten o qué sé yo, porque de su avión sólo estaba el japo masajeador; bueno, en el caso de que el pasaje fuera llevado a un lugar en espera del próximo vuelo a Madrid, o si en realidad, además de todo esto sucede algo extra, que nadie explica porque nadie habla inglés. Tuvo una idea. ¡Nadie me va a creer en España cuando lo cuente! Sólo la gente que viaja sabe que éstas y otras muchas cosas raras pueden pasar, en realidad uno vive desprotegido a expensas de cualquier barbaridad. Tuvo una idea, pero sintió pánico. Pensó en sus chicos y en papá y la angustia de no volverlos a ver... Un poco más y le produce una angina de pecho. Armada de valor, como siempre, se acordó de Huidobro y de que había sido corresponsal de guerra, esto puede que le salvara la vida. Y se sintió afortunada por saber tantas cosas y por poder tener el valor de la transformación, de poder meterse en los zapatos de alguien a quien ha conocido en los libros, o que quizás ya lo conocía. Morgana se concentraba.
Recordó que se habían quedado el pasaporte, pero en la faltriquera, junto a los yenes conservaba dos carnets importantes que a un ruso absurdo le podrían impresionar, uno era el del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) y otro el de Press, que había conseguido en unas colaboraciones en el Washington Post. 
Morgana realizaba buenas entrevistas a personajes importantes que luego vendía como free lance. ¡Aquellas entrevistas realizadas a los académicos de la lengua! Gracias a su amigo Ricardito Barbás conservaba aquel carnet de periodista que naturalmente nunca había utilizado para nada, pero en esta ocasión le podría salvar la vida. Fugazmente recordó el rostro, la expresión del académico cuando Morgana le preguntó si pensaban sentar algún día en algún sillón de la Academia a algún corresponsal de guerra, como Vicente Huidobro, y recordó las diferentes posiciones académicas, las diferentes ideologías... y qué haría realmente un corresponsal de guerra en la Real Academia Española. ¡Que queremos estar a todo! No todos son Vicente Huidobro, pero en fin nada como inventar la realidad para que ésta suceda ¿verdad? Pensó Morgana en una mezcolanza de imágenes atormentadas, rápidas, vite, vite, que solamente el objetivo de una cámara de cine describiría con la misma exactitud que el recorrido de un canard francés en un estanque. No hay como inventar la realidad para que ésta se produzca, otra vez lo repito. Su cabeza era un hervidero con músicas absurdas y ruidos de lavaplatos, esto le sucedía cuando le asomaba la cefalea, que eran veinte días al mes.
Con seguridad un corresponsal de guerra podría ser en todo muy creativo y tener una fantástica imaginación romancesca, pero de ahí a hacer algo por la lengua española. Para eso ya están los que son del oficio, los expertos, los que han estudiado para ello, a cada cuál que Dios ponga en su lugar que de nuevo estamos frente al intrusismo; en fin, lo que estaba claro es que un corresponsal podía vivir y observar una batalla, sobre todo en un mundo de intrusos. Lo que no hay derecho es que haya hispanistas y otros eruditos de la lingüística y la literatura española allende las fronteras esperando que alguna vez se les reconozca su esforzado trabajo, y al propio tiempo las academias, además, incluyan a una diversidad de mangantes del arte de última hora en el lugar de a aquellos. La vida es así, y o vives todo el día emputado o te empiezas a relajar y ese es el punto donde ya todo da igual, y es donde en medio de la mediocridad puedes aceptar y ser testigo de cualquier cosa que, tranquilo, tu ética ya no va a protestar: es el absentismo social al que llega el pensamiento y lo que es peor, llega el propio ser humano como tal consecuencia.
En efecto, el militar leyó el enunciado de Press y palideció, salió corriendo a hablar por teléfono y al instante llegó un vehículo militar que se llevó a Morgana de nuevo a Moscú. Matarme no me van a matar se decía Morgana, así que oraba y estaba dentro de lo que cabe tranquila, si no fuera por las cancioncillas asquerosas. “¡Por qué me traicionan los nervios en esto!”, se decía.
            Al fin fue llevada a hablar en inglés con lo que debía ser un alto cargo. No entendía muy bien qué pasaba, pero pudo entender que la situación era trágica, que había revueltas civiles y que por encima de todo les interesaba dar una buena imagen de cara al exterior. Algunos militares pensaban secuestrar algún avión, tener rehenes, pero querían gente europea y no árabes. Estaban contentos de haberla encontrado. “¡Vaya por Dios!”, pensaba Morgana. Habida cuenta de sus posibilidades como corresponsal y como había revueltas en la zona sur su cometido estaba claro, tendría que ir ella en el Transiberiano a cubrir ese recorrido para publicar toda la situación. “¡Qué!” Ella explicó que tenía familia, unos niños, un padre... que sería imposible... Los militares demostraron su situación de tensión absoluta. Morgana pidió llamar por teléfono. Habló entre lágrimas con papá y los chicos. Quizás estaba de Dios que ella tenía que hacer eso, serían unos quince días, los chicos estaban en la playa... Pero ¿y ella, cuándo descansaría? “¿Y mis cosas?” Otro alto cargo, también rubio con entradas como todos los militares rusos, le explicó que la situación era enormemente complicada, que había rehenes, que la única periodista europea de que disponían en ese momento era ella. Tenía que cubrir ese reportaje, traer novedades, lo debía al pueblo ruso, le dijeron. Morgana pensó ¡qué cojones (otra vez) debo yo al pueblo ruso! ¡Me cago en la leche! (de nuevo.)
—Por favor —dijo—, que al menos me faciliten la maletita pequeña.
Quería bañarse, perfumarse, no sabía qué hora ni qué día era. Iré en el Transiberiano, seré como Huidobro se decía. Sólo que a mí la vida me cuesta mucho, yo no soy rica como el poeta chileno. Se sentía muy desgraciada. ¡Cuánta podredumbre humana! ¡Que me mandan a Siberia! ¡Nadie me va a creer, en España nadie se cree nada! Lo inverosímil de la vida surge cuando te enfrentas a vivirla. Afortunadamente no tendría que llegar hasta Vladivostok, pues quizá en otra circunstancia y quizá en otra compañía sin duda no le hubiera importado nada en absoluto, pero así, como corresponsal de guerrilla, dos años en Japón sin volver a España, y de vuelta a tu país, verse en ese fregao... pues no le hacía mucha ilusión. Se acordaba de Patrick, no sabía por qué pero se acordaba de él, pensaba mucho en él, no se le iba de la mente. ¿Qué estaría haciendo? Preparando algún concierto, o quizá enamoriscado de alguna periquita, pensaba ella; cómo le gustaría en ese momento escuchar su violín o poder tocar con él algo al piano, un rato de calma cómo se agradece en los momentos de zozobra, un café en el Gijón, o ver la tele con los niños tomando palomitas... En realidad Morgana se puso triste, porque hacía tiempo que no cumplía con esas cosas como todas las madres, trabajaba demasiado. Morgana era una máquina de trabajar en una profesión de pesetilla, pero al menos trabajaba en lo que le gustaba que no es poco. (con esto se autoconsolaba.)
Le asaltaban miles de ideas, todas rápidas, y se enganchaban literalmente en su estómago, de pronto sentía lástima de sí misma, ahora se compadecía, se quería mucho y se quería abrazar, quería llorar, reír por esta viva; al mismo tiempo sabía que probablemente cuando se muriera en algún lugar le darían muchos premios, porque si no... no merecía la pena vivir... esa era aún su mentalidad infantil y femenil que tanto le achacaba Patrick, el amigo que tan pronto y tan bien la conocía ya.
Morgana tenía fe en si misma... y se hacía muy pequeñita resumiendo los grandes conflictos de la Humanidad a la nada, como sucede cuando te vas a morir, que son muy pocas cosas las que realmente te llegan a importar, son momentos donde todo pierde la jerarquía que de forma habitual le inculcamos, como a los objetos, a acontecimientos o a personas, a frases, a canciones, a casas... a cosas y también a los quesos. Morgana practicaba la prière como dicen los franchutes, lo que a Patrick, agnóstico desde antes de nacer, le enternecía enormemente verla en esa devoción. Ahora Morgana oraba y siempre conseguía encontrar después de una tormenta, la paz. En fin, con lágrimas en los ojos ocupó su vagón en el tren más largo de la historia dispuesta a cubrir un buen reportaje y salir del aquel atolladero lo más airosa posible para volver a casa pronto.
¡Quería estar con los niños, quería besos de “babutis” y hacer sopa! El Oriente es rojo, y de los 9.289 km que abarca, 1.777 a lo largo de Europa y 7.512 en Asia, Morgana no tendría que recorrer todos, por fortuna, el conflicto se encontraba en un pueblo muy cerca de Omsk. Su artículo habló de la magnificencia del imperio ruso desde siempre, del tesón, una semblanza al transporte, de los trayectos de Miguel Strogoff, tierras de epopeyas fascinantes, en fin no iba a hablar de los miles de hombres que perecieron para poder hacer esas obras empeñadas en ser realizadas a machamartillo. Al fin, la revuelta como siempre sólo eran unos cuantos campesinos que se oponían al cambio, como siempre temerosos de ver sus vidas expuestas por la historia al hambre y la miseria. ¿Sería un sueño? El tren era... el silbido de las conciencias humanas, ese ruido que atormenta a los que yacen creyendo que todo está bien al entregarnos a las manos del éxito, esa corrupción metálica y material por la que todos luchan para nada, porque todos llegamos al mismo lugar sin apenas saberlo, eludiéndolo. Había regalado su chaqueta de cuero de Guignard francesa por algo para beber caliente, admiraba la fortaleza de las mujeres rusas, se impregnaba de ellas, se mimetizaba en un fabuloso complot de género.
Entre las sombras del tren pasó más que miedo incertidumbre que es el hermano menor del desequilibrio, cuerpos reclinados entre amargas sombras que imploran piedad de humanidad, soledad infinita y machacona que penetra en nuestro corazón con una inquietud muy grande, con un papel que desempeñar casi impropio cuando Ella se había repetido mil veces que no tenía ninguna vocación de corresponsal, ni de contar lo que uno ve, ni lo que le dicen, ni nada. Porque contar lo que se ve es imposible, siempre estará tamizado por el filtro de nuestro espíritu, de nuestra sensibilidad o incluso de nuestra moralidad falsa o postiza, ética o aprehendida, eso da igual, es un escollo que solventar: nosotros mismos y nuestra percepción de las cosas es la que nos lleva a veces a anhelar la muerte. Otros perciben las cosas de forma distinta, no tienen conciencia y por eso pueden ser felices, si quieres contar lo que en verdad ve y percibe tanto tu corazón como tu mente, entonces no puedes nada. Pero la vida también en ocasiones es la que nos pone una vocación no deseada, como con los hijos, sucede igual porque es el mismo proceso. Compró unas papas calientes a unas mujeres rusas, allí donde te venden de todo, una lámpara, bayas de los bosques vecinos, zapatos o unos bollitos raros, ¡qué extraño se siente uno entre tanta gente tan ajena! Rostros extraños y desconocidos, niños con hambre nerviosos y otros iraquíes, todos mutilados, ¡pobrecitos! Con brazos y piernas postizos de plástico, destrozadas sus vidas por las guerras, viajando de un lugar a otro ¡sólo sabe Dios para qué! Ingieren bebidas extrañas que parecen de cola, pero que están calientes, como el agua, ahora que tanto calor hace y este tren que recuerda constantemente aquellas aldeas que han vivido del trueque durante años, del ostracismo en el que en realidad vivimos todos instalados, por lo menos Yo. De pronto Morgana vio en el Transiberiano que viajaban todos los de su mundo, contemplaba con fascinación todas las épocas, miles de personajes, el mundo entero, sin duda la vida completa, su vida estaba allí y la mayor desolación era que ninguno la quería mirar, era como si les hubiera traicionado a todos. El mundo de la ficción —de los lectores, se entiende— y el de la realidad —que es el mío— se estaban dando la mano y Morgana no sabía bien en qué momento estaba, pero todos comenzaron a mirarla culpándola de traición, eran ojos de llanto, lágrimas de hambre y desesperación. Hombres con manos inservibles para la música o para las caricias porque tienen frío y pañuelos. Muchos pañuelos, cabezas cubiertas por telas para llegar a criaturas infantiles que gritan al unísono de dolor como los chirridos del tren. Morgana se había desmayado.
Desde que se fue, triste vivo yo. Estas eran las palabras que recordaba Patrick en cuanto se enteró de la noticia. Papá amenazaba con comerse una mayonesa caducada y seguía con la obsesión de pensar que todos los de la televisión le miraban, le acuciaban, querían saber de su vida... “¡Schuusss... que nadie se entere de que estoy aquí!” “Vale, papi, no te preocupes, por mí, no te preocupes, que yo no te digo nada”. Llegó más tarde de lo previsto, y con la familia algo trastornada por su ausencia, pero llegó, Ella algo tocada del ala, pero todo se lo quedaba para sí, como en las obras de teatro. Morgana firmaba sus artículos bajo el seudónimo de La dama duende, porque le daba la gana, porque no tenía ninguna vanidad, porque no quería figurar en ningún lugar del mundo, por muy mundial que éste fuera, y porque estaba lleno de tristes que tristeaban y eso era muy lamentable, tristes a quienes se les caía mucho la caspa, caspa eternal, una caspa de la que cae hasta por los ojos, esos que se arrastraban por la vida, porque la vida por ellos no hacía nada, en realidad. Morgana admiraba a aquellos que eran dignos de admirar... la soulité. Nadie me quiere, había llegado a esa conclusión, probablemente Siberia te propicie eso, como el desierto, son lugares que te dan verdad, como Patrick. Morgana llegó a esa conclusión como cualquiera que llega a poco que analice su vida, su entorno y sus circunstancias, quizás no se tenga uno que ir a Siberia, ni al desierto, porque el amor es ocasional, es una célula que se mueve en función de lo ocasional y siempre va a provocar una perplejidad en el hombre-mujer digna de ser detenidamente analizada. Aquello que en un principio le producía un enorme quebrantamiento de su sistema nervioso, después fue convirtiéndose en un compañero de juergas, casi un hermano de diálogos y de monólogos. Porque en realidad, para Morgana, es decir, Yo, primera persona del singular que a veces gusta hablar de sí misma como si se viera desde fuera, gustaba detenerse ante sí misma y su entorno, como si se enfrentase al contexto literario de siempre, en realidad a su mundo de procedencia.
—¿Mis hijos me quieren porque sí?
—Sí, tus hijos te quieren por que se lo han dicho, han llegado al mundo, han visto a su madre o más bien les han dicho que esa era su madre y se ha terminado el ciclo.
—Eso es, mis hijos me quieren porque por principio ético me van a querer y me lo perdonan todo. Esa era la sensación amorosa que tenía Morgana con respecto a la relación madre-hijo, exactamente esa, la del amor puro que acepta sin remilgos cualquier posibilidad, cualquier situación, pero sólo hasta un momento, hasta en el día del adiós, ese día en que no eres tan imprescindible. Si acaso ese amor filial era el que más le había enriquecido en su momento tierno de primera infancia, era el que más le había llenado a pesar de que fueron años de absoluta entrega, un matadero interminable, un vivir en lo cotidiano más allá de lo razonable porque precisamente la cotidianeidad era lo que le había puesto los pies en la tierra, a Ella, a una aventurera a la que la aventura vino siempre a llamar a su puerta. Luego, con los años, el amor llevado todavía más a la práctica de lo diario, le hizo desconfiar en buen grado de sus posibilidades emocionales, en tanto en cuanto éstas no le dejaban margen de supervivencia, tal vez por creerlas irreales o pertenecientes al mundo de lo circunstancial. Las malditas circunstancias, esas que envilecen a todos y que todos nos agarramos a ellas para intentar así descargar nuestra conciencia, esa que no nos deja ni dormir cuando nos ponemos a analizar los porqués de nuestra vida, nuestro núcleo de acción, el contexto histórico, los otros personajes y su mundo..., en fin, cuando nos analizamos como eso, como lo que somos: personajes de un mundo ficticio que algún día tornaremos en desaparecer. Con uñas y dientes nos aferramos a una inmortalidad inexistente más allá de las fronteras de lo cognitivo y sufrimos al saber que en vida, que en este ente que llaman Tierra, un día desapareceremos y ya no nos van a leer más. Ya nunca nos darán vida.
            Estas cosas rondaban por la mente de Morgana cuando cayó en la cuenta —rompiendo su mundo de sueños y realidades— de que no había preparado la cena, y los chicos llegarían de un momento a otro, probablemente con bastante hambre, como de costumbre. Sólo hacía un mes que había regresado de su experiencia rusa, el reportaje fue publicado con éxito y bien pagado, las cuestiones políticas solucionadas por mediación de la embajada, pero a Morgana le duraron los nervios una temporadilla, aún estuvo un tiempo sin subir a un tren. Pero la vida no te deja tiempo para lamentos ni depresiones. A eso se refería Morgana cuando decía que los hijos te ponen los pies en la tierra, a que sin lugar a dudas rompes continuamente tu condición de ser especial, de ente elegido, inmortal, para ponerte a cocinar o a limpiar el inodoro. La vida era así y con esas premisas había que aceptarla si lo que se quiere es estar en ella. Por cierto que según limpiaba el inodoro se acordaba de Rabelais, ¿Por qué? Porque sí, porque sucede que cuando has llevado a tu vida determinados mensajes y los has incluido en ella y en tu mente como algo natural, entonces fluirán como algo natural en el momento más insospechado, con las cacas, o con los militares. He aquí la aventura de lo surrealista. Rabelais, Rabelais, insigne poeta ¿por qué no te vas a pasar vientos y me dejas en paz en esto tan asquerosamente cotidiano y mediocre como es limpiar el inodoro? ¿Por qué apareces ahora? De nuevo lo sublime en combate con lo terrenal, esa era la lucha encarnizada que había que sufrir de por vida. La cancioncilla asquerosa que fluye por la mente en el momento que más requerimos del recogimiento, tal vez sea una forma de escape, lo bello y lo terrorífico, no lo sé.
Eso le sucedía a Morgana en los entierros. Lo cierto era que su presencia en este tipo de actos sociales era sin duda una prueba extraordinaria de tenacidad y de autocontrol. ¡Qué iba a hacer! Cada quién ve la tragedia cómo y dónde quiere, el hombre frente al dolor en su más alto grado de sensibilidad que permanece inalterable en esta relación tan antigua como lo es el propio nacimiento del hombre que no es otra cosa que El nacimiento de la tragedia, ¿de dónde proviene se pregunta Nietzsche? Es obvio que lo trágico no se puede separar del arte, de ahí la procedencia y desarrollo de mi vida. Qué desgracia tan grande el tener un nombre para los sentimientos, de esto ya tomará cuenta el lector en sus ratos, qué molesto llega a ser el Diccionario con esa manía de darle un lugar a cada cosa, como si todo se tuviera o tuviese que explicar y encasillar.
Llegar al cementerio y temblar de emoción era todo uno, una risa nerviosa comenzaba a invadir su cuerpo desde el momento que se acercaba a cualquier situación de las del adiós, como Ella decía. En realidad, probablemente por su carácter puro de personaje, por ya estar de antemano hecho o por conocer de sobra su procedencia, y probablemente su destino, estaba enormemente acostumbrada a esto del adiós, como los niños, aunque en ocasiones como es lógico, estos golpes resultaran tan duros para Ella como para cualquiera. La muerte estaba siempre ahí, y lo que a Morgana le preocupaba más que nada en realidad eran las reacciones, es decir el estudio de las emociones que el núcleo de la acción —es decir, la muerte— genera en los otros.
Por eso, le producían risa las palabras clásicas de siempre en mujeres de luto de siempre, plañideras que cambiaban el tono de voz como la mejor de las actrices, pero claro, es que es así. Las repetidas frases "ya se ha ido", "nos ha dejado solos", "qué carita se le ha quedado", "era tan bueno" —esa era la peor—, "qué bueno era"  le producían a Morgana un estado extraño de piedad y cachondeo, de no creerse nada del sufrimiento ajeno, del grito ajeno, del llanto ajeno. Los entierros están muy bien, porque es lo que hay que hacer sobre todo cuando estás en edad de morir, es decir, sobre todo cuando la muerte es a una edad natural. Entonces, el dolor, es otro, es un dolor de comprensión, de aceptación y nada más. Los caretos que por lo demás tenía que contemplar Ella cada vez que asistía a un velatorio, funeral o misa de difuntos católicos, era la verdadera contemplación y ratificación de que en realidad nadie tiene fe, ni siquiera la tienen los sacerdotes. ¿O acaso ellos confiesan con naturalidad su procedencia escénica? Pues no, ni siquiera la tienen clara; ellos son distintos, no pertenecen al mundo de las pasiones, por lo  tanto no lo tienen claro, no son como el resto de los humanos, por lo tanto no son como Jesús, que se hizo humano, ese al que tanto profesan, y que no han caído en la cuenta de que su humildad es para todos, aun más hoy, todavía inalcanzable.
Lo más importante, lo fundamental del arte teatral es la interpretación, también cuando muestra lo cotidiano en escena, el teatro reconstruye los fragmentos por sus propios procedimientos teniendo por divisa la interpretación. Mostrar la vida en escena significa así interpretar esa vida desde entonces, lo serio se vuelve divertido y lo divertido sin duda torna en tragedia. Cuando vayamos de retorno al mundo de los personajes... pues se acabó. Desde las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique —una huella muy clara de la concienciación de mundos ficticios—  hasta hoy no paramos de darle vueltas al mundo de los muertos, al paso del tiempo. La imaginación es así, nos imaginamos muertos, imaginamos nuestro funeral, cómo tienen que compatibilizar los personajes para sobrevivir entre el mundo de lo cotidiano y de lo sublime, en superar la carrera emocional de las frases hechas de los entierros: "te acompaño en el sentimiento" golpes en la espalda, palmaditas en las manos, miradas cómplices, rostros abrumados y sin que nadie diga, por ejemplo, "pero qué a gusto te has quedado, hija mía", que es en realidad lo que uno piensa. No es irreverencia, es saber estar cuando las circunstancias tornan así. A Morgana le daban risa los entierros y no lo podía remediar, congeniar los dos mundos era muy complicado, precisamente por lo de las relaciones de la vida y el teatro; para Morgana, los entierros debían ser mucho más íntimos y más largos, de otra manera, un entierro de introversión de dolor infinito por un adiós momentáneo, puntual hacia aquellos seres que queremos, o que pensamos que nos son imprescindibles, aunque después se comprueba que no es así, porque lo aguantamos todo. Pocos son los que se han muerto de dolor por la muerte, por lo tanto es algo a lo que se supone que debemos sobrevivir. Ahora bien, ¿y los demás? ¿Quién me llorará todos los días? ¿Quién me necesitará de verdad y se dejará de parafernalia de enterrador profesional? ¿Por eso pienso que no me quiere nadie...? ¿Porque no suena el teléfono? O acaso la huella universal, eterna que tú quieres dejar en el resto de los demás debe trascender un poco más el alma humana, el diálogo de lo previsible hacia lo imprevisible que supone una vida en la que alguien que amamos no está. Entonces, para eso no hace falta que se mueran de verdad, nosotros podemos asesinarlos alegremente o hacer que alguien permanezca vivo en nosotros para siempre.
Morgana había soñado muchas veces con la profesión de enterrador, o el regentar una funeraria, pues a todas luces los espectáculos diarios debían de ser dignos de ver, de considerar o de escribir en la memoria.
—Pero eso ya lo habías hecho bonita.
Ya habías dado por verdaderamente muerto al que fue padre tus hijos, bueno al que engendró a tus hijos. Unos mueren de verdad para nosotros aun estando vivos, y otros aun muriéndose permanecen en nuestras vidas día a día, en lo cotidiano y en lo sublime, como los versos, como los poetas, como aquellos a los que amamos de verdad que se mantienen en lo infinito de nuestra memoria para siempre y salen y entran de continuo, aunque para sobrevivir a su muerte casi hayamos tenido que dejar la nuestra. Y volviendo a la solitude se decía Morgana, amar, amar, llamar o no llamar, en realidad, ¿qué es necesitar a alguien? ¿Es eso amarla? ¿O amar es recordar? Lo que amo de infinito es irrenunciable de por vida, y Patrick a lo mejor comenzaba a entrar en ese escaso círculo de finitos e infinitos inmortales. Después de haber preparado la cena, probablemente arroz basmati, con pollito y ensalada (la ensalada siempre presente como la funeraria), después de haber hablado con sus hijos sobre arte, después de hablar con Eva de asuntos de cultura, de haber repasado algunos temas importantes para sus clases, de haber convivido... Morgana se preocupaba por su inmortalidad y sobre todo por saber si sus hijos la olvidarían, a Ella que estaba dando la vida literalmente por sacarlos adelante, por hacer de ellos hombres de bien, hombres humanistas en el mejor y más grande sentido de la palabra. Les había enseñado de todo, así debía ser, Morgana sentía que había hecho bien su cometido, que había logrado dar y donar lo mejor de sí misma, de todo lo que atesoraba en la vida, de su conocimiento, de su filosofía, en suma, de todo su universo a aquellos que Ella proyectaba que serían dos hombres hechos. Por eso se preocupaba por saber si aún tendría lugar, sin recordar que su huella en ellos había sido implacablemente favorecedora. Había creado a dos ángeles y ya podrían salir un día a volar sin ella por eso le temblaban las piernas ante la incertidumbre de pensar que ya no tenía gran cosa que hacer para ellos. “¡Ahora van y me entierran en vida que es lo peor!”, se decía.
(Después de haberme comido una lata entera de almendras tostadas cualquiera puede imaginarse cómo tengo el estómago.) Sigo. Los hijos vienen a tu biografía alterando en verdad tu realidad y por esa razón no es reconocible en vida una ruptura tan evidente con la realidad que uno ha construido de forma nueva e inalterable. La pérdida de los hijos supone la antibiografía porque no son seres que vayan y vuelvan como otras personas a las que podamos sacar de nuestra vida. Los hijos cuando llegan se instalan en la vida y ésta ya no se concibe igual si ellos, ya no están. Bueno, esas ideas se le pasaron de súbito, naturalmente que tenía muchas cosas que hacer, uno tiene la edad de sus proyectos, sólo es que había tenido un acceso de soledad, de inquietud ante el abismo de estar sola, cansada, parecía que con los chicos había perdido la costumbre... y ya era hora de volver a amar el retiro esencial que nos da la soledad física y unitaria de creernos solos. ¿Qué huella haré sobre los demás, tal vez Patrick sea un amigo eterno? Bueno voy a contar una cosa al lector que yo en realidad no me invento nada en materia creativa, ni mucho menos, estas cosas de la imaginación creadora y la tragedia ya le pasaban a Chejov que creo que era alguien.
El autor ruso en momentos nada divertidos tenía la costumbre de romper a reír cuando escuchaba hablar a alguien, lógicamente modificando, reconstruyendo mentalmente las situaciones en posibilidades humorísticas, dándole forma artística. ¿Y qué culpa tenía él? A Igor Illinski, según cuenta Meyerhold, le sucedía lo mismo, mal que a uno le pese, cuando en realidad no son nuestras palabras ni nosotros las que les producen la risa, sino su propia imaginación. Es cuestión del pensamiento del creador. No, si lo digo porque quizás poniendo los ejemplos de estos rusos entre otros, pues a lo mejor me salvo de la quema de brujas, y explicando el proceso me dejan en paz con eso de que estoy loca, vale. Estas y otras chorradas remataban la noche, como un zapateado por martinete, en la mente de Morganita que era obsesiva, cuando algo entraba en su cabeza y no quería salir... Por cierto que el martinete es de los palos flamencos más machacones que existen, se ejecuta sólo con percusión, sin guitarra, idóneo para volverse majareta, pero eso sí, acompaña rítmicamente muy bien cuando el sujeto se encuentra con una idea fija y repetitiva en la cama sin saber qué hacer o cómo salir del atolladero, garantiza para el siguiente día un dolor de cabeza extraordinario. Mañana será otro día, pues mañana pensaré, Yo, que siempre estoy de entierro cuando no tengo una biblioteca a mano. ¡Oh, no!



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