miércoles, 15 de agosto de 2018

Benina y el moro Almudena

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Repasamos dos de las mejores descripciones de Galdós tomadas del natural en una de las mejores relaciones de amistad que se han podido describir la del moro ciego Almudena y la criada Benina.
Prosopografía:

“Tenía la Benina una voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas perceptible. Más de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos, grandes y oscuros, apenas tenían el ribete rojo que imponen la edad y los fríos matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compañeras de oficio, y sus dedos rugosos y de abultadas coyunturas, no terminaban en uñas de cernícalos. Eran sus manos como de lavandera, y aún conservaba hábitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida en la frente; sobre ella pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algo mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergenio y la expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesto de líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en penitencia. Faltábanle solo el crucifijo y la llaga en la frente, si bien podría creerse que hacía las veces de esta el lobanillo del tamaño de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más arriba del entrecejo”.

Siguiendo la costumbre de Galdós de dar referentes conocidos a sus lectores, destaca siempre en su descripciones algún elemento que haga diferente ESE personaje frente a otro, en ocasiones utilizando el sarcasmo, la animalización, la comparación...Así describe al moro Almudena, como ya había declarado, extraído del natural: 

“El rostro de Almudena, de una fealdad expresiva, moreno cetrino, con barba rala, negra como el ala del cuervo, se caracterizaba principalmente por el desmedido grandor de la boca, que, cuando sonreía, afectaba una curva cuyos extremos, replegando la floja piel de los carrillos, se ponían muy cerca de las orejas. Los ojos eran como llagas ya secas e insensibles, rodeados de manchas sanguinosas; la talla mediana, torcidas las piernas. Su cuerpo había perdido la conformación airosa por la costumbre de andar a ciegas, y de pasar largas horas sentado en el suelo con las piernas dobladas a la morisca. Vestía con relativa decencia (…). Calzaba zapatones negros, muy rozados, pero perfectamente defendidos con costurones y remiendos habilísimos. El sombrero hongo revelaba servicios dilatados en diferentes cabezas (…). El palo era duro y lustros; la mano con que lo empuñaba, nerviosa, por fuera de color morenísimo, tirando a etiópico, la palma blanquecina, con tono y blanduras que la asemejaban a una rueda de merluza cruda; las uñas bien cortadas; el cuello de la camisa lo menos sucio que es posible imaginar en la mísera condición y vida vagabunda del desgraciado hijo del Sus”.

Misericordia, págs.78-89 Cátedra, Madrid, 1993.
*Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra moro tiene varios significados, entre ellos: natural del África septentrional, perteneciente o relativo a esta parte de África, que profesa la religión islámica, musulmán que habitó en España desde el siglo VIII hasta XV, perteneciente o relativo a la España musulmana de aquel tiempo, etc. Señalamos aquí que nuestro uso del término moro no responde al significado peyorativo que dicho término pueda llegar a tener en algunos contextos y usos sociales o lingüísticos actuales en España. Utilizamos la palabra moro en su sentido de natural del África septentrional y más específicamente el marroquí. Con nuestro uso del término incluimos tanto los componentes culturales y étnicos, como los religiosos de Marruecos, incluyendo los judíos
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